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Resiliencia e imaginario


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22/05/2012

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Sobre el fin o la continuidad de la evolución humana se buscan las diferencias entre los mecanismos de la evolución biológica y los de la evolución cultural. Las complejas exigencias sociales no están codificadas en los genes y nuestra especie ha evolucionado por medios sociales y culturales. La evolución biológica si no ha terminado está cercana a su fin. Las variaciones genéticas se suceden a causa de la reproducción sexual o por motivaciones genéticas ocasionales. Sin embargo la repetición de este u otros procesos es posible permitan un cambio evolutivo a muy pequeña escala. La importancia de recombinaciones de ADN es ínfima frente a las costumbres sociales y culturales.


Qué de nuestra especie homínida evoluciones otras especies es altamente improbable a no ser que se produzca una intervención genética. Una nueva especie evoluciona de una población en estado de aislamiento y, por consiguiente, aislada de la especie madre. Tendrían que pasar en esa situación muchas generaciones y apareciese una población nueva que no pudiera cruzarse con la especie madre y reunirse en una sola especie. Supongamos una colonia humana en un lejano planeta: a lo sumo tendríamos una divergencia biológica evolutiva con infinitas dificultades que esa herencia tuviesen una influencia determinante en generaciones sucesivas. Las modificaciones vendrían en el plano sociocultural. Nuestra especie ha terminado de evolucionar, es la conclusión posible, y para continuar va a recurrir a la manipulación genética.

Dentro de este campo de posibilidades los llamados cibernéticos humanistas, como Joseph Weizenbaun (Ethics of artificial intelligence,The threat to human dignity) , llaman a evitar la aplicación indiscriminada de computadores a lo humano manteniendo un concepto claro de lo que lo es propiamente TAL manteniéndolas fuera de áreas inapropiadas. Difícil determinar lo que resultaría inapropiado, pero citan ejemplos como la adaptación de una computadora al cerebro o al sistema visual y, en términos generales, aquella que pueda producir efectos irreversibles y que no responda a una necesidad humana que no pueda ser satisfecha por otros medios.

En el campo de la inteligencia artificial (IA) se pregunta si las máquinas podrían llegar a tener una filosofía propia o capacidad plena de discernimiento. Las conclusiones hasta ahora son negativas: no es posible crear conciencia como la humana en una máquina, pero nadie puede asegurar no sean factibles unas con una inteligencia similar o superior. Ya existen los sistemas expertos, como vimos, los de razonamiento automático capaces de autoreprogramarse, los robots que realizan tareas mecánicas, las de procesamiento de lenguaje natural y los de visión por computadora.

Michel Serres en Regreso al Contrato Natural comienza por asegurar que los hombres somos como somos por haber aprendido que íbamos a morir. Las civilizaciones, entonces, salieron de la pena humana por la muerte y las debilidades, aunque estas también mueren. La posibilidad que se asomó –nos recuerda- sucedió a mediados del siglo XX: la muerte de la humanidad, una que puede sobrevenir por un acontecimiento natural o no o como consecuencia de nuestras propias acciones de deterioro del planeta.

Ahora actuamos sobre el planeta entero, no sólo en la comunicación sino también el deterioro que le causamos. Definimos nuevas comunidades y globalizamos nuestras acciones. Hemos estado observando una visión funcional y pragmática encarnada en la biotecnología, la inteligencia artificial y en el desarrollo de máquinas inteligentes. A ella puede adherírsele una producción de conocimiento asociada a la comprensión que necesariamente pasa por la política con una observación sobre la sociedad futura, lo que hemos expresado en numerosas ocasiones con el nacimiento de una sociedad civil global, con inclusión ciudadana y nuevas formas de expresión participativa. Es evidente la necesidad de un metadiscurso para la inclusión de una ciudadanía responsable.

Los agentes sociales producen procesos de restructuración de sus relaciones y sus vínculos mediante la comunicación que es un auténtico cultivo de la vida. La injerencia de las tecnologías de información modifica los dispositivos y los registros y las modalidades de reconocimiento. Las relaciones tienen un aspecto técnico y uno de sentido, de manera que el hombre individualmente considerado se apropia de los recursos técnicos y también de los dispositivos simbólicos. En el campo de estos dominios el control de las significaciones es lo que denominamos cultura. Todas se articulan entre sí, cultura-naturaleza-tecnología-subjetividad-lo social, constituyendo los diferentes dominios de la realidad.

Ahora constituimos objetos ambiguos, a la vez reales y virtuales, lo que lleva al pensamiento científico analítico a querer ser autoreflexivo y autoobjetivante. Los procesos sociales deberán ser abordados como un cultivo de espacio dentro del cual los actores operan reflexivamente construyendo sentido y valores y, así sea, dominando los instrumentos materiales y simbólicos, llamémoslo el nuevo instrumento de creación del dominio en el cual deberán habitar, uno pleno de dispositivos técnicos.

Como nunca el hombre deberá buscar en este nuestro tiempo de penetrante cultura tecnológica que transforma la naturaleza, la sociedad, la biología, el cerebro y los imaginarios culturales. En otras palabras, el hombre deberá asegurarse el poder, especialmente del control sobre la realidad modificada, más allá que por la implementación tecnológica, por la seguridad simbólica. La palabra resiliencia se ha introducido como el prototipo de la reconstrucción, no sólo en lo necesario material para mantener la vida, sino también en lo social e imaginario. La realidad es más amplia de lo que vemos. Es necesario recrearla mediante el pensamiento de construcción de ciudadanía, de desarrollo sustentable, de resiliencia, dirigidas a la transformación de un mundo agotado y de otro que, desde la perspectica tecnológica, ofrece increíbles posibilidades, pero también amenazas.

Ya estamos en simbiosis con el entorno, ya es estrecha la interfaz entre biología y electrónica, ya se están modificando aceleradamente todas las relaciones. Frente a ello debemos ir a nuevos paradigmas y a nuevas formas de pensamiento. Es precisamente lo que nos dice Edgar Morin (El pensamiento complejo).

Es menester una toma de conciencia radical e ir a modificaciones en el modo de organización de nuestro saber. Los paradigmas que gobiernan nuestra visión de las cosas, entre los cuales el de la simplificación, deben ser sustituidos precisamente por un retorno que limpie las relaciones entre el conocimiento científico y el pensamiento filosófico que elimine la reducción de lo complejo a lo simple, como en el cado de lo biológico a lo físico o de lo humano a lo biológico que nos llevó a concluir que el corte operado sobre lo real era lo real mismo.

La mutación del conocimiento es obvia, lo que Morin llama “una masiva y prodigiosa ignorancia”, lo que obliga a liberarlo de especialistas ignaros y de doctrinas obtusas. Hay que mirar a la complejidad, a todo el tejido que constituye este mundo fenoménico, a la vida como un fenómeno de auto-eco-organización extraordinariamente complejo que produce la autonomía, a la búsqueda de la unidad múltiple. Como bien define Morin, se trata de buscar la unidad del hombre y la teoría de la más alta complejidad humana.



Etiquetas:   Evolución   ·   Sociedad   ·   Inteligencia Artificial

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