Días atrás una muy buena amiga, empresaria desde hace algunos años, me narraba, con un intenso dolor, que le habían entrado a robar a la bodega de su empresa, se habían llevado prácticamente todo su material de trabajo, acumulado luego de mucho bregar. Mientras la “escuchaba”, pensaba qué era pertinente decirle. Al margen de expresiones de sana convivencia social como por ejemplo, “cuánto lo siento”, o “que lamentable”, o “maldita delincuencia”, etc. Cómo además la conversación fue básicamente por mail, de un lado se abría espacio temporal para pensar qué responder pero, de otro, razonablemente, pensaba que ella esperaba recibir pronto de vuelta elementos que la ayudaran efectivamente a superar su desconcierto, aunque presumo, ni siquiera ella sabía que esperaba eso.




