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"Henders" ("Fragment"), de Warren Fahy.


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29/06/2012

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Warren Fahy nos lleva de la mano de sus admirados literatos de ciencia ficción a un mundo ya no solamente posible, sino ciertamente probable. Aunque la novela que nos presenta adolece de suficientes argumentos científicos, no deja atrás las teorías más novedosas sobre el origen de la vida y su evolución. Este es un tema de interés, pues crea controversia en sí mismo, al ser nosotros, los seres humanos, producto de la evolución.


Desde hace unos años mis argumentos sobre este tema se acercan enormemente a uno de los secundarios de la novela, el doctor Redmond: la inteligencia es una herramienta que está utilizando la naturaleza y que, por ahora, no está dando tan buenos resultados como algunos quieren hacernos pensar. Algo parecido, bajo mi modesto punto de vista, a cualquier tipo de régimen político, que también lo es económico y social, que evoluciona de manera hiperbólica respecto a su entorno, al contrario que cualquier otra criatura conocida. El resultado, como digo, no lo conocemos. Puede ser desastroso o maravilloso.

La inteligencia, esa sorpresa encontrada en una isla absolutamente falta de simbiosis, donde resulta milagroso que haya henderópodos, especie de arañas a las que el autor da aspecto y actitudes humanoides, héroes que rescatan y villanos que justifican el fin con los medios. Jugando con este tipo de conceptos hasta Fahy se atreve con los nombres de los personajes, como es el caso de Livingstone, el geólogo que explica en dos páginas la historia de nuestro planeta. O con el yacimiento de Burguess, en Canadá, al que recurre el autor para revalorizar los fósiles que se encuentran en la isla. Por otro lado, encuentro paralelismos entre algunos de los personajes, como los propios henders (me trae a la memoria al Big Foot de aquella mediocre película de finales de los 80), o toda la caterva de animales isleños, como los que pueden adivinarse en el famoso juego “Impossible creatures”, de Microsoft Game Studios, o con los “langostinos” alienígenas que accidentalmente quedan varados sobre el cielo surafricano durante décadas (Distrito 9, de Blomkamp). Apariencia similar, especialmente por su inteligencia y, sobre todo, su sensibilidad hacia el mundo que los rodea, los henders se presentan como una proclama del valor de los seres humanos en manos de unos seres que podrían haber dominado el mundo, no solo de esa pequeña isla del Pacífico Sur, que lleva el nombre del capitán inglés que la descubrió.

Leo con alegría juvenil el libro en apenas dos días, ayudado por la dinámica narrativa, sin excesos, no demasiado cargada de tecnicismos, como hubiera hecho Crichton, por ejemplo. Gran cualidad ésta de no ser demasiado pesado con el tema de la ciencia, utilizada en su justa medida. Estereotipos, como los militares, mentalmente obtusos, como algunos científicos (los hay de campo y laboratorio) o las propias extrañas criaturas que demuestran esa posibilidad de la vida de abrirse camino ante cualquier oportunidad, en la dirección que se le brinde.

Seguramente esta historia alegre nos deje muchos errores científicos, como explicar cómo un ecosistema tan antiguo (miles de millones de años) pudo sobrevivir a los cambios geológicos, ya no sólo climáticos, sino de composición química, dato conocido por los científicos desde hace décadas. O, simplemente, tener presente las probabilidades de que este tepuy, a modo de “El mundo perdido” de Doyle, haya podido resistir durante tanto tiempo a las interacciones con su entorno, por muy alejada que estuviera la isla, aparentemente, de cualquier otra masa terrestre.

Discusiones aparte, parece razonable darle el beneficio de la duda, como lo han tenido otros muchos autores y sus best-sellers, como Crichton, Preston o los clásicos Verne, Wells, Doyle y Boulle. En fin, una novela de interés, por el hecho de recuperar para el lector ideas establecidas y otras no tanto, pero que hacen pensar en una baraja de posibilidades, algunas menos previsibles que otras, como lo es un final feliz, donde se premia al honesto y se condena la vanidad y la soberbia. ¿Qué opinaría Stephen Jay Gould al respecto de ese experimento inacabado que es la inteligencia?



Etiquetas:   Recursos Naturales   ·   Ciencias

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