Las circunstancias económicas, no dependiendo de nuestras propias eficacias de gestión, están abocadas a un derrumbe sistemático y radical que puede dar al traste con la identidad española para alegría de sus enemigos que no son los de fuera. Sistemático porque no parece tener fin este totum revolutum de insalvables exigencias que nos acercan paulatinamente a la precipitación de nuestra identidad como país, más allá de de ser miembros de una estructura europea que nos asfixia de continuo; radical porque esto no tiene nada que ver con el otrora cumplimiento del Tratado de Mastrich del que salió reforzada España gracias a las excelencias de negociación, posicionando a los españoles como exigentes socios que no solo cumplian los deberes sino que también invitaba a cumplirlos a los demás. Ello nos pudo crear enemistades afuera, pero lo peor estaba en ese paripé del trabajo conjunto de España en treinta años que solo se dejaba crecer para futuros saqueos.




