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Programas y palabras


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06/06/2012

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PROGRAMAS Y PALABRAS






Vicente Adelantado Soriano





Fuerte cosa es que la maldita política, que todo lo invade (menos mi pluma), nos vaya empobreciendo continuamente el Diccionario, o, como decía el médico Bartolo, secuestrando la facultad de hablar. Si no fuera por ello, no hubiera salido la voz programa de sus modestos límites de simple anuncio, o, según define el Diccionario de la Academia, “el tema que se da para un discurso o cuadro”.

Ramón de Mesonero Romanos, El martes de carnaval y el miércoles de ceniza.





Si nos atenemos a la etimología de la palabra programa, esta significa la orden del día, o aquello que hay que hacer antes de escribir, o de dar órdenes por escrito. Echar mano de las etimologías no es una manía nuestra, es más bien un deseo de claridad en este mundo donde, cada vez con más frecuencia, se utilizan muchas palabras con el único significado de demostrar, quien las utiliza, cuánto sabe y qué poco ha estudiado. Raro es el artículo periodístico, por ejemplo, donde no aparezca alguna inútil palabra en inglés o en árabe. Por supuesto, respetando la gramática inglesa o árabe, que para eso están; la española o castellana, como es cosa nuestra, contra más la vapuleemos, mejor. Tampoco se entiende, desde luego, que la Real Academia, en su intento por contentar a todos, que esto debe significar la palabra democracia, haya dado por buena la acepción “talibán” en plural. Y así periódico hay que se precia de escribir “los talibán”. Y uno, que no sabe árabe, se pregunta, ingenuamente, por qué no se puede decir, igualmente, “los diván” y “los cruasán” y “los tafetán”, y demás maravillas terminadas en án. Por supuesto, ya está más que prohibido por el uso decir o escribir “aspecto”, “peinado” o “maquillaje”. Así si vemos a una mujer, hombre u homosexual, que se peina de una forma distinta a como lo hacía habitualmente, hay que decirle que ha cambiado de “look”, que queda más fino. Igualmente no se debe decir la mañana siguiente, o pastilla del día siguiente. Hay que decir la mañana después, o la pastilla del día después. Queda de película, donde los doblajes son de pena. Se notan los recortes y la permisividad en educación, y las lenguas mal asimiladas. Una pena que don Miguel de Cervantes no escribiera en inglés: nos hubiera ahorrado muchos problemas. Ahora bien, en ese caso, igual a los periodistas les daba por escribir el castellano correctamente.

Las palabras, como todo, se gastan con el uso. Se utilizan, muchas veces, sin saber lo que significan exactamente, o se desplaza su significado. Y así la palabra programa puede significar, lo que vamos a hacer a lo largo del día, las películas que proyectan en los cines de un centro comercial o, más comúnmente, lo que un partido político se propone hacer cuando llegue al ansiado y deseado poder. Se puede entender, en esta última acepción, que esto de los programas es inherente a la democracia, una forma de tiranía como otra cualquiera.

Dado el democrático uso y abuso que se ha hecho prometiendo imposibles en los programas, al final parece que programa pasa a designar todo aquello que no se va a llevar a cabo, pero con lo cual se trata de engañar a los ingenuos, que siempre los hay, para llevarlos ante las urnas a votar lo que jamás van a ver. Sí, es cuestión de fe. El programa, en manos o bocas de los políticos, también se convierte en un socorrido cuento para adultos con sus princesas, ogros, dragones; y, por supuesto, con su príncipe azul, que es el candidato. Este nos va a salvar de todos los males que, no podía dejar de suceder, fueron creados, traídos y mantenidos, por el gobierno anterior que no sabía de la misa la mitad.

Dice un refrán que una cosa es predicar y otra dar trigo. Y, efectivamente, cuando el Príncipe Azul ya tiene su brillante armadura, su aguerrido caballo, su afilada lanza y sus fieles mesnadas dispuestas para la batalla, se encuentra en la terrible situación de que no puede matar al dragón ni rescatar a la buena doncella que está durmiendo bajo su maléfico poder. Y entonces comienza eso tan bonito y manido de las matizaciones. Es esta otra de las palabras que ha cambiado de significado: de realzar levemente un color, o una ejecución musical, ha pasado a significar decir lo contrario de lo que antes se dijo. Por lo tanto en un programa se puede prometer el oro y el moro; y luego, llegado al poder, matizarlo todo. Es decir, que terminada la campaña electoral, todo vuelve a estar como estaba antes, pues unos y otros, enfrascados en sus programas y en sus matizaciones, ya no tienen sitio en sus lindas cabezas para albergar ideas que sirvan para gobernar a un país, como una buena ama de casa, de las de antes, no se ofenda nadie, gobernaba su casa: equilibrando gastos con ingresos, no permitiendo que ningún hijo derrochara, y llevándolos a todos limpios y aseaditos. Los hijos díscolos han hecho de todo, y han derrochado el patrimonio familiar. Pero a la mamá les hacía tanta gracia, eran tan monos. Y ellos traían tantos votos.

En esta casa se ha descuidado todo, no sólo la lengua. Se ha vivido para hacer campaña. La democracia, ya se sabe, es una tiranía como otra cualquiera; y se ha vivido para el programa. Un programa, por supuesto, venido de fuera, y dictado por los de fuera. Es curioso: en la Edad Media, el pobre Dios era el culpable de todo: de la enfermedad, de la muerte, de la peste, de las guerras, de las desgracias, de los triunfos y de los fracasos. En vano el Renacimiento colocó al hombre en el centro del universo. En vano dijo que era dueño de su destino, y que podía hacer lo que quisiera de su vida. El siglo actual lo ha desmentido. Ha llegado el siglo XXI, el Siglo de los Mercados, y ha vuelto a aparecer la palabra que todo lo explica: los Mercados. Ahora los Mercados están nerviosos, y lanzan mandamientos, y ordenan, ni a Dios se le hubiera ocurrido, que cuanto más enfermo está uno, más pague; que se atrase la edad de la jubilación del trabajador medio, no de los políticos ni de los programadores; y que se acabe con todas las ventajas que los pobre proletarios, llamados así porque los tendrán que alimentar sus proles, habían logrado a lo largo de varios siglos de lucha y muerte. Sí, todo en esta vida tiene su fin y acabamiento. Todo verdor perecerá.

No es de extrañar, tampoco, que los políticos tengan esa inquina contra la educación, contra un sistema que, desde luego, tiene infinidad de fallos, y que no son los que ellos corrigen. De todas formas, da lo mismo. Al fin y al cabo lo mismo da ser abogado, licenciado o doctor que médico o no ser nada: todos van a terminar sin tener trabajo, y para seguir los mandatos de los Mercados no hacen falta quemarse las cejas estudiando. Ni para ser político. Para esto menos que nada. Tampoco Moisés tenía ni el graduado escolar. Cierto es, no obstante, que separó las aguas del Mar Rojo para que su pueblo pasara a pie enjuto. Nosotros, al contrario que sus seguidores, los Mercados lo quieren, moriremos ahogados por esta marejada de ineptos, sastrecillos valientes, y programas hechos en papel satinado, y matizados después a golpe de rotulador o de tijera. Una forma como otra cualquiera de pasar el rato y de divertirse, aunque muy aburrida, desde luego.









Etiquetas:   Etimología   ·   Programa de Gobierno

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