Tal vez si después de las protestas surgidas por la visita del candidato
presidencial, Enrique Peña Nieto a la universidad Iberoamericana, la respuesta
de los dirigentes del Partido Revolucionario Institucional, Pedro Joaquín
Coldwell y del Verde Ecologista, Arturo Escobar respectivamente, en contra de
los estudiantes, hubieran sido más moderadas, el asunto como tal hubiera
terminado ahí.
En el transcurso de todo proceso electoral, estas muestras de participación
deben considerarse normales, independientemente de su número, fuerza y
contenido, son episodios que forman parte del escenario democrático.
El error de cálculo, fue lo que provoco la inteligente respuesta de los
alumnos que participaron de esta manifestación y en consecuencia, fomento la
simpatía de muchos otros de diversas universidades, que terminaron por sumarse.
Porque por principio de cuentas la expresión de los jóvenes universitarios,
más allá de rechazar una postura política, se circunscribe en contra de la
descalificación, la manipulación informativa y el autoritarismo.
De tal suerte que tanto la réplica de ambos dirigentes partidistas y el
manejo tergiversado de los medios de comunicación en relación al evento,
señaladas ambas precisamente en contra del argumento motivo de la queja, alentó
las manifestaciones consecuentes.
El nacimiento del movimiento “yo soy 132” no surge de una planificación,
sino como respuesta a la imposición dogmatica, no era en principio una
estrategia electoral, lo es ahora e influye en el proceso porque de él se
derivan una serie de percepciones, que si trascienden a la expresión
estudiantil.
Considerado como el parte aguas de la campaña presidencial, el movimiento
creció a tal magnitud que ahora involucra no solo a estudiantes, se propagó a
diversos segmentos sociales que se identifican con su postulado principal.
La fuerza del movimiento radica primero en su carácter ciudadano, en
representar la voz de una enorme cantidad de expresiones que no encuentran
cabida en otras estructuras, para reclamar principalmente eso, ser escuchadas.
Naturalmente después de su exitosa irrupción, sus integrantes han decidido
formalizar su existencia mediante una organización funcional, que consiste en
la realización de asambleas por universidad participante, para construir una
agenda común.
Si bien es cierto que hoy la prioridad se fundamenta en su participación en
el proceso electoral, el movimiento apunta a sobrevivir a la elección, para
convertirse en un mecanismo de expresión permanente.
En estas condiciones es imposible predecir cual vaya a ser su duración, la
fuerza que pueda cobrar posteriormente y sobre todo en lo que podrá
transformarse, sin embargo por lo menos hasta ahora, esto que muchos han
llamado ya “la primavera mexicana” ha contribuido mucho.
Por lo menos modifico la ruta del proceso electoral para ponderar la
importancia de la participación social, significo el despertar de una sociedad
aletargada que si acaso se conformaba en rechazar mediante la crítica
individual.
Logro acaparar la atención de la clase política, normalmente ajena a la
opinión social, pero sobre todo consiguió que los medios de comunicación
cambiaran su postura informativa respecto de la campaña y los candidatos
presidenciales.
Naturalmente ahora lo que parece más importante para muchos opinadores es
descifrar a que fuerza política le será más útil el movimiento, bajo la
perspectiva de poder utilizar esta coyuntura como un pronóstico, porque sin
lugar a dudas está cobrando una gran influencia electoral, aun y cuando este no
sea su objetivo.
Mas allá de la utilidad política o de quien pueda verse favorecido con
ella, lo importante es el concepto como antecedente de una nueva forma de
expresión social.
Como lo apunto desde 1977, mucho antes de la aparición de las redes
sociales, el destacado sociólogo italiano Alberto Melucci: Los que se
rebelan primero no son los grupos más oprimidos y disgregados, sino los que
experimentan una contradicción intolerable entre su identidad colectiva
existente y las nuevas relaciones sociales impuestas por el cambio. Ellos
pueden movilizarse más fácil porque pueden utilizar redes de comunicación ya
existentes para hacer circular nuevos mensajes y consignas y porque pueden
reconocer más fácilmente intereses comunes.
Visto así, lo que el movimiento “yo soy 132” busca es una reivindicación de
la libre determinación social, una exigencia de respeto, ante el repudio
manifiesto a la manipulación de la clase política y los medios informativos a
su servicio.
A pesar de que quienes quieren minimizar su presencia e importancia,
algunos por intereses y otros por incredulidad, lo descalifican por
descontado, esta corriente ha detonado irreversiblemente un
sentimiento de participación colectiva, que independientemente de sus formas y
contenido, será en adelante un mecanismo recurrente para la expresión
comunitaria.
Lo interesante y por demás rescatable, es que esta postura tan madura
provenga de los jóvenes, como eco de una aspiración que transito en el ánimo de
varias generaciones que no pudieron cristalizarla, eso es por sí solo, ya un
triunfo de este movimiento.