La televisión argentina encontró en la emotividad, quizás fortuito, quizás tanto prueba y error, un artefacto constante y sonante para acumular rating. Un artilugio que da resultado cuando se miran las planillas de IBOPE. Allí reside un público consumidor. Entonces, hay que satisfacer sus necesidades. Regla uno, primera página, tomo uno de la televisión. Encontrar en la emoción, el llanto, ése golpe bajo oculto, encriptado, la posibilidad de éxito. Estrategias comunicativas, ni más ni menos. Marcelo Tinelli ejecuta como nadie este proceder. En su Bailando y sus otros programas satélites ya han pasado ciegos, enanos, ancianos, gordos, gente con síndrome de down, sin una pierna, etc. La igualdad, válida, por la cual hay que bregar en cada ámbito, estar en el campo de batalla para debatir, pelearse por qué no, y promover políticas sociales que abarquen a todos, es utilizada desde los medios de comunicación como golpe de efecto, toda una puesta en escena, una escenografía colectiva que aparenta compromiso y respeto al protagonista, pero que, nunca nos olvidemos, siempre titila la palabra rating en sus mentes, de aquellos hombres ubicados atrás y delante de la cámara, en cómo hacer quebrar los estándares para volcar emoción, en su mayoría de las veces innecesaria. En esto también es partícipe causalmente el sujeto exhibido, que por infinidad de razones, ya sean motivacionales del entorno familiar, propia, interés económico, reclama pertenencia, formar parte, ser, ni más ni menos. Estoy seguro que tras todo el maquillaje, hay un pedido de auxilio que lo toma quien lo toma.



