Acertando a los penales.



Tras poco más de 120 minutos de lucha sobre el terreno, todo quedó listo para la definición por penales.

 


Imposible adivinar los pensamientos que surcan por la mente de los jugadores. Unos se ven exhaustos. Otros no tanto, aunque deben estar igual de agotados.

Algunos saben de antemano su responsabilidad, y quizás repitan una y otra vez la estrategia a seguir en apenas unos minutos.

Los porteros, por su parte, son un mundo aparte. ¿Sentirán acaso sobre sus hombros toda la responsabilidad? En lo personal no lo creo, a fin de cuentas se dice que los penales bien cobrados no se detienen. Tal vez Buffon comparte esa opinión; por eso se le ve sonriente cuando va (por tercera vez) a la suerte de la moneda (hace poco leí que en verdad la probabilidad no es 50-50, sino 51 a 49, pero dudo que ellos lo sepan). Pero dicen que Buffon es “loco”, así que mejor no tomarlo en cuenta para las comparaciones.

Mientras allá, a unas diez horas de diferencia, unas piernas cansadas se juegan el pase a la semifinal de la Eurocopa, yo me arrellano en las piernas de mi novia, que permanece acostada sobre la cama, a esperar la mal llamada “lotería de los penales”.

También estoy nervioso. Extraño; ni Italia ni Inglaterra son mis favoritos para el título, pero supongo que durante cualquier enfrentamiento tendemos a asumir cierta afinidad hacia uno de los contendientes y entonces vivimos momentos como este con la misma intensidad de esos millones de fanáticos que llenan gradas y parques en todo el mundo.

Y se acerca el primer jugador al balón. Es italiano (aunque en verdad no lo parece). ¡Gol! Balotelli anota. Italia 1, Inglaterra 0. Yo alzo el puño en señal de aprobación. Es el turno de los ingleses. Gerrard empuña la armadura por los de la reina. ¡Gol!, no podía ser de otra forma. Todo comienza otra vez.

A esta altura ya me senté sobre la cama (tan poco resistí la pasividad del lecho). Montolino viene por los azurri. Algo en su rostro no me gusta. Le digo a mi novia: “este va a fallar”.

¡Por fuera el balón! Ella me mira sorprendida. “¿Cómo lo supiste?”, me dice. “Se lo vi en la cara”, solo le puedo contestar. En las tribunas, como suele suceder, se alternan las dos caras de la moneda. Los italianos aún con las manos sobre la cabeza. Los ingleses apremian sus cantos.

Rooney ya está frente al balón, con su porte de asesino. No tengo que pronosticar nada. Creo que todo el estadio sabe que lo va anotar. Inglaterra 2, Italia 1.

El turno corresponde a Pirlo. El capitán sin brazalete de la selección italiana es el encargado de dar esperanza a los rostros quebradizos que pueblan las tribunas. ¡Golazo! Muchos comenzaron a buscar en los archivos de su memoria y recordaron a un inmenso Zidane en el 2006. Yo aplaudo mentalmente.

El turno de los blancos. Ashley Young acomoda el balón. En el rostro una expresión conocida. “Este falla también”, le sonrío a mi novia. Ella me mira incrédula y de inmediato permuta su expresión hacia el asombro: ¡Young estrelló el balón contra el travesaño! Italia 2-Inglaterra 2. Ella sonríe también, aunque a medias.

Nocerino cumple con su turno y deja el escenario listo (Italia 3-Inglaterra 2) para el turno de Ashley Cole. Miro jocosamente a mi novia y le digo. “Este también falla”, y de inmediato, entusiasmado, agrego: “va a tirar hacia la izquierda y Buffon lo va a adivinar”. ¡Exacto, Buffon se queda con el balón entre sus manos! No puedo hacer más que reírme, mientras ya mi novia me mira asustada.

Yo, todavía divertido espero que Diamanti se coloque tras el balón y sentencio: “ahora el tiro va por el centro. Italia gana”.

¡Gol! Todos los italianos corren a abrasarse, las tribunas enloquecen (al menos la parte italiana), los comentarista inician el resumen del partido y yo me desternillo de la risa ante la mirada atónita de mi novia.

Me acerco y le doy un beso divertido en los labios. “Anda, quita esa carita. No te asustes que no soy vidente ni nada de eso. Además, el último gol no fue tan por el centro”. No creo haberla convencido, pero al final sonrió y me devolvió el beso.