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Nosotros los Hombres... los consentidos de Dios.


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07/02/2011

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                Un día, en una cafetería, de algún lugar, se reunieron tres amigas a practicar el arduo deporte de la conversación femenina. Platicaron sobre todo y sobre todos. Desayunaron fruta, jugo, huevos al gusto, esposos, cuñadas, amigas ausentes y un par de ex-amantes. Ya habían arreglado y desarreglado el mundo como tres veces antes de que en el mismo sitio apareciera un añejo amigo de las tres. Lo saludaron con aprecio y posteriormente lo invitaron a que se uniera a tan sabrosa reunión. El amigo, sintiéndose honrado de que le permitieran introducirse, por un breve tiempo, a las misteriosas y enigmáticas reuniones entre mujeres, aceptó la invitación, aun sabiendo que corría el enorme riesgo de convertirse en el postre de sus queridas amigas. Así que armándose de valor se sentó con ellas, asumiendo el papel momentáneo de simple oyente y espectador. Con un representante del sexo masculino la plática cambió de rumbo y de color. Ahora comenzaban su despiadado ataque contra los hombres, e incluso surgió la ya histórica y repetitiva frase "todos los hombres son iguales", cuestión en la que nuestro amigo no estuvo de acuerdo, ya que argumentaba que “algunos somos peores”, según sus propias palabras. Una de ellas, la más joven de las tres, comenzó a enumerar algunas de las ventajas y virtudes que poseían las mujeres, lo que las convertía en el sexo fuerte: fuerza de carácter, inteligencia, sensualidad, sensibilidad, intuición, belleza, y varias más. Y nuestro amigo estuvo de acuerdo con todo eso y más. Después, otra de ellas, dio sus versiones de por qué el mundo estaría mejor si fuera gobernado por mujeres. Y nuestro amigo la apoyó en todo. La tercera opinó que el hombre fue creado primero debido a la ley universal de que "echando a perder se aprende". Y nuestro amigo le dijo que quizá tenía razón. Cuando las tres terminaron de descargar su armamento contra nuestro representante, éste tomó la palabra en nombre de todos. Les dijo que a pesar de todas las virtudes, cualidades y bellezas que Dios les había otorgado a las mujeres, los hombres eran, sin duda, los consentidos celestiales. De inmediato se indignaron y preguntaron el por qué de tan descabellada afirmación. El varón tomó un trago de café y les contestó.








                -Estoy de acuerdo que ustedes son los seres más maravillosos, enigmáticos y excitantes que existen en este planeta y sus alrededores, pero a pesar de eso, Dios nos demostró que nosotros somos sus consentidos, al brindarnos uno de los placeres más exquisitos que existen en este universo





                -¿Cuál?- preguntaron intrigadas al unísono

                -Simplemente...el placer de poder disfrutar y amar a la mujer.







josemaria@pumarino.com

twitter: jmpumarino



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