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Cigarros Parlamentarios


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31/05/2012

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Dice el Eclesiastés: “Lo que fue, eso mismo es lo que será, y lo que se hizo, eso mismo es lo que se hará; no hay nada nuevo bajo el sol.”[1]Pocas afirmaciones hay tan claras, contundentes, y, por desgracia, tan ciertas. A veces parece que la novedad debería llamarse más bien recuerdo de un olvido. La memoria, sabido es, es selectiva. Por eso mismo una persona, a lo largo de su vida, recordará aquello que es importante para ella, los grandes acontecimientos, por ejemplo, olvidando los que, aparentemente, no tienen ningún valor, o tienen un valor relativo y momentáneo. Pero puede suceder, sin embargo, que cualquier cosa, un nimio suceso, nos retrotraiga sucesos olvidados que, en su momento, no significaron nada. Pues bien, parece que hasta esos mínimos hechos son repetitivos, cíclicos, y, por supuesto, como dice el Eclesiastés, nada nuevos.

Sin buscarle ahora los progenitores al descrédito actual, ya es casi un tópico reconocer el poco interés, y la poca altura ideológica y moral, de los políticos de hoy en día: los programas y las ideas han quedado sustituidas, en sus intervenciones, por el insulto, la descalificación, la banalidad, el enfrentamiento, la sal gruesa y una fiera batalla, en la que todo vale, por alcanzar el poder. Si no tienen ideas, como parece, se pregunta uno, ingenuamente, para qué quieren los políticos estar instalados en el poder. Las respuestas se pueden reducir a una vulgar: “más cornadas da el hambre”, o a una más literaria, a una cita del Canciller López de Ayala cuando habló, allá por el siglo XIV, del Cisma de Occidente en su nada leído libro Rimado de palacio. Hablando del papa, y de la división de la Iglesia, y de respectivas ambiciones, dice en la copla 197:

 

Agora el papadgo es puesto en riqueza;

de lo tomar qualquiera, non le toma pereza;

maguer sean viejos, nunca sienten flaqueza;

ca nunca vieron papa que muriese en pobreza.[2]





Recapacitando un poco, resulta que tampoco nosotros hemos visto nunca a ningún ex ministro o amigos, ex parlamentario o amigos, o ex político o amigos, por englobarlos a todos, en la cola del paro. Es posible, por lo tanto, que huir de la pobreza, o del paro, esté en el origen de más de una vocación política.

Sin ideas, y no siendo muy correcto ni ortodoxo decir aquello de “yo estoy aquí para forrarme”, o “estoy aquí para no pasar hambre”, el discurso se tiene que orientar hacia otros derroteros. Y el mejor y más eficaz, así se matan dos pájaros de un tiro, es descalificar al contrario, al oponente. Y para ello, como pone de manifiesto la actualidad, sirve cualquier cosa. No vale la pena hablar de tan pobre situación. Hay otros asuntos tan poco interesantes como este, pero más peregrinos.

No hace mucho, y los medios de comunicación se distrajeron con ello, pudimos saber que el presidente de Cantabria dejaba su puro, el que se estaba fumando, en el alfeizar de una ventana, para recuperarlo una vez hubiera salido de la Consejería, las Cortes o lo que fuere. Otro político, muy pulido él, se distraía tirando esos puros a los ceniceros y tratando al otro político de poco educado y mirado. Aunque parezca mentira, semejante cosa ocupó los telediarios durante unos minutos.

Pues bien, don Benito Pérez Galdós, en sus Episodios nacionales, ya cuenta que don Juan de Urríes y Ponce de León iba al Congreso a escribir cartas. Es lo de menos, pero sí que nos atañe lo que hace con su cigarro puro:

Viéraisle una tarde abandonar el escritorio y acudir al Salón, dejar el cigarro en el pedestal de la estatua de Isabel la Católica, colocada en un rincón de la derecha…”[3]

No es una casualidad, o algo que se le haya ocurrido a don Benito en ese momento, pues insiste en ello en la página siguiente:

“Puesto el cigarro con cierta reverencia en el pedestal de la Católica Isabel para que ésta se lo custodiase, subió al escaño…”[4]

Efectivamente, y como dice el Eclesiastés, no hay nada nuevo bajo el sol. Quizás la única novedad resida en que en el siglo XIX no apareció ningún político pulido que llamó la atención de de don Juan de Urríes y Ponce de León por dejar el cigarro en el pedestal de Isabel la Católica. Hoy hacer eso, ante tamaña reina, hubiera supuesto que alguien le pidiera la dimisión con carácter irrevocable, aquí, donde no dimite nadie, en medio de una bronca parlamentaria. Y sí, también es verdad: cuando no hay ideas ni proyectos que discutir nos entretenemos con estas lindezas y banalidades como si ello, y el fútbol, fuera lo más importante de nuestras vidas. Algún día, no perdamos la esperanza, se hablará de la crisis y de cómo salir de ella, del paro y del sistema educativo, entre otras cosas. Esperemos, como dijo Cánovas:

Esperamos, y esperando hacemos la historia de España”.[5] Y para ella, como sabemos, no pasan los años. Ni los siglos.

 

[1]    Eclesiastés, 1, 10



[2]    Pero López de Ayala,  Rimado de palacio. Edición de Germán Orduña. Madrid, 1987, Clásicos Castalia., p. 157



[3]    Benito Pérez Galdós, España sin rey, capítulo XIV



[4]    Ibídem.



[5]    Ibídem, cap. XVIII









Etiquetas:   Corrupción   ·   Política

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