El mundo hasta principios del siglo XVIII vivió bajo continuas hambrunas. Era habitual que cada 10 o 15 años un tercio de la población muriera por no tener nada que comer. Los niños eran abandonados porque casi no había leche. La fertilidad de las tierras estaba agotada. Londres, Paris, Madrid, Viena, y otras grandes capitales de Europa veían acumularse los cadáveres insepultos; mientras la población comía la corteza de los árboles, ratas, caballos, perros y hasta los mismos cadáveres. Un libro muy esclarecedor sobre esta realidad es “El hambre en la historia” de Parmelee Prentice.-



