Un experimento deslumbrante

Tal vez sea cierto eso de que la filosofía parece ocuparse de la verdad pero que, sin embargo, no relata más que fantasía, y que la literatura, que parece dedicarse a la fantasía, quizás sea la que nos hable de la verdad. A estas alturas del partido, de lo   señalado por hombres como Kant y de la marcha de la civilización en general, muy pocos dudarán ya de lo que sostiene, por ejemplo,  aquel poema de Campoamor cuando nos dice que este es un mundo traidor, que nada es verdad o mentira y que todo depende del color del cristal con que se mira. Efectivamente, la impronta que tienen las cosas en nuestros sentidos tal vez sea la misma en todos nosotros, pero cuando nos atrevemos a elaborar enunciados sobre ellas, irremediablemente cada uno de nosotros lo hace con las categorías valorativas y los esquemas conceptuales de que disponemos;  de ahí las discrepancias y las luchas entre nosotros, las diferentes posiciones, en suma, que tienen lugar en campos como los de la política y de la ética (un católico practicante, por ejemplo, no se referirá al aborto de igual forma a como lo hará una feminista).

 

. A estas alturas del partido, de lo   señalado por hombres como Kant y de la marcha de la civilización en general, muy pocos dudarán ya de lo que sostiene, por ejemplo,  aquel poema de Campoamor cuando nos dice que este es un mundo traidor, que nada es verdad o mentira y que todo depende del color del cristal con que se mira. Efectivamente, la impronta que tienen las cosas en nuestros sentidos tal vez sea la misma en todos nosotros, pero cuando nos atrevemos a elaborar enunciados sobre ellas, irremediablemente cada uno de nosotros lo hace con las categorías valorativas y los esquemas conceptuales de que disponemos;  de ahí las discrepancias y las luchas entre nosotros, las diferentes posiciones, en suma, que tienen lugar en campos como los de la política y de la ética (un católico practicante, por ejemplo, no se referirá al aborto de igual forma a como lo hará una feminista).
Por supuesto que a nada de esto escapa tampoco el proceso político que hoy vivimos en Venezuela. Cuando Europa empezaba a descubrir el poder de la imprenta y de las ideas renacentistas; cuando se sacudía de esa especie de maraña teocrática que constituían las ideas predominantes del  Medioevo ( entre las que destacaba un marcado desprecio por nuestro cuerpo y las cosas mundanas)  el descubrimiento de América, o los viajes de Colón y Vespucio, produjeron una especie de fenómeno literario  que de alguna manera traducía el optimismo que  embargaba en ese momento a los europeos, la producción de unas narraciones que hablaban de un mundo mucho mejor que el que se conocía hasta ese momento, donde reinaba la igualdad y ,a semejanza de lo que había dejado dicho Platón en su República , no existía la propiedad privada, causante de todos los males (Utopía, de Tomás Moro, La ciudad del sol, de T. Campanella, etc. ), y que ,como era de esperarse, se situaban en el Nuevo Mundo recién descubierto, como La Nueva Atlántida  de Francis Bacon.

A partir de ese momento, América ha sido siempre un continente que ha despertado más de una vez el principio de la esperanza, como diría Bloch, y ha movido a más de uno a creer que es allí donde se construirá la sociedad del futuro. No nos estamos refiriendo sólo al muy conocido caso de la revolución cubana y a su “hombre nuevo”, sino a varios experimentos que vendrían después siguiendo la idea de los famosos falansterios de Fourier, como la colonia socialista Cecilia, fundada por el italiano Giovanni Rossi, que logró que en 1876 el emperador Brasileño Pedro II le donara un terreno en el estado de Paraná para albergar a sus trescientos seguidores que lo acompañarían en su novísima experiencia del amor libre, o a la colonia Nueva Valencia, fundada en 1912 en la provincia argentina de Corrientes por el escritor y político español Vicente Blasco Ibáñez, o a los experimentos anarquistas de Moisés Bertoni en Paraguay, en 1891, y hasta , incluso, a los sucesos de Canudos (1890-1897), que fueron la fuente de inspiración de la novela de Vargas Llosa La guerra del fin del mundo.

Hoy, como ayer, lo que sucede en nuestras tierras no deja de despertar también de alguna manera admiración. Así nos enteramos que ya no poseeremos únicamente el nombre de Miranda en el Arco de Triunfo francés o la estatua de Bolívar en las inmediaciones de Central Park de New York, sino que el pueblo de Marinaleda, en Sevilla, y por iniciativa de su alcalde socialista Sánchez Gordillo, construirá un barrio con el nombre de nuestro presidente, pues según éste ha dicho, con ello quiere “reconocer lo que se está haciendo en Venezuela”.

Tal vez no estemos ante el lugar común de que lo que los europeos quieren para otros pueblos no se atrevan a llevarlo a cabo en sus tierras, pues aparentemente y por lo que recoge la red este alcalde con sus medidas efectistas no se distingue precisamente por su moderación, pero mucho me temo que este personaje también pasará a la historia como otro de los tantos que se han deslumbrado por los constantes experimentos que han fracasado en este lado del Atlántico.

UNETE



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