Cuando un metro marca la diferencia



El lanzador se prepara. A sus espaldas el corredor se despega de la almohadilla. La pizarra electrónica marca dos out en la novena entrada y su equipo gana por una carrera. El bateador en turno es el último escollo para lograr su decimoquinta victoria consecutiva. Lanza una bola rápida. El bateador hace swing y acto seguido abre los brazos ampliamente, en señal de despedida. La pelota, blanquísima, comienza su enorme viaje. Casi 60 mil gargantas la acompañan; muchos ya celebran el triunfo. El lanzador sigue con la vista la trayectoria infinita de la pelota. Sus ojos apenas marcan la diferencia entre los cientos de miles que se posan sobre la esfera que parece flotar sin caer. Pero cae entre el público y es…¡foul! Decreta el árbitro, quien no puede reprimir una sonrisa ante el coro de lamentos simultáneos que se desata en el estadio.

 


El lanzador siente una gruesa gota de sudor rodar por su espalda. El bateador regresa perplejo al cajón de bateo: aún no entiende cómo pudo escapársele la gloria por un metro de diferencia.

El pitcher se prepara nuevamente. Lanza. Nuevo swing. La pelota sale disparada hasta morir en el guante del jardinero derecho. Se acabó el juego.

El estadio enmudece (solo unas decenas de aficionados celebran en casa ajena). El lanzador se golpea el pecho con su puño cerrado en señal de triunfo. Sus coequiperos lo felicitan. Sin embargo, el susto de unos segundos atrás no se borra aún de sus rostros, la celebración no equivale a la importancia de la victoria.

Pensar que apenas un metro separa al éxito del fracaso.

 

Nota: Basado en el primer juego del Play off final de la pelota cubana entre Ciego de Ávila e Industriales