Exabrupto



Todos los amigos se burlaban de él cada vez que se reunían. “Eres un flojo”, le decían; cuando no (des) entonaban en coro la famosa canción de Ñico Saquito: “…María Cristina me quiere gobernar, y yo le sigo le sigo la corriente, porque no quiero que diga la gente, que María Cristina me quiere gobernar…”

 

Claro que su mujer no se llama María Cristina; qué podría importarle entonces la tonada. Pero, por si acaso, mandaba a callar a todos con un ademán suplicante de sus brazos. Nada más. Ni un grito, ni una comprensible obscenidad, ni siquiera un entrecejo fruncido; solo la media sonrisa con la que pretende restar importancia a las jaranas.

No permanecía mucho tiempo entre sus amigos, quienes lo despedían con maldiciones cada vez que dejaba un partido de dominó a la mitad porque “tenía que regresar a la casa”. “Apúrate no vaya ser que te den nalgadas”, le gritaban entre risas estridentes sus cofrades, mientras Él respondía en silencio con una mano alzada sobre la cabeza (¿salutación o rendición?).

Al llegar a casa siempre encontraba a su mujer de mal humor, parada detrás de la puerta en actitud recriminatoria. “Eres un flojo”, le espetaba como saludo no más atravesaba el umbral (Él se preguntaba si no sería verdad, ya que tantos se lo decían). Luego la inevitable perorata de lugares comunes: “te pasas el día con tus amigotes…bueno para nada…desagradecido…hijo de la gran p…qué poca cosa que eres…”

Un día no pudo más y, en medio de los improperios de su cónyuge, lanzó un grito que enmudeció al barrio. Ella lo miró con ojos asombrados y la boca muy abierta, a mitad de una frase que perdió la oportunidad de ser dicha.

Él quedó un segundo en silencio, como si el “¡Cállate!” hubiera nacido de otra garganta distinta a la suya. Al ver el efecto que su orden tuvo en Ella, cobró nuevos bríos y se lanzó en una irrefrenable catarsis.

A cada palabra sus piernas temblaban, como movidas por vientos huracanados; la voz se le desgarraba en un mar de venas hinchadas y las orejas hervían de sangre. Pero no podía parar. Los reclamos le cosquilleaban por los brazos, por el abdomen, por las gotas de sudor que le empapaban la camisa, antes de salir disparadas de la boca con una locuacidad desacostumbrada.

Cuando sintió que las fuerzas no le sostendrían mucho tiempo en pie, giró sobre su eje vertical y salió de la casa como una tromba, dando un portazo que dejó un eco de crujidos en la madera.

La casa se sumió en un silencio sepulcral. Ella quedó inmóvil en el medio de la sala, todavía con la boca abierta y un ligero tic de incredulidad en la ceja derecha. Miraba con ojos ciegos la puerta astillada por la que desapareció su marido.

Así estuvo durante unos segundos, hasta que un pequeño trozo de papel (cortado como al azar) se filtró por debajo de la puerta y la sacó de su sopor.

Lentamente lo recogió del suelo y leyó lo que estaba escrito:

Mi amor:

Disculpa mi pequeño exabrupto. Cuando regrese arreglo la puerta. Paso a buscar el pan y la leche y en unos minutos estoy en casa.

Te amo, Yo