La elección de una
nueva dinámica del poder.
El próximo domingo los mexicanos acudiremos a las urnas con
el propósito de elegir, principalmente al próximo Presidente de la República y
seguramente la gran mayoría llegara a la cita con la intención definida en ese
sentido.
En contraste por nuestra composición geográfica es natural
pensar que la elección de Diputados y Senadores obedecerá más a efectos locales
que nacionales, aun y con lo que eso implica en el contexto general.
Esta circunstancia permite prever que el comportamiento
electivo no podrá ser unánime, cada región del país tiene sus propias agendas e
incluso en un mismo distrito podremos encontrar resultados muy discordantes.
Sin embargo lo que está en juego va mas allá solo de escoger
a una persona para hacerse cargo de la administración gubernamental, esto de lo
que se trata es de decidir por una nueva dinámica del poder.
La coyuntura de esta elección trasciende a su objetivo
primario, lo que la gran mayoría de los mexicanos ha manifestado a lo largo de
la campaña política, es un ferviente deseo de transformación.
Una evolución política que garantice equilibrios entre los
designios oficiales y el sentir popular, un reclamo hacia la clase política
dirigente para que se privilegien los acuerdos para la viabilidad de la
orientación del estado, por encima de sus intereses de grupo.
La esperanza de que la clase política comprenda la
insatisfacción que le ha producido a la sociedad, para dar paso a un método
eficiente de trabajo, o de lo contrario la apertura de un dialogo mucho más
amplio para discutir abiertamente los temas y sus respuestas.
En conclusión, el tránsito de un sistema presidencialista a
ultranza que monopoliza decisiones, hacia uno en el que el ciudadano tenga la
posibilidad de opinar y participar de las determinaciones fundamentales, esto
sin limitar por supuesto la responsabilidad del ejecutivo en su calidad de
conductor.
Claro que de acuerdo a las condiciones actuales, el domingo
renovaremos los poderes ejecutivo y legislativo, no la forma de su desempeño
como tal, entender el mensaje social y la necesidad de la nueva dinámica les incumbirá
a las nuevas autoridades.
A los ciudadanos lo que nos corresponde es decidir cuál de
los aspirantes será capaz de llevar a cabo esa metamorfosis, cuál de ellos será
el que comprenda que con ello no limita sus facultades, sino que por el
contrario obtendrá con el tiempo, una legitimidad que mucho mayor a la que
otorga la votación.
La orientación del voto es el producto de un análisis circunscrito
a muy diversos factores, el razonamiento va creando una preferencia, sin
embargo da la impresión de que en este caso, esa predilección está influenciada
más en la necesidad de renovación que en la afinidad hacia los candidatos en lo
personal.
Los tres candidatos principales, Josefina Vázquez Mota,
Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador, a lo largo de la campaña
intentaron significarse precisamente en lo que los hace diferentes de sus
rivales, es decir en el planteamiento ideológico de su propuesta.
Tanto Peña Nieto como López Obrador cada uno por su lado y a
su estilo, han planteado en concordancia a la exigencia colectiva profundas
innovaciones al esquema actual, han hablado de proyectos de mayor participación
de la comunidad que se traducirían en reformas constitucionales.
Dadas las condiciones del país, en atención de los aspectos
coyunturales como son la inseguridad y la economía, vimos ofertas que en
algunos casos son radicalmente opuestas, pero también otras en donde la promesa
de solución es coincidente.
Tal vez el contraste se noto en la forma de presentar las
ideas, porque cada uno de los tres utilizo el espectro mercadotécnico de forma
diferente, eso contribuyo en gran medida a que el mensaje de fondo no produjera
el efecto deseado.
La publicidad es un factor determinante, sea a favor o en
contra, a través de esta se construyen imágenes que no necesariamente coinciden
con las propuestas y más aun con el desempeño.
Lo que se juega en una elección va mas allá de una
competencia de popularidades, se trata de escoger un sistema de gobierno que en
principio sea capaz de resolver los principales problemas que enfrentamos en
comunidad.
Un esquema mediante el cual habrá de definirse el estilo en
la conducción del estado, un régimen político que obedecerá por supuesto a
necesidades sociales, pero también a sus propios intereses.
Es decir que el candidato que gane tendrá a su disposición
los instrumentos para ejercitar e imponer su poder de decisión en los asuntos
más delicados de la agenda nacional.
Por tanto y bajo esta premisa, no estaremos eligiendo solo a
una persona independientemente de sus características individuales y su forma
de expresarse, sino una forma política de gobierno.
El sociólogo y científico político alemán, Max Weber definió
de forma elemental el ejercicio del poder como “la posibilidad de imponer la
voluntad propia al comportamiento de otras personas”
Naturalmente la concepción anterior se entiende en el hecho
de que quien ejerce el poder, cuenta con las vastas herramientas que otorga la
preponderante posición de mandatario, a través de las instituciones.
En México acostumbrados decir que los Presidentes de la República,
son los garantes de la voluntad popular, que su desempeño depende pues de los
deseos de la mayoría de la sociedad, sin embargo el concepto en la realidad no
funciona así.
Los jefes de estado no suelen someterse a la voluntad
popular, por el contrario asumen sus prioridades y las ejecutan, es evidente
que en el intento procuran que su estrategia rinda frutos, pero si eso no
sucede o se equivocan, no hay forma de que la sociedad que los eligió los llame
a cuentas.
Por consiguiente la elección del domingo dará como resultado
que el nuevo presidente, imponga un plan de trabajo, que se supone proviene de
un diagnostico general, que empiece pues por marcar diferencias con su
antecesor.
Una vez pasada la efervescencia de la competencia electoral,
el nuevo mandatario tendrá como primer reto conseguir una reconciliación
nacional, evitar a toda costa que la crispación del enfrentamiento no se
interponga como un nuevo fenómeno social.
Ahora bien, independientemente de atender la problemática
nacional, nos referimos a los asuntos estrictamente esenciales que requieren
solución inmediata, como ya lo comentábamos en materia de seguridad y economía,
la pregunta es cuál será el nuevo presidente que quiera poner en marcha la
agenda de la nueva dinámica.
La nueva dinámica del poder no solo podrá descansar en la
eficiencia gubernamental que todos esperamos, incluye como concepto básico el
respeto a las opiniones que no coincidan con la forma de gobernar, erradicando
los fantasmas del autoritarismo que ya no pueden tener cabida.
Tiene que considerar las formas de expresión producto de la
insatisfacción y que tuvieron una extraordinaria participación en esta misma
competencia y que por tanto continuaran desarrollándose.
Mas que plantear el empoderamiento ciudadano, como lo expone
uno de los más importantes estudiosos del fenómeno del poder de nuestros
tiempos, el canadiense John Kenneth Galbraith, “se trata de la transformación
que debe orientarse a un sistema que compense, como una asociación natural de
la propiedad del poder”
Guillermovazquez991@msn.com
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