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¿Cuál felicidad?


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05/04/2011

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A propósito de la supuesta felicidad de los venezolanos


A propósito del pensamiento de Pascal Bruckner

 

Uno oye tantas veces decir, tan machaconamente, que el natural venezolano es alegre, festivo, expansivo, exultante, entre otras variantes del epíteto, que ya se antoja afrenta, como si los nacidos en esta Tierra de Gracia no tuvieran derecho a la melancolía; como si una obligación idiosincrásica para con la euforia perpetua les negara sus lutos; la posibilidad de mirarse en su propia tragedia.

 

No se propone en estas líneas que se viva en trance penitente atado al cilicio de la desdicha. Mas sí una reflexión en torno a  tan alegre determinismo, que cualquiera se pregunta dónde se origina, quién inició su prédica porque si se revisan los grandes pensadores de la nación no se encontrará allí la respuesta.

 

Es triste, por lo demás, que el venezolano acepte acríticamente la etiqueta de su supuesto júbilo y se muestre siempre tan predispuesto a la liviandad. Esta alegría autoimpuesta y unánime, esta felicidad obligada, acaba incluso con el sentido del humor, porque el más elevado humor se debe siempre a su hermana sombría, la amargura. Y quien haga mofa de la felicidad, será considerado un aguafiestas, un indeseable. La felicidad no se objeta, ni admite disidencia.

 

Está bien que la gente defienda su derecho a la felicidad a todo trance, aun en medio de circunstancias por lo general irremediables o que en mucho sobrepasan las buenas intenciones del individuo. Está bien que haya espacio siempre a la celebración de la vida, que siempre es de talante contento. Y al escribir esto se recuerdan las conmovedoras fotos que en plena Guerra Civil Española, Robert Capa obturara sobre los milicianos distendidos, empuñando no el arma sino la bota de vino que se derrama sobre los labios sonrientes del que al día siguiente volverá a la batalla, quien sabe si para siempre.

 

Otra cosa es el empeño en negar las tristezas que nos embargan. Tan terco es el venezolano en considerarse pleno y complacido que no en balde ciertas mediciones estadísticas ubican al país ¡como el más feliz del mundo!

 

El paraíso a cuestas

 

Para el pensador y novelista francés Pascal Bruckner la felicidad se ha convertido en nuestros días en un malentendido originado en la sociedad de consumo, la cultura del espectáculo, en fin, muy especialmente en la omnipresente publicidad.

 

No es la noción clásica de felicidad, la “eudaimonia” de los griegos,  que se traduce como plenitud de ser, el aristotélico ejercicio de las virtudes, sino de lo que Bruckner llama “la penitencia invisible”, como si el instinto de la desdicha haya encontrado el mejor pretexto en la dicha.

 

Escribe Bruckner en La euforia perpetua. Sobre el deber de ser feliz (Tusquets, 2001, 2002): “El proyecto de ser feliz tropieza con tres paradojas. Se refiere a un objeto tan indistinto que, a fuerza de imprecisión, se vuelve intimidatorio. Desemboca en el aburrimiento o en la apatía en cuanto se realiza (en este sentido, la felicidad ideal sería una felicidad siempre saciada y siempre hambrienta que evitase la doble trampa de la frustración y la saciedad). Y, finalmente, huye del sufrimiento hasta el punto de encontrarse desarmada frente a él en cuanto este resurge (...) En el primer caso, la abstracción misma de la felicidad explica su capacidad de seducción y la angustia que genera. No solamente desconfiamos de los paraísos prefabricados, sino que nunca estamos seguros de ser felices”.

 

Es así como las sociedades contemporáneas, ya sean capitalistas o no, convierten la búsqueda del paraíso en un pesado deber, un verdadero calvario. El cristianismo se libera del asunto al postergarlo hasta otra vida. La utopía socialista convierte la felicidad en una subyugación permanente. Y así.

 

Quien se sienta incómodamente interpelado al leer las páginas de Bruckner cuenta con el consuelo de ser legión (mal de muchos, consuelo de tontos). Nadie, sin embargo, incluso el mismo autor, puede sentirse librado de las exigentísimas demandas del concepto moderno de felicidad.

 

Experto en alborotar mitos unánimes, Bruckner ha recibido por este libro no pocas inficionadas saetas, pero también ha sido un éxito de crítica y las reediciones se suceden una tras otra.

 

El interés que suscita la lectura de La euforia perpetua tal vez se explique en la necesidad del individuo a inmunizarse un poco, al menos con argumentos, ante la avalancha de engañosos modelos de felicidad provenientes de la industria del espectáculo, la publicidad y la propaganda política.

 

No obstante, hacia el final de su largo ensayo, Pascal Bruckner matiza sus advertencias sobre la falsa noción de felicidad: “Si bien tenemos que curarnos de la voluntad de curarlo todo, de liberar al hombre de su fragilidad, es absurdo exigirle que se entregue al Minotauro del sufrimiento y que se resigne a sus limitaciones sólo porque la especie humana no es un material indefinidamente maleable”.







Etiquetas:   Comunicación

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