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Émile Zola y el crimen


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16/06/2012

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ÉMILE ZOLA Y EL CRIMEN






Vicente Adelantado Soriano





El porqué de los sucesos se esconde en la complejidad íntima de los caracteres, y los caracteres se definen por sus acciones.





Pérez de Ayala, Las máscaras





Tal vez es en la novela de Émile Zola, La bestia humana, donde se nota de forma más clara y contundente el absurdo de explicar el comportamiento de una persona a través de la herencia genética, o por dicha herencia. No quiere decir esto que El pecado de padre Mouret y El sueño, por poner dos claros ejemplos, de vocación y abnegación, sean un modelo de penetración psicológica, que no lo son. Son, sobre todo La bestia humana, novelas muy bien construidas, y buenas, si nos olvidamos de las intervenciones del autor, de su manía de explicar mediante filosofías ajenas a la acción la propia acción o los caracteres de los personajes. Émile Zola se propuso como confiesa en su otra novela La obra “estudiar al hombre tal como es, no ya el títere metafísico, sino al hombre fisiológico, determinado por el ambiente, que actúa a impulsos de todos sus órganos...” Con semejante afirmación, el novelista, el creador del Naturalismo, tiene todas las justificaciones posibles para entregarse a largas y prolijas descripciones, el medio, el ambiente, que, en el peor de los casos, de nada sirven, como sucede en las apabullantes descripciones del jardín donde habitan el padre Mouret y Albina, el famoso Paradou. Son páginas y páginas de prolijas descripciones que ponen en evidencia la enorme erudición del autor, aunque no sirven para explicar ni el comportamiento ni la psicología de los personajes. Estos quedan sepultados, como el paciente lector, por tanto follaje, árbol, flor, arbustos, hierbas, hierbecillas, frutos y demás.

Cierto es que Émile Zola, con sus novelas, se lanza a experimentos un tanto complicados y difíciles: explicar el por qué de varios crímenes, La bestia humana, o el nacimiento de una abnegación, El sueño. De ambos experimentos se sale un tanto defraudado, pues hay cosas en esta vida de muy difícil racionalización y explicación; y hay herencias, el romanticismo en este caso, que lastran la novela, el experimento y la investigación; y, lo que es peor, el desarrollo de los propios personajes. Pese a sus pretendidos nuevos métodos Zola, a veces, cae en el más puro y romántico de los folletines. La novela titulada El sueño es un claro ejemplo.

No hace falta, por otra parte, ser un agudo observador para percatarse de que dos hermanos, Prometeo y Epimeteo, Cástor y Pólux, Antígona e Ismene, Caín y Abel, etc. etc., hijos del mismo padre y de la misma madre, y educados en el mismo ambiente, salen tan diferentes entre sí como el verano y el invierno. ¿Por qué sucede esto? ¿Es suficiente la herencia genética para explicar estas diferencias? ¿Lo es el medio o la combinación de este con la herencia? Sinceramente creemos que no. Hay algo que siempre se escapa, que queda balbuciendo, y que sigue siendo un verdadero misterio. ¿Cómo actuar entonces? Tal vez no hablando de aquello de lo que nada se sabe, es decir, quizás la labor del novelista fuera la de describir las acciones, los pensamientos, los sueños y anhelos de los personajes, dejando de lado las justificaciones y las teorías más o menos novedosas o peregrinas y que nada aportan como no sea polémicas. Las teorías y justificaciones siempre terminan por lastrar la obra. Una obra que necesita de largas explicaciones no es una obra lograda. Y en sus mejores novelas, La taberna, Germinal, El vientre de París... Zola ni nombre a los genes, ni los necesita para el desarrollo de la acción. Son indudablemente sus mejores novelas.

En La bestia humana Émile Zola estudia, o trata de estudiar, varios asesinatos. Se abre la serie con el que comete un matrimonio, el formado por Roubaud y Séverine. Es un asesinato estúpido, si es que hay alguno que sea inteligente, motivado por unos antiguos celos que ya no tienen razón de ser. Entre los dos degüellan al presidente Grandmorin, un viejo vicioso que disfrutaba, entre otros trofeos, de los dieciséis años y medio de Séverine. A tan necio crimen, pasados años de aquellos abusos, sigue el de Misard, que envenena a la tía Phasie, su mujer, con lavativas en las que introduce veneno para las ratas. La causa son mil francos escondidos, y que nadie encuentra. No se sabe muy bien para qué quiere el dinero el tal Misard, pues es descrito como poco menos que una piedra, y que sepamos una piedra no tiene ninguna ambición.

Quizás el crimen más horroroso, por lo necio, y por la cantidad de gente implicada, sea el de Flore, una mujer enamorada de Jacques, maquinista del tren, y amante de la pobre Séverine. Flore, guardavías de un paso a nivel, celosa, cruza un carro cargado de piedras en las vías, y hace que el tren conducido por Jacques se estrelle. Ni Jacques ni Séverine, que viaja en un vagón, mueren, así que será Flore, la joven guerrera, la que se quite la vida poniéndose delante de una máquina de tren, en un túnel, lanzada a toda velocidad. Zola no busca explicaciones para estos crímenes: sencillamente los describe. Y no resulta difícil entrever la obcecación, la ceguera, de los personajes que cometen semejantes villanías.

En quien se centrará el novelista, a quien buscará peregrinas justificaciones, será en Jacques Lantier, el joven maquinista enamorado de Séverine. Varias veces se nos dice de él, desde su encuentro con Flore, que siente, ante la mujer, un irresistible deseo de matar. ¿Por qué? Por la herencia genética. Una herencia que se remonta a la Prehistoria, ni más ni menos. Así lo afirma en las páginas iniciales de La bestia humana:

¿Procedía esto [el deseo de matar] del mal que las mujeres habían causado a su generación, del rencor acumulado de hombre en hombre, desde el primer engaño en el fondo de las cavernas? Y sentía también en su acceso una necesidad de luchar para conquistar a la hembra y domarla, la necesidad perversa de echarse la muerta a las espaldas como un botín que se arrebata a los demás para siempre.”

De necesidad de matar, el autor, hijo incuestionable del Romanticismo, va a curar a Jacques Lantier gracias al amor. Enamorado perdidamente de Séverine se percata que gracias a ella, a ese amor, “Ya no sentía la sed de vengar ofensas muy antiguas, cuyo exacto recuerdo se había borrado de su memoria; aquel rencor amontonado de varón en varón, desde el primer engaño en el fondo de las cavernas.”

Como se puede ver en estas citas, Zola ya no se detiene, en cuanto a la herencia, en la familia, en el padre o en el abuelo de Jacques: nos remontamos a las cavernas. Y las cavernas estarán por encima de todo: por encima del amor perdura el instinto asesino en Jacques, pero sólo de día, cuando ve a la mujer, o de noche si está iluminada. Y así será como acabe con Séverine. ¿Por qué? Por la herencia de los genes y por una vela encendida. ¿Y por qué el resto de los humanos, y aun de los personajes de la novela, no mata ni asesinan? ¿Acaso no descendemos todos de Adán y Eva, o del hombre de Neardenthal, es decir de las cavernas? ¿Entonces? Hay cosas, situaciones y comportamientos, que resultan difíciles, tal vez imposible, explicar. La vocación y el asesinato quizás estén entre ellas.

Émile Zola trató de brindarle una explicación científica a lo inexplicable, explicación que, seguramente, ni él mismo se creyó. Sus novelas de hecho funcionan, y muy bien, cuando se olvida de sus planteamientos teóricos. En La bestia humana vale más lo que nos dice sobre la justicia y su funcionamiento, por ejemplo, que todos los intentos de justificar el crimen de Jacques. Para los crímenes siempre se han buscado explicaciones: la falta de educación, la carencia de afecto, el medio, el desprecio por la vida, el cromosoma X, etc., y siempre volvemos a lo mismo: no hay explicación posible. O tal vez la única explicación es que, en el fondo, seguimos siendo animales. Ahora bien, una cosa es la antropología, la historia, y otra la novela. Buscar una única explicación para un personaje, o no explicar por qué en unos el medio actúa de una forma y otras de la contraria, es volver a san Agustín, a cuando decía aquello de Pluvia defit, causa christiani. La herencia no sirve para llegar al fondo de unos determinados comportamientos. No, no tienen la culpa los cristianos de que no llueva. Ni mis ancestros de mis pecados o crímenes.









Etiquetas:   Medio Ambiente

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