Belén Esteban y el tal Kiko Rivera transitan por la vida con similar paralelismo de proyección. Carecen de estudios y de formación profesional. De careto son igual de horribles. Se expresan con vulgaridad desbocada. Afrontan la vida con desparpajo y teatralidad. Son expertos del drama. Interpretan parodias mediáticas con destreza y maestría. Ambos tienen en común la herencia de unos apellidos como lanzaderas de su fama. Belén ha sabido explotar su estatus morboso atizando estopa sin tegua a su ex Jesulín de Ubrique. Sin esta fracasada unión y sin el torero apellido, la Esteban sería nada. Kiko bebe en similar manantial. Si este insulso personajillo, menguado de genio y de figura, no llevaría el apellido pantojero que explota, sería igualmente humo negro de la nada.



