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Esta molesta incertidumbre


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12/06/2012

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Aunque nuestras vidas parecen fluir normalmente, todos sabemos que éste es uno de los instantes más  inciertos que le ha tocado vivir al país, tal vez  comparable, sin temor a exagerar, a otras situaciones de muy diversa índole, como pueden haber sido  los días que siguieron al destierro de José María Vargas, los que acompañaron al referéndum del 57, los que vinieron después del alzamiento de Hugo Trejo o los que rodearon el juicio de CAP. El hecho mismo de que exista una concentración de poder político y una hegemonía  como la que ha desplegado el partido de gobierno,  o de que exista un proceso revolucionario que trate de aniquilar el sistema político y el estado de cosas que conocíamos, lógicamente hace que desaparezca la certidumbre. Sin embargo, lo que ha hecho que la incertidumbre se esparza por igual entre todos nosotros, entre los que apoyan al gobierno y los que lo adversan, ha sido la enfermedad del presidente,  uno de los  políticos  más odiados pero también uno de los más queridos que  ha tenido el país. Unos y otros presentimos que este proceso, su continuación o su fin,  depende de la salud del presidente. Si bien epistémicamente la certidumbre supone quietismo, determinación y de alguna manera  exclusión de otras verdades;  y la incertidumbre, indefinición, búsqueda y movimiento (gracias a la cual y en algún momento Descartes logró, por ejemplo, proporcionarle alguno de los fundamentos que necesitaba La Modernidad), en momentos como éste la incertidumbre paraliza y  la espera, o la expectación, se apodera de todos por igual. No recuerdo si fue Santander el que sentenció que más vale un desengaño, por cruel que sea, que una perniciosa incertidumbre.


No abundan los personajes que marquen y dividan tanto a los pueblos,  y que los hagan caer en este estado de desasosiego. Cuenta Tomás Eloy Martínez –ese maestro de la literatura que tuvimos la suerte de tener entre nosotros gracias a su exilio– en esa obra, mezcla de novela  y biografía,  que es Santa Evita, que cuando aquella dama de mal hablar, que repartía dinero sin rendir cuentas y a quien le hacían cola en su Fundación para recibir enseres y casas, cayó enferma ,  “los  argentinos que se creían depositarios de la civilización y que veían a Evita como la resurrección obscena de la barbarie” , celebraron sus dolencias hasta el punto de que por esos día en la capital argentina se vio más de una pintada dando vivas a la enfermedad.   Sus “grasitas”, sin embargo, aquellos seres que se veían beneficiados por sus obsequios o aquellos otros que no perdían las esperanzas de recibirlos, seguían adorándola y considerándola una santa. Así, mientras se hacía inyectar calmantes para mantenerse de pie, unos arreciaban en sus  insultos, tildándola de  “Yegua”, “Chola” , “Bicha” o “Cucaracha”, y otros ,  desde el mismo momento en que conocieron que estaba enferma, comenzaron a enviar cartas al Vaticano, atribuyéndole a aquella mujer, que a los quince años había llegado a Buenos Aires de la mano de un cantante de tangos con la esperanza de ser actriz, varios milagros y exigiéndole al Papa que la canonizara.

La Argentina de comienzos de los años cincuenta se vio, de esta manera, conmocionada por la enfermedad de Eva Duarte de Perón, pues como deja entrever Tomás Eloy Martínez, el peronismo si tiene algún origen ese se encuentra probablemente en las acciones de Evita, de la “chinita”, como la llamaba Perón, de aquella persona que sostenía que su vida no era de ella sino de su pueblo; aquella mujer que sus enemigos acusaron de que se “moría por figurar” , de que era hija del resentimiento y que era lo que era porque se “propuso no perdonar”. 

Tal vez algún día sepamos por qué estos personajes despiertan al mismo tiempo tanto odio y tanta fascinación entre sus pueblos. O tal vez eso sea, como sucede con todos los sentimientos,  definitivamente inexplicable. Lo que si sabemos es que sus vidas, por la forma  cómo afectan a los demás, cuando corren algún riesgo producen una gran incertidumbre entre los ciudadanos.

 



Etiquetas:   Enfermedades   ·   Hugo Chavez

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