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Un concierto


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10/06/2012

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UN CONCIERTO






Vicente Adelantado Soriano





Generalmente se puede asegurar que no hay nada más terrible en la sociedad que el trato de las personas que se sienten con alguna superioridad sobre sus semejantes.

Mariano José de Larra, Don Timoteo o el literato.





Ayer sábado en un pueblecito de España, esa dama para quien no pasan los años, se celebró un concierto. Ningún músico era de ese pueblecito que la vergüenza ajena me impide nombrar. Con mucha antelación a la hora del concierto ya se podían ver a los músicos, casi todos muy jóvenes, con su característico atuendo: pantalón negro, tanto ellas como ellos, y camisa blanca. Aparecían con sus familias, pues la joven banda no dispone de autobús, y a cada concierto tienen que ir con sus propios medios. Estos, por regla general, son los coches de los padres. Padres y madres se saludaban entre sí en tanto sus hijos depositaban las fundas de los instrumentos en un aula, ocupaban sus lugares en el escenario y ensayaban o afinaban saxos, clarinetes y trompetas.

Como no podía dejar de suceder se produjo la reflexión que se ha convertido, ya, en un tópico o lugar común en estos eventos: un padre viendo a la adolescente banda en el escenario se felicitó de que hubiera todavía gente joven tan sana, capaz de dedicarse a la música cuando otra parte de la juventud se dedica a cosas tan absurdas y de tan poco sentido común. Quizás no le faltara razón al buen hombre.

Comentando cosas similares, ocupando sus lugares, el que quisieran menos las primeras filas, reservadas para las autoridades del municipio, los padres fueron desenfundando cámaras y apuntalando trípodes. Cinco minutos antes del inicio del concierto, a las diecinueve horas y veinticinco minutos, una chica, joven también, se puso delante del micrófono y comprobó que este funcionaba. Se retiró, y cuando todos estábamos esperando que el director de la banda, traje negro y batuta bajo el brazo, ocupara su puesto, pues no hacía más que moverse por entre los músicos, volvió a aparecer la chica del micrófono, y sin más, sin prólogo, advertencia al lector, petición de disculpas o de atención, anunció, sin ninguna explicación dado que nadie se la merecía, que el concierto se retrasaba, y que comenzaría, Dios mediante, dentro de media hora. Al director de la banda, al que nadie había dicho nada, se le quedó cara de idiota.

-Estas cosas sólo pasan en este país -comentó un padre.

Algunos que otros preguntaron qué había sucedido. Hubo respuestas para todos los gustos: que la señora alcaldesa estaba merendando, y no le había dado tiempo a terminarse el platito de aceitunas; que se hallaba en mitad de ciertas labores que difícilmente se pueden cortar, y que, claro, tenía que peinarse y adobarse. Algún que otro, más indignado, clamaba por recoger instrumentos y marcharse cada uno a su casa. Todos estos comentarios, desde luego, se hacían en pequeños corros y sin levantar mucho la voz. No obstante, se extendió la contraseña del cariacontecido director: si a las 20 horas en punto no comenzaba el concierto, nos íbamos todos.

Un padre, nunca falta gente de buena voluntad, trató de calmar a la gente: era posible que la señora alcaldesa estuviera delante de la televisión, o pegada a su móvil: todo el mundo estaba pendiente del rescate del Fondo Monetario Internacional a la banca española. Aquel buen hombre, de golpe y porrazo, nos volvió a recordar nuestra desgraciada realidad de país tercermundista en manos de unos políticos incapaces y corruptos en su inmensa mayoría. El rescate, sin embargo, ya hacía horas que se había hecho efectivo. Ese rescate iba a implicar que muchos de esos jóvenes músicos no iban a poder estudiar en el conservatorio, ni tal vez en la universidad. Y que, como los esclavos, morirían trabajando, sin conocer la jubilación, ni tener derecho a una sanidad como la tuvieron sus padres. Los jóvenes, no obstante, inconscientes, bromeaban entre ellos, intercambiaban botellas de agua y hablaban en tanto esperaban que llegara la señora alcaldesa.

Llegó, sin saludar ni pedir disculpas, apenas los padres volvieron a ocupar sus lugares en el salón de actos de la casa de la cultura. Volvió a aparecer la señorita del micrófono, y, sin dar ninguna explicación, anunció el comienzo del concierto. El director levantó la batuta, miró expectante a sus músicos, la dejó caer con brío y allá fue el primero de los pasodobles, tan reiterativo y repetitivo como el gobierno como nos alumbra.

Una pena que a esos chicos con tan buena voluntad no se les exija un poco más. Una pena que no se toque una música un poco menos pachanguera y folklórica. No obstante, quedaba bastante bien para marcar el futuro que nos espera. No lo quiero ni pensar si en vez de pasodobles se hubieran arrancado con cualquier réquiem, dejando de lado el de Mozart, pues con ese dan ganas de morirse y ser el protagonista de la pieza.

Terminada la actuación de la joven banda, los padres salieron en desbandada: se había hecho tarde para la cena, había que buscar el coche, meterse en carretera e irse a casa. Nadie se quedó, pues, a oír a la banda del pueblo, la que había invitado a la joven banda para hacer un intercambio cultural. Todos salieron disparados, cosa que sucede en todo concierto juvenil en este corralón lleno de sol: una vez ha terminado el hijo, padres, abuelos y perritos se levantan, cogen los trastos, hablan, incordian y molestan a la persona que está actuando, y que nada les importa porque no es ni su hijo ni amiguito de este. Para acabarlo de arreglar hasta había una madre que en vez de aplaudir, de pie, y manos en alto, emitía aullidos parecidos a los de un perro en determinados momentos de su vida.

Llegados a casa al cabo de una hora, no había mucha circulación, nos enteramos de que, efectivamente, el FMI ha prestado dinero al club de los ineptos. El jefe de estos, como es habitual en él, tampoco ha dado ninguna explicación, ni ha dicho nada de nada. Sabemos, eso sí, que animó a la selección española de fútbol para que gane la Eurocopa y nos inyecte a los españoles una dosis de moral. Sin palabras. Medrados estamos. Para ello dicho jefe, pese a todo cuanto está sucediendo, se va a desplazar a Polonia para ver el partido inaugural. Esperemos, por el bien de la nación, que no llegue tarde al campo de fútbol y haya que retrasar el comienzo del partido. Catilina también abusó de la paciencia de los romanos. El Señor nos coja confesados.



Etiquetas:   Educación   ·   Música   ·   Crisis Económica

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