La insoportable levedad del ser… periodista

Cuando empecé a estudiar Periodismo, todavía se utilizaban los cíceros como medida tipográfica para diseñar un periódico y en las redacciones había un cuarto repleto de impresoras ensordecedoras, que no paraban de escupir teletipos fechados en lugares que sonaban demasiado lejanos. Hablamos de la prehistoria, claro. De hace “sólo” veinte años. Todavía recuerdo cuando por primera vez me explicaron qué era Internet: una idea imprecisa de algo que hacía que mi ordenador (mi primer ordenador en mi primer trabajo) pudiera enviar y recibir información de otros ordenadores… ¡¡¡de cualquier parte del mundo!!! Vamos, hombre…

 

. Hablamos de la prehistoria, claro. De hace “sólo” veinte años. Todavía recuerdo cuando por primera vez me explicaron qué era Internet: una idea imprecisa de algo que hacía que mi ordenador (mi primer ordenador en mi primer trabajo) pudiera enviar y recibir información de otros ordenadores… ¡¡¡de cualquier parte del mundo!!! Vamos, hombre…
 

Las cosas han cambiado tanto y tan rápido a este lado del Río Grande, que el Periodismo, el ser periodista, nada tiene que ver con lo que se hacía entonces. Esta profesión se halla sumida en la mayor crisis existencial de su historia. Ha perdido la capacidad de intermediar en exclusiva la información, incluso de decidir qué es información: su ser está en entredicho. Las audiencias dan la espalda a los grandes medios y algunos intentan ir donde ahora están esas audiencias. Pero reinventarse sin perder la compostura cuesta… y mucho.

 

Se empezó a hablar hace unos años de periodismo ciudadano, pero ésa es sólo una de las aristas de esta nueva situación. Los ciudadanos hacen y harán de periodistas en muchas ocasiones. Pero los periodistas son y seguirán siendo necesarios, aunque la manera de relacionarse con sus públicos necesita seguir cambiando para no volver a ser igual.

 

En las facultades de Periodismo de Estados Unidos se anima a los futuros profesionales a abrir sus blogs y a publicar en ellos sus trabajos periodísticos, a buscar su audiencias particulares, a utilizar sus bitácoras como la mejor tarjeta de presentación para ser contratados como periodistas en una redacción. Con la enorme diferencia de que el periodista es ahora el dueño de su propio medio.

 

O visto desde la perspectiva más tradicional: el medio es un conjunto de micromedios. Es el fenómeno del Huffinton Post, un periódico hecho de blogs principalmente, que exhibe “la larga cola” de la suma de muchas audiencias particulares.

 

Triunfan modelos de periodismo de investigación pagados por sus lectores/radioyentes/televidentes, ajenos a los intereses publicitarios. Es la audiencia la que decide qué se investiga y hasta dónde. Algún ejemplo interesante tenemos también en España.

 

La formación de los periodistas actuales va ya tan ligada al nuevo entorno que ha generado el 2.0, que hay reputadas universidades como las de Columbia o Medill, donde no se concibe ser periodista y no saber de tecnología e ingeniería informática. Es el periodista-tecnólogo. Desconocen lo que es un cícero, eso sí. Pero es una nueva generación, concienciada por las herramientas que usa y por el impacto puede conseguir con ellas.

 

Porque el 2.0 obliga a quien ejerce este oficio a hacerlo mejor que nunca, a no defraudar a su público, porque es el bien más preciado para desarrollar su carrera y mantener o aumentar el prestigio de su marca personal. Y hay que aprender a dialogar con nuestros seguidores. Incorporar sus puntos de vista en nuestra conversación diaria con ellos. La consultora de diseño e innovación IDEO publicó recientemente su visión sobre el futuro del libro: en ella los lectores colaboran activamente en las historias de la forma más interactiva posible, ofreciendo incluso finales alternativos a una novela o nuevas fuentes de consulta sobre una temática determinada. Aplicado a este oficio del periodismo, no será extraño que la lectura o el visionado de un reportaje incluya las mejoras aportadas por su audiencia o debates generados que lleven el artículo por derroteros distintos a los que el periodista pensó en un principio. El profesional de los medios deja de estar a solas con su historia, porque la historia es de la gente.

 

Es el periodismo colaborativo -del que empiezan a despuntar algunos modelos- pero llevado al máximo extremo.

 

¿Es ésta la verdadera democratización de los medios? ¿Están los periodistas preparados para asumir tantos y tan enormes retos sin desnaturalizarse en el intento?

 

Como decía en cada capítulo el capitán Furillo a sus policías en “Canción Triste de Hill Street” (sí, una serie de hace veinte años… o alguno más): “Muchachos, tened cuidado ahí fuera”.

UNETE



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