México aniquilado

El crimen que aniquiló el alma del poeta Javier Sicilia nos ha devastado a todos. Estoy segura de no equivocarme al afirmar que a nadie ha dejado indiferente este horrendo multihomicidio. El alma de México entero se halla literalmente aniquilada. Estamos consternados, furiosos, espantados, dolidos, hartos de esta guerra sin sentido. Tal parece que ya hasta el agua que bebemos sabe a sangre.Juan Sicilia fue uno más de los miles de jóvenes, niños, mujeres y hombres inmolados sobre la piedra sacrificial del desatino genocida de Felipe Calderón. Pero Juanelo (como lo llama su padre en el último poema que le dedica, verso postrero de su canto mutilado) no parece estar dispuesto a partir del todo sin antes poner fin a esta pesadilla inenarrable que vive México: su nombre resuena en todas las bocas, la última visión de sus ojos empaña nuestras miradas, su doloroso estertor nos desgarra las entrañas, sus gritos de terror han logrado convocarnos en una sola voz. Juanelo parece haber sido el elegido para exigir justicia en nombre de miles de muertos anónimos, para sacudir la conciencia de los que aún quedamos vivos, para cimbrar la apatía social que nos corroe e invalida. 

 

. Estoy segura de no equivocarme al afirmar que a nadie ha dejado indiferente este horrendo multihomicidio. El alma de México entero se halla literalmente aniquilada. Estamos consternados, furiosos, espantados, dolidos, hartos de esta guerra sin sentido. Tal parece que ya hasta el agua que bebemos sabe a sangre.Juan Sicilia fue uno más de los miles de jóvenes, niños, mujeres y hombres inmolados sobre la piedra sacrificial del desatino genocida de Felipe Calderón. Pero Juanelo (como lo llama su padre en el último poema que le dedica, verso postrero de su canto mutilado) no parece estar dispuesto a partir del todo sin antes poner fin a esta pesadilla inenarrable que vive México: su nombre resuena en todas las bocas, la última visión de sus ojos empaña nuestras miradas, su doloroso estertor nos desgarra las entrañas, sus gritos de terror han logrado convocarnos en una sola voz. Juanelo parece haber sido el elegido para exigir justicia en nombre de miles de muertos anónimos, para sacudir la conciencia de los que aún quedamos vivos, para cimbrar la apatía social que nos corroe e invalida. 
  La muerte nos duele más cuanto más cerca pasa. Una de mis grandes amigas perdió a su hija, de la misma edad que Juanelo y en parecidas circunstancias, hace pocos meses. Era una muchacha sana, buena, alegre, con una luz impresionante en su mirada. Su cuerpo tenía más balazos que años. Pero Irene y Juanelo no son casos aislados: la cifra de vidas segadas violentamente a lo largo de este tétrico sexenio ronda ya las 40 mil, sobra decirlo.Hace mucho tiempo que debimos gritar ¡basta! Quienes amamos a México y consideramos que cada uno de los ciudadanos de este país son nuestros hermanos, hace mucho tiempo que debimos plantarnos en las calles para exigir el fin de esta pesadilla, pero el horror mantenía ocluidas nuestras gargantas. Ahora llegó, por fin, la hora de decirlo claro y alto. Ya no podemos, ya no queremos esperar más. 

Un orate autoinvestido de presidente no tiene el derecho de sumir a un país entero en la desesperación. Al pueblo de México jamás se le pidió opinión para empezar esta guerra absurda y, por si el señor Presidente no lo sabe, éste es un país democrático en el que debe primar la voluntad popular por sobre la soberbia de un mequetrefe con ínfulas de grandeza. Lo decimos con todas sus letras: Felipe Calderón Hinojosa es el responsable de todas estas muertes y debería ser juzgado por ello. Felipe Calderón ha propiciado una masacre que nos viste a todos de luto. Ya no queremos que continúe esta guerra que devasta nuestras almas, que tiñe de rojo nuestro territorio de Norte a Sur. Ya no podemos soportar más dolor en nuestra gente. 

Que el señor Presidente haga el favor de retirarse de un cargo para el que no fue elegido por la mayoría y deje paso, de una vez por todas, a otras mentes menos torcidas y otras manos más hábiles para manejar un país que dejará maltrecho y temeroso. Váyase, por favor, señor Presidente. No queremos que siga sembrando tumbas en nuestra tierra, que debería producir alimento asaz en lugar de cruces. Váyase ya, por favor, y no vuelva nunca, nunca... Y ojalá que la conciencia lo deje dormir tranquilo en lo sucesivo, aunque, discúlpeme que se lo diga, lo dudo mucho...

UNETE



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