La identidad digital no existe...



Pienso, luego existo...

 


Mucho se está hablando sobre la trascendencia de disponer de una identidad digital que nos 'personalice' en el nuevo entorno de comunicación. Tanto es así, que crear nuestros perfiles, acondicionar nuestros espacios ajustándolos a nuestra forma de ser, desarrollar una estrategia de presencia y relación que nos permita ser relevantes, construir contenidos que 'difundan' nuestros valores personales y profesionales... en definitiva, interactuar con el medio y con quienes allí se encuentran, se ha convertido en una 'obligación excesivamente hiperdimensionada'... En medio de esta frenética exigencia de hacernos visibles, que nos aprisiona y mediatiza, a uno le entran ganas de salirse... de borrarse y desaparecer. Porque, con el tiempo, te vas dando cuenta de que esa identidad digital tan deseada, no puede ser más que un simple reflejo de nosotros mismos, expuesto eso sí, a una inmensidad social nunca antes conocida.

No hay tangibilidad digital. No hay empatía digital. No hay esencia vital al otro lado de la pantalla del ordenador... Simplemente estamos proyectando un holograma de nosotros mismos, cuyo valor no es mucho más trascendente que el de un mero currículum vitae bien aderezado y más o menos lustroso. Si queremos ser tangibles, empatizar de verdad y vivir en el amplio sentido de la palabra, tendremos que seguir vistiéndonos, peinándonos, acicalándonos y salir a la calle para desvirtualizar lo proyectado y hacerlo real.

No nos confundamos... la verdad -nuestra verdad- sigue y seguirá estando ahí fuera. La identidad digital está inexorablemente unida a la identidad tangible de cada uno. No caigamos en el error de pensar que por ser relevantes en la red, nuestras vidas se transformarán elevándonos a los altares de la fama, el éxito y el reconocimiento... Nos nos confundamos, porque una cosa no acostumbra a llevarnos a la otra.

Lo digital adquiere valor única y exclusivamente cuando se tangibiliza de verdad, cuando trasciende más allá de las fronteras que marca la tecnología. Y eso significa que la verdadera identidad, la que realmente proyecta nuestra verdadera esencia, sólo se descubre en el cara a cara... Tal y como ha sido durante miles de años.

Estoy convencido que el furor sobre el valor de la identidad digital -y que parece haberse convertido en el nuevo mito de la modernidad- caerá por su propio peso. Porque por mucho que nos empeñemos en vestir a la mona de seda, el resultado final no variará un ápice del que obtenemos en nuestra vida no digital.

Independientemente de lo que queramos proyectar, somos lo que somos fuera y dentro de la red. Una afirmación que significa que 'identidad sólo hay una', la única posible... la de cada uno. Por eso, seguiremos atados a nuestra propia realidad, independientemente de las oportunidades que nos ofrezca la tecnología. Nuestra esencia permanecerá invariable y marcará indefectiblemente la percepción final que los demás tengan sobre cada uno de nosotros. Trabajemos esa 'identidad virtual', porque resulta necesaria -que no imprescindible- y porque, además, ofrece una serie de oportunidades que nos permiten proyectarnos personal y profesionalmente. Pero, sobre todo, trabajemos nuestra personalidad a través de los valores que realmente nos identifican y nos diferencian, independientemente del medio en el que los proyectemos...

Pero no mitifiquemos en exceso la identidad digital, porque no deja de ser una herramienta más. Y es que, en definitiva, no hay identidad digital si no existe una persona 'de verdad' detrás de ella.

En definitiva, existimos, luego somos.

 



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF


UNETE






La identidad digital no existe...


Pienso, luego existo...

 


Mucho se está hablando sobre la trascendencia de disponer de una identidad digital que nos 'personalice' en el nuevo entorno de comunicación. Tanto es así, que crear nuestros perfiles, acondicionar nuestros espacios ajustándolos a nuestra forma de ser, desarrollar una estrategia de presencia y relación que nos permita ser relevantes, construir contenidos que 'difundan' nuestros valores personales y profesionales... en definitiva, interactuar con el medio y con quienes allí se encuentran, se ha convertido en una 'obligación excesivamente hiperdimensionada'... En medio de esta frenética exigencia de hacernos visibles, que nos aprisiona y mediatiza, a uno le entran ganas de salirse... de borrarse y desaparecer. Porque, con el tiempo, te vas dando cuenta de que esa identidad digital tan deseada, no puede ser más que un simple reflejo de nosotros mismos, expuesto eso sí, a una inmensidad social nunca antes conocida.

No hay tangibilidad digital. No hay empatía digital. No hay esencia vital al otro lado de la pantalla del ordenador... Simplemente estamos proyectando un holograma de nosotros mismos, cuyo valor no es mucho más trascendente que el de un mero currículum vitae bien aderezado y más o menos lustroso. Si queremos ser tangibles, empatizar de verdad y vivir en el amplio sentido de la palabra, tendremos que seguir vistiéndonos, peinándonos, acicalándonos y salir a la calle para desvirtualizar lo proyectado y hacerlo real.

No nos confundamos... la verdad -nuestra verdad- sigue y seguirá estando ahí fuera. La identidad digital está inexorablemente unida a la identidad tangible de cada uno. No caigamos en el error de pensar que por ser relevantes en la red, nuestras vidas se transformarán elevándonos a los altares de la fama, el éxito y el reconocimiento... Nos nos confundamos, porque una cosa no acostumbra a llevarnos a la otra.

Lo digital adquiere valor única y exclusivamente cuando se tangibiliza de verdad, cuando trasciende más allá de las fronteras que marca la tecnología. Y eso significa que la verdadera identidad, la que realmente proyecta nuestra verdadera esencia, sólo se descubre en el cara a cara... Tal y como ha sido durante miles de años.

Estoy convencido que el furor sobre el valor de la identidad digital -y que parece haberse convertido en el nuevo mito de la modernidad- caerá por su propio peso. Porque por mucho que nos empeñemos en vestir a la mona de seda, el resultado final no variará un ápice del que obtenemos en nuestra vida no digital.

Independientemente de lo que queramos proyectar, somos lo que somos fuera y dentro de la red. Una afirmación que significa que 'identidad sólo hay una', la única posible... la de cada uno. Por eso, seguiremos atados a nuestra propia realidad, independientemente de las oportunidades que nos ofrezca la tecnología. Nuestra esencia permanecerá invariable y marcará indefectiblemente la percepción final que los demás tengan sobre cada uno de nosotros. Trabajemos esa 'identidad virtual', porque resulta necesaria -que no imprescindible- y porque, además, ofrece una serie de oportunidades que nos permiten proyectarnos personal y profesionalmente. Pero, sobre todo, trabajemos nuestra personalidad a través de los valores que realmente nos identifican y nos diferencian, independientemente del medio en el que los proyectemos...

Pero no mitifiquemos en exceso la identidad digital, porque no deja de ser una herramienta más. Y es que, en definitiva, no hay identidad digital si no existe una persona 'de verdad' detrás de ella.

En definitiva, existimos, luego somos.

 




Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar

PDF


UNETE