Spiritus Veritatis "El Ultimo Angel Caído"

El último ángel caído es, sin duda, el pueblo de México. No hace más de doce años que las calles se abarrotaron bajo una estela de esperanza, de vientos de cambios en la escena política; por fin se acababa el peso del partido hegemónico, de una vez por todas construiríamos la democracia. La mañana era de oro, septiembre estaba en flor y ellos reñían; ese era el diálogo de sordos de una clase política que creía que en sus manos estaba el destino de México, al menos para hacer de él lo que se quisiera y a costa de quien fuera, ese era el inicio del México de los dobles discursos. Palacio Nacional se conmovía, el tricolor pasaba a la historia y los vientos de cambio hablaban de eso, precisamente de cambio. Nada ocurrió en lo sustantivo, la euforia y el esplendor del primer año del gobierno del cambio pronto evidenció que era sólo un espejismo político, que las viejas prácticas seguirían presentes y que los actores políticos eran sólo eso: actores de un gran teatro llamado nación en donde hacer patria era olvidarse de ella. La náusea social se hizo presente, el crimen, el dolor, el desempleo, la eterna migración a Estados Unidos y una pobreza que cala los huesos nos dejó una estela de sinsabores que se convierten a falta de PAN en el desayuno nuestro de cada día. Éramos perros flacos y pasamos a convertirnos en perros con sarna y pulgas, mientras la clase política no ponía un nuevo collar electrónico. Nada más contundente, nos convertimos en un pueblo sin memoria, creímos que era mejor un mal gobierno que ningún gobierno, asumimos que más vale malo por conocer que suegra en casa y nos confundimos con aquello de "viva la democracia"; todo resultó un espejismo lleno de ilusiones vacías porque jamás nos organizamos como sociedad civil; resultó siempre cómodo pero a la postre difícil que la clase política tomara las decisiones por nosotros y hoy la corrupción nos regala como grifo de agua fría miles de muertes. Un pueblo grande siempre tiene memoria histórica. Un pueblo preparado eleva la conciencia y conduce su destino; crea las condiciones para custodiar a la esfera pública, hace de los políticos ciudadanos de respeto y responsables, hace de la clase política mandatarios y no amos, crea una sociedad que basada en la solidaridad, la honradez y la justicia redistributiva fortalece a los que menos tiene, no se defeca nunca en ellos y por sobre todas las cosas, se mantiene alerta para buscar que el ciudadano eleve su voz con valor y respeto. Ubicar a un país grande es elevar la capacidad de memoria histórica; ya hemos cometido como ciudadanos innumerables errores por no estar organizados. Los partidos políticos no son la única respuesta hacia las problemáticas de la ciudadanía ni la única forma de respuesta social, como tampoco lo son los políticos; la fortaleza ciudadana atraviesa por la organización, si esto no se entiende habremos de mamarnos otros seis años donde el discurso sea el mismo: las pitonisas unas rameras y nuestra conciencia un residuo carente de memoria histórica.

 

. No hace más de doce años que las calles se abarrotaron bajo una estela de esperanza, de vientos de cambios en la escena política; por fin se acababa el peso del partido hegemónico, de una vez por todas construiríamos la democracia. La mañana era de oro, septiembre estaba en flor y ellos reñían; ese era el diálogo de sordos de una clase política que creía que en sus manos estaba el destino de México, al menos para hacer de él lo que se quisiera y a costa de quien fuera, ese era el inicio del México de los dobles discursos. Palacio Nacional se conmovía, el tricolor pasaba a la historia y los vientos de cambio hablaban de eso, precisamente de cambio. Nada ocurrió en lo sustantivo, la euforia y el esplendor del primer año del gobierno del cambio pronto evidenció que era sólo un espejismo político, que las viejas prácticas seguirían presentes y que los actores políticos eran sólo eso: actores de un gran teatro llamado nación en donde hacer patria era olvidarse de ella. La náusea social se hizo presente, el crimen, el dolor, el desempleo, la eterna migración a Estados Unidos y una pobreza que cala los huesos nos dejó una estela de sinsabores que se convierten a falta de PAN en el desayuno nuestro de cada día. Éramos perros flacos y pasamos a convertirnos en perros con sarna y pulgas, mientras la clase política no ponía un nuevo collar electrónico. Nada más contundente, nos convertimos en un pueblo sin memoria, creímos que era mejor un mal gobierno que ningún gobierno, asumimos que más vale malo por conocer que suegra en casa y nos confundimos con aquello de "viva la democracia"; todo resultó un espejismo lleno de ilusiones vacías porque jamás nos organizamos como sociedad civil; resultó siempre cómodo pero a la postre difícil que la clase política tomara las decisiones por nosotros y hoy la corrupción nos regala como grifo de agua fría miles de muertes. Un pueblo grande siempre tiene memoria histórica. Un pueblo preparado eleva la conciencia y conduce su destino; crea las condiciones para custodiar a la esfera pública, hace de los políticos ciudadanos de respeto y responsables, hace de la clase política mandatarios y no amos, crea una sociedad que basada en la solidaridad, la honradez y la justicia redistributiva fortalece a los que menos tiene, no se defeca nunca en ellos y por sobre todas las cosas, se mantiene alerta para buscar que el ciudadano eleve su voz con valor y respeto. Ubicar a un país grande es elevar la capacidad de memoria histórica; ya hemos cometido como ciudadanos innumerables errores por no estar organizados. Los partidos políticos no son la única respuesta hacia las problemáticas de la ciudadanía ni la única forma de respuesta social, como tampoco lo son los políticos; la fortaleza ciudadana atraviesa por la organización, si esto no se entiende habremos de mamarnos otros seis años donde el discurso sea el mismo: las pitonisas unas rameras y nuestra conciencia un residuo carente de memoria histórica.

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