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Las oscuras golondrinas


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29/06/2012

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LAS OSCURAS GOLONDRINAS






Vicente Adelantado Soriano





Os aseguro que no estoy para aplaudir vuestras gracias.





Mariano José de Larra, El doncel de don Enrique el Doliente.





Hay una serie de personajes que, ya que todo cambia, se muda y se trastoca, podía hacer perfectamente el papel, y de hecho lo hace, que, hasta hace poco, tenían encomendado las golondrinas: anunciar, con su aparición, la llegada del estío. También es cierto, como dice el refrán, que una golondrina no hace verano; pero hay golondrinas de vuelo tan pesado, tan reiterativas y repetitivas, que no hay más que pedir para saber, con toda certeza, que ya está ahí la época más calurosa del año. No fallan: llegan año tras año, y siempre son las mismas golondrinas con su viejo y reiterativo piar. El verano.

Es cierto, no obstante, que estas golondrinas de las que estamos hablando tienen un vuelo muy limitado, y harto concertado; pues, al parecer, sólo sobrevuelan por unos determinados medios en tanto ni se les ocurre ir a anidar a otros pagos, o dar siquiera un rápido pase por nuevos y posibles lugares. ¿Por qué sucede esto? Es un fenómeno similar al que sucedía, no ha mucho, con el teatro clásico: había que esperar al mes de agosto para ver alguna obra griega o romana, aunque con un leve toquecito actual. La verdad es que aquellos montajes, salvo contadas ocasiones, eran muy flojos; pero, quizás, eso fuera lo de menos: lo importante era que se aprovechaba un espacio escénico de muchos años de antigüedad: el teatro romano; y que la gente iba encantada por aquello de la novedad, el bocadillo, el aire libre, y, tal vez, por sentirse ciudadanos romanos. No hace falta decir que no se aprovechó la coyuntura para hacer un teatro de calidad, y para educar al público. Por el contrario, se subvencionaban obras, ignoro con qué criterio, y se hacían montajes verdaderamente horrorosos. Eso sí, rara vez faltaba algún que otro desnudo, y no porque se le ocurriera el bueno de Esquilo o Sófocles, que ni se le pasó por la cabeza hacer salir a Antígona tal como Yocasta la trajo al mundo, sino por el calor de las pesadas noches de agosto. Sí, por si alguien tenia el cuerpo destemplado, o no andaba muy bien de salud, semejantes montajes, ligerísimos de peplos, le anunciaban que estábamos en el mes de agosto.

Ahora, y ya que la crisis nos ha dejado sin las renovadas carnes de Electra, o de quien se tercie, hay otros personajes, vestidos correctamente, todo hay que decirlo, que han venido a sustituirlas para anunciar la entrada en la sudorosa estación del año. Y así, en ciertos colegios, que no son públicos, con el fin de curso, inicios del verano, llegan los cursillos para los profesores, las conferencias, los resfriados y lo que se tercie. Con la llegada de dichos personajes también se produce un cambio de escenario: gracias a ellos se puede disfrutar del aire acondicionado, ya que no de teatros romanos o griegos. La pesadilla del aire acondicionado.

Resulta difícil imaginar que en el mundo haya tanto sofista, por desgracia no son cosa del pasado, como efectivamente hay. Quizás porque todas estas conferencias estén subvencionadas, como el teatro; y como de alguna parte tienen que sacar al sufrido espectador, que siempre tiene que estar dispuesto a reír las gracias del orador de turno, se recurre a quien no se puede negar a asistir al rezo del santo rosario: a determinadas aulas y profesores.

Y así, al inicio de un verano, que no era el del 42, apareció una golondrina, o un sofista, que trató de convencernos de la bondad de una banca, muy clara y transparente, y de la ruindad de otra, que invertía nuestros dineros, cuando los teníamos, en la compra de armas o en inventos diabólicos. Por lo tanto, debíamos sacar nuestro dinero, cuando lo teníamos, y depositarlo en esa nueva banca, que iba a invertir nuestros ahorros, cuando los habíamos, en cultura, en ecología, en desarrollo sostenible, y en que los niños, todos, fueran muy felices. Luego resultó que esta banca, tan buena y concienciada, fue absorbida por otra que no lo era tanto. ¿Qué había sucedido? Nadie vino a darnos ninguna explicación, ni a pedirnos disculpas por la forma tan absurda en que nos habían hecho perder un par de tardes oyendo al sofista que, por cierto, no se cansaba de hablar ¿Ha cambiado algo? No. El mismo desprecio hacia la persona que ha habido siempre. Inamovible.

Pasada la fiebre, de dos días, de la banca buena y transparente, volvió la de siempre: la de los cursillos para los profesores, los cursillos que enseñan a enseñar. No está mal el invento: todos los años hay nuevas técnicas, nuevas tecnologías, nuevos retos, nuevas formas de enseñar, etc., porque los niños son distintos a los del siglo pasado, y la escuela, cómo no, también se ha de modernizar. Así hemos aprendido, ya no sé si este verano o el anterior, que al igual que en una acampada no hacemos cargar al pobrecito Alvarito con la botella de gas, tampoco en el cole lo podemos cargar con la materia que lleva el todoterreno de Martínez. Ya tenemos a los sofistas de nuevo en danza. No obstante, los exámenes de la Prueba de Acceso a la Universidad, PAU, han sido los mismos de siempre. No había uno específico para los Alvaritos que no podían con la bombona de gas.

Es posible, y habría mucho que discutir, que la sociedad varíe y cambie, y que la escuela se tenga que adaptar a esos cambios. Pero lo primero que debería hacer, es una idea, esa sociedad en continuo cambio, y, por supuesto, el Ministerio de Educación, es preguntarse qué pretende con la educación y qué quiere de la juventud y de sus profesores. Porque, claro, la pregunta surge inmediatamente: cuando el pobrecito Alvarito llegue a la Prueba de Acceso a la Universidad, ¿lo van a medir con un rasero distinto al de Martínez? Y si se presenta a oposiciones, ¿le valdrá decir que tuvo la escarlatina de joven, o que se separaron sus papás, se traumatizó y perdió un tiempo precioso? Y cuando vaya a comprar a cualquier hipermercado o tiendecita de barrio, ¿lo dejaran pasar por caja sin pagar por cuando ha dicho o aducido? Seguramente, no. Por lo tanto se está pidiendo a la escuela que propicie lo que ya es sabido: la desigualdad. Si queremos que Alvarito goce de los mismos derechos que Martínez, habrá que espabilar a Alvarito aunque sea a costa de sangre, sudor y lágrimas. Lo demás es caridad mal entendida, técnicas nuevas para una competencia vieja: el examen, el terrible examen de la PAU, de las oposiciones y de todo. Y por ahí deberían comenzar los sofistas. ¿Hay algo más injusto que decirle a una persona la carrera que tiene que estudiar a veces por cuestión de décimas en un examen que, como todos, es injusto? Estamos en el despotismo, aunque este no tenga nada de ilustrado.

Hay algo que, al parecer, a poca gente le interese comprender: si se quiere formar a buenos espectadores teatrales, quizás sería conveniente comenzar por hacer teatro en escuelas e institutos. El teatro es, además, un buen instrumento didáctico. Y es cierto: los alumnos de ahora no son como los del siglo XIX: los de ahora están bien alimentados y les gusta participar. Quizás el teatro sea un buen medio para inculcarles muchas cosas. Y, por supuesto, también es un fin en sí mismo.

Para ser efectivo un profesor en una clase es más útil, en casi todos los casos, hablar con un compañero de instituto, y oír de su boca el comportamiento de los alumnos, los problemas que ha tenido en determinada aula, y lo que ha hecho para solucionarlo, que aguantar conferencias y charlas de quien ni conoce a Alvarito ni a Martínez y lo centra todo en el funcionamiento de nuevas máquinas y en palabrería. Lo demás es muy bonito; pero más tarde o más pronto, el bueno de Alvarito tendrá que cargar con la botella de gas. Y si no se va espabilando, y pronto, tal vez pierda un tiempo que luego puede resultarle precioso. Eso sin olvidar que en un clase donde hay treinta alumnos, es imposible prestarle atención a los que no se cogen a la marcha del aula. Por lo tanto, dejémonos de bellas golondrinas, cursillos, folios, bolis y carpetas de regalo, y plantéemos de una vez, al menos en ciertas estancias, qué queremos lograr con la educación, cómo vamos a comprobar si un alumno ha aprovechado el tiempo o no, o si está capacitado para estudiar medicina o ser futbolista. En un campo de deportes, Alvarito jamás tendrá ninguna oportunidad contra Martínez. Y la democracia, la igualdad y demás, no consiste en subir a Martínez a la mesa de Procusto y cortarle las piernas. Hasta las buenas intenciones tienen un límite, y más si están subvencionadas. No, ni volverás las oscuras golondrinas, ni estamos para muchas gracias por muy serias, modernas y aparato informático que lleven y que puedan parecer. El problema es otro. Y algunos creemos, tal vez equivocadamente, que Alvarito tiene todo el derecho del mundo a presentarse a la PAU.



Etiquetas:   Educación   ·   Profesores

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