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La Inestable estabilidad


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24/06/2012


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Días atrás una muy buena amiga, empresaria desde hace algunos años, me narraba, con un intenso dolor, que le habían entrado a robar a la bodega de su empresa, se habían llevado prácticamente todo su material de trabajo, acumulado luego de mucho bregar. Mientras la “escuchaba”, pensaba qué era pertinente decirle. Al margen de expresiones de sana convivencia social como por ejemplo, “cuánto lo siento”, o “que lamentable”, o “maldita delincuencia”, etc. Cómo además la conversación fue básicamente por mail, de un lado se abría espacio temporal para pensar qué responder pero, de otro, razonablemente, pensaba que ella esperaba recibir pronto de vuelta elementos que la ayudaran efectivamente a superar su desconcierto, aunque presumo, ni siquiera ella sabía que esperaba eso.


 

En ocasiones como estas, las conversaciones entre amigos no son transaccionales, del tipo “te digo para que me digas”. Muchas veces sólo son de acompañamiento, de “oír” a quien habla, para que este, a su vez se oiga a sí mismo y, con ello, salga del shock, ordene (o reordene) sus ideas y rompa el muro del lamento para entrar a la espiral de las soluciones. Este salto hacia adelante, este cambio del “switch” reflexivo es propio de esa extraordinaria capacidad de las personas que se conoce como resiliencia. 

 

Vuelvo a mi historia. Lo dicho es válido, en teoría, en análisis de relatos, pero puesto en la situación, igual algo se debe decir, algo que ayude, que desbloquee el círculo vicioso de la frustración asociada al miedo, el desconcierto y la ansiedad por el día siguiente.

 

Afortunadamente, en mails previos habíamos estado conversando precisamente de su ingreso al mundo de empresaria independiente, dejando atrás el supuestamente más seguro y estable, empleo de jornada completa y paga mensual segura. Al contarme de sus primeros pasos como empresaria, casi de manera premonitoria le ayudaron a enfrentar este robo, porque tenía muy fresco el recuerdo de sus inicios cuando, precisamente, no tenía nada de lo que dejó de tener de nuevo con el asalto. Pasó por la inevitable fase de cuestionarse todo, de sentirse acosada por todo el mundo, de pensar en una nueva fase de reinvención empresarial, pero rápidamente, con lo poco que tenía guardado en otro lugar, muchos de ellos elementos de sus inicios, en pocos días, de nuevo estuvo 150% de pié, ampliando cartera de clientes, fidelizando a aquellos que podrían tener algún grado de dificultad, mientras reponía maquinarias y demases. En menos de una semana, una historia de terror, se transformó en un nuevo ritmo de trabajo, con mermas materiales inevitables, que, paradojalmente, resultaron notablemente atenuadas en sus efectos, por la fuerza de los afectos que recibió de sus clientes. Y también de su equipo de trabajo, al lado de ella, presumo que no sólo por cuidar su empleo, sino por el valor de las amistades y lealtades que ella ha sabido construir en su quehacer empresarial, pero por sobre todo como persona. 

 

De ahí el título de esta columna. Las estabilidades laborales reales, las que valen la pena, las que en serio resultan “estables”, no tienen que ver con tener o no una pega con sueldo garantizado, sino con la postura con que se enfrenta el día a día laboral, la seriedad y calidez de las interacciones que se generan, ya sea con los clientes, con sus pares, con los colaboradores, con el entorno, incluso, con el medio ambiente.

 

Cuando ello ocurre, ningún imprevisto, ninguna indeseable sorpresa logra aniquilar la capacidad de salir adelante, de “sobrevivir” social y laboralmente.

 

La historia de mi amiga, valía una columna en sí misma, aunque su mayor valor trasciende a ella. Es un ejemplo real de resiliencia en entornos agresivos, donde la fuerza que impulsa al resorte que origina el salto hacia adelante, tiene que ver con la forma en que se escribió y construyó la historia previa. El presente totalmente dependiente del pasado.

 

La resiliencia en este caso, y quizá en cuantos más, no tiene que ver con lo que se aprende en una sala de clase, sino con la formación desde el hogar, y la observación de los fenómenos sociales y laborales reales, para ver siempre los problemas como desafíos y no como muros envueltos en alambres de púas. Por ello, la resiliencia es un atributo de vida, que se construye cuando no se le requiere y que emerge, sin que se le llame, cuando resulta necesaria.

 

Creo que quedé en que no sabía qué decirle a mi amiga. En realidad no lo recuerdo y no me motiva ir a buscar el mail aquel. Es lo menos importante, ella ya había construido sus defensas, sus resortes resilientes a lo largo de todos sus días previos de vida. Seguramente fue banal lo que le dije. Lo que no fue irrelevante, es que sabía que tenía amigos y amigas con quienes hablar de su “tema” y que, desde sus propias formas de ver y entender el problema, le ayudarían a que se despertaran sus fuerzas resilientes. Debe haber escuchado mucho, pero la síntesis, ineludiblemente, debía hacerla ella, y la hizo. 

 

Y esto sí que es importante. Tiene que ver con esta línea temática de Reeditor.

 

Tienen que ver con que da lo mismo ser gerente o trabajador de servicios menores, ser empresario o ser dependiente asalariado. Todos tenemos y estamos expuestos a que Murphy se ensañe con nosotros, y nos quedemos por un instante mirando hacia adelante, sin tener mayor respaldo atrás. En esos momentos, en tales escenarios, la sincera cordialidad con que usted haya construido afectos, lealtades, respeto, responsabilidad, credibilidad, cercanía, serán las bases en que se podrá apoyar para que, cualquiera que haya sido el problema, rápidamente pase a ser sólo una historia más que usted le pueda contar a sus nietos y nietas.   

 

La buena noticia es que nunca es tarde para comenzar a construir sus reservas de resiliencia efectiva, tratando a los demás, tal cual a usted le gusta ser tratado o tratada.

 

Si me permite, no espere a mañana, comience hoy mismo. Mi amigo Murphy acecha. 





Etiquetas:   Recursos Humanos

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