Entre el sueño y el festejo



 

Cuando el sueño me venció, faltaban quince minutos para la 1:00 am. A 438 km de mi casa, sin embargo, toda una provincia permanecía en vela, atenta al desenlace de un partido crucial.

La tensión en los rostros crecía por segundo. Algunos entrecruzaban sus manos y movían los labios en muda oración. Otros permanecían en poses extrañas, como hipnotizados por los uniformes que en el terreno definían la final de la pelota cubana.

Sobre la 1:04 am el estadio estalló al unísono del golpe seco que impulsó la pelota hacia terreno de nadie. Cuando el corredor anotó la carrera definitiva ya el público había tomado por asalto el campo de juego.

Mientras todo esto tenía lugar yo dormía, como otros tantos millones de cubanos. Una ciudad, en cambio, trastocó horarios y extendió sus festejos toda la madrugada. Hoy, cansados pero felices, de seguro seguirán la fiesta.