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“La Historia de México”, un sueño de Diego Rivera


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21/05/2012

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I. Introducción : En el marco del bicentenario de la Independencia de México, y de varios países de América Latina, surgió una buena oportunidad para retomar aspectos históricos y culturales y reevaluarlos a la luz de diversas teorías, posturas y disciplinas.


El psicoanálisis, tanto clásico como contemporáneo, ofrece una amplia gama de posibilidades para esta labor.

El presente trabajo consiste en la interpretación de la obra muralística “La Historia de México” de Diego Rivera, como si de escenas oníricas del pintor se trataran. Para ello se estudia, en primera instancia –como se realizaría en la labor analítica- la historia personal (biografía) del autor/soñante para posteriormente ir encontrando el significado latente detrás del material manifiesto, apoyando la interpretación en la teoría y metodología freudiana dando como resultado un trabajo de tipo psicohistorico-analítico.

 

I.I Biografía de Diego Rivera (1886-1957):

 

Diego Rivera nació el 8 de diciembre de 1886 en Guanajuato, México, en una época en la que el país se encontraba inmerso en luchas políticas y ataques a su soberanía.

 

Influido sutilmente por su padre, un hombre intelectual de ideas liberales, y por el propio contexto de su ciudad de nacimiento (cuna de una larga lista de personajes dedicados a cultivar el espíritu), Diego Rivera desarrolló los principios de una línea de conducta social y arraigo artístico que plasmaría en su obra a lo largo de su vida.

 

Sus biógrafos describen a Diego como un niño muy precoz, de manera que la influencia ambiental de Guanajuato logró sentar sus bases en el inconsciente de Diego a pesar de haber vivido ahí únicamente los 4 primeros años de su niñez, Por otro lado, sus recurrentes visitas a su ciudad natal profundizaron la huella de su ambiente en el espíritu del artista.

 

Junto con esta precocidad Diego manifestó desde muy temprana edad una excepcional retentiva óptica y emocional que habría de plasmar claramente en su producción muralista.

 

A los diez años de edad, Diego ingresó a la Academia de San Carlos[1],  teniendo importantes maestros dentro de los que figura José María Velasco. Sin embargo, la Academia de San Carlos practicaba una pedagogía basada en la extrema disciplina como forma indispensable para la creación, situación que chocaba fuertemente con las ideas liberales de Diego, quien se opuso a tal rigidez y finalmente abandonó la Academia, iniciando la etapa a la que Enrique F. Gual (1980) denomina su “gloriosa liberación”.

 

No tardó en obtener una beca para venir a estudiar a España donde aprendió del crudo y dramático realismo junto con la influencia de Picasso, Novell y Ramón Casas que alentaban al joven Rivera quien volvió a México justo en los inicios de la Revolución Mexicana, hecho que influyó también en él.

 

Un año después, en 1911, vuelve a Europa, entrando por París donde estuvo en contacto con el cubismo, la obra de Cèzanne, Renoir, entre otros. Permanece en Europa hasta 1921 y durante su estancia convivió con Siqueiros, quien había luchado en la Revolución Mexicana y estaba de paso por París. Dicha convivencia despertó en Diego la inquietud y el deseo de iniciar, junto con Siqueiros, un movimiento renovador del arte mexicano en medio de ese nuevo ambiente de libertad que se respiraba en el México post-revolucionario.

 

Ese mismo año regresa entonces a México; vuelve como un artista completamente formado en Europa, contradiciendo las muestras antieuropeas que posteriormente dará en su arte, especialmente en los murales referentes a la historia de México, pero que está implícita en toda su obra, a la cual le impulso el arraigo a lo mexicano; el país y la raza, y el sentido de pertenencia y orgullo que en Diego despiertan, influyen fuertemente en su inspiración y trabajo.

 

 

I.II La Importancia de los Murales en el contexto político-histórico y cultural de a principios del S. XX:

La evolución artística que se produce en México a principios del S. XX tiene una relación directa con su contexto histórico en medio de la primera revolución campesina y popular del S. XX. Un movimiento que comienza en 1910 y que acaba con la dictadura de Porfirio Díaz, pero aún tratándose de un nuevo estado obrero y anticolonial, permitirá sin embargo la propiedad privada y el capitalismo.

Es en este nuevo estado mexicano, donde el arte ocupa un papel preferente porque se impulsa desde las instancias oficiales un arte popular que había de servir para exaltar los nuevos ideales revolucionarios, pero también para divulgar la nueva ideología entre las masas, mayoritariamente analfabetas.

De ahí la expansión del muralismo mexicano en esos años, porque es precisamente a través de las grandes decoraciones murales en los principales edificios oficiales, como el arte asume este papel propagandístico en el nuevo México.

Sobre todo la obra que sellará su reconocimiento internacional, el Palacio Nacional de la Ciudad de México. En todas estas obras los murales de Diego Rivera resultan de una enorme espectacularidad, por sus dimensiones, por sus efectos perspectivos, por la originalidad de sus composiciones, el carácter icónico de sus imágenes y el colorido alegre y vistoso de sus obras.

 

Murales de la Historia de México: Un Sueño de Diego Rivera  

El trabajo muralístico de Diego Rivera, particularmente las obras que componen la colección de La Historia de México, frescos pintados en las paredes del Palacio Nacional en la Ciudad de México, guarda importantes similitudes con los procesos intrínsecos en la onirogénesis a la luz de la teoría freudiana y la psicología del ello.

 

German Wenziner describe un suceso importante en la vida de Diego durante su infancia, mismo que será repetido y elaborado una y otra vez en sus murales:

 

Cuando Diego tenía año y medio, su hermano gemelo muere. Diego se debilita y sus padres llaman a su nodriza Antonia para confiarle al niño quien vivió con ella varios años en la sierra gorda queretana.

 

Diego Rivera describe a Antonia como “una india silenciosa de veintiséis años de edad, curandera de oficio, que vivía sola en un sitio alejado de todo poblado; caminaba con la cabeza levantada, como lo hacen las mujeres acostumbradas a cargar objetos… rostro ejemplar de belleza clásica indígena, con la nariz arqueada, unida a la frente, inclinada por un sólo trazo orgulloso, pómulos salientes, destacados por dos manchas de luz, la boca en flor, grande, roja y entreabierta sobre los dientes de blancura nívea.”

 

La nana Antonia aparecerá así una y otra vez en sus murales, representada por la indígena, vestida de forma colorida, haciendo de comer, alimentando, cargando niños, etc. Es un motivo recurrente en “los sueños” de Rivera, vueltos murales.

 

En sus murales Diego valora y resalta las propiedades nutritivas del mundo indígena, así como niega todo aporte benéfico del mundo hispánico –a pesar de haberse formado como pintor en Europa-. Diego asociaba, quizá consciente o quizá inconscientemente, el mundo indígena prehispánico con la bondad, el alimento, el calor, la vida, la luz y el color… en pocas palabras con todo aquello que una buena madre, una madre nutricia, nos representa en la infancia.

 

Entonces, podemos inferir la condensación que Diego hace al representar, en todas las mujeres indígenas de sus murales, a la nana Antonia, que fue más madre para él que su propia madre biológica. De Antonia introyectó el amor y la identificación con el mundo indígena.

 

Esta influencia es mucho más fuerte incluso que la de la ideología paterna. En términos de la psicología del mexicano es fácil comprender este fenómeno, ya que el nacionalismo de Diego fue “mamado” de la nodriza Antonia, y el patriotismo aprendido de la ideología contestataria del padre y, dado que el nacionalismo es aquello que internalizamos de la madre y el lugar donde nacimos, nuestro primer contacto con el mundo, por ello se inscribe en lo más profundo de nuestro carácter, nuestra mente y nuestro ser.

 

Ambos elementos inculcados desde la infancia temprana, e inscritos profundamente en el inconsciente de Diego.

 

La función de “cumplimiento de deseo” que se le atribuye al sueño, se encuentra en la alusión que Diego hace de la posibilidad de resolver los conflictos del mexicano a través de la conjunción y la condensación del pasado y el futuro, en este mundo atemporal de sus murales, y de su inconsciente. Resolver la pobreza, la desesperanza, la inquietud, la guerra… a partir de lo que en ese momento eran para él las opciones viables: el socialismo y el retorno a las raíces indígenas, haciendo a un lado, en la medida de lo posible, toda influencia extranjera.

 

Así queda claro con el manejo de colores que hace al representar a españoles, franceses y más en los murales, las figuras encorvadas y los rostros severos y fríos con que los plasma, en contraposición directa con el colorido, la luz, la fortaleza y la bondad que reflejan sus mexicanos.

 

Además, la prodigiosa libertad que lo “ilimitado” del espacio sobre el que se pintan los murales le otorga al pintor la posibilidad de realizar grandes desarrollos temáticos de carácter narrativo, cuyo “personaje” principal implícito y latente se muestra al ojo observador como la idea nacionalista de enaltecer al México post-revolucionario, orgulloso en su resurgimiento, del mismo modo que el contenido latente de los sueños que se oculta, pero a la vez se muestra al oído analítico a partir del relato de los mismos.

 

Este contenido latente se manifiesta, en primera instancia, a partir de la condensación (de elementos y, de manera más interna, de la síntesis que Diego hace de su nacionalismo, su patriotismo y su paisanidad, condensadas en lo que podemos denominar la mexicaneidad del pintor, que se refleja en su trabajo) y aparece en la sutil indigenización que Rivera hace de muchos de los personajes europeos que pinta.

 

Toda obra artística implica simbolización y Rivera hace un extensivo uso de la misma en sus murales cuajados de elementos folklóricos y populares compuestos en planos apretados, dando como resultado una composición donde aparece todo cuanto fuera significativo para él.

 

En palabras de uno de sus biógrafos “Diego era alternativamente lo que pintaba, se entregaba a la idea y al concepto como un actor puede sumirse en las honduras de su papel” expresando, sin disimular, a través de su obra sus más profundos sentimientos.

 

Por otro lado, lo que podríamos llamar “restos diurnos” [2]estaban formados por los elementos de la vida cotidiana del México por el que viajaba para extraer material para sus pinturas. Su deseo: imponer por su pincel el arraigo a lo mexicano y la transmisión de su ideología proselitista.

 

Así son los sueños, una elección de infinidad de imágenes y símbolos que pretenden transmitir, al soñante, mensajes de lo que para el inconsciente es importante en ese momento.

 

Sus murales parecen entonces imágenes oníricas en las que se condensan, desplazan y simbolizan[3] elementos de toda índole, en un espacio atemporal como el inconsciente en donde no existen las contradicciones aunque para la consciencia y la razón así lo fueran.

 

A la luz de la interpretación onírica es posible descifrar la exégesis[4] artística de sus murales, puesto que parte de la grandeza de Rivera reside en el haber sabido transformar lo aparentemente insustancial en elementos cuyo significado individual va mucho más allá de lo observado a primera vista, y cuyo valor como parte de la unidad que conforman trasciende la mera traducción de la historia que encierran y permite que la imaginación, la intuición y las asociaciones de quien lo observa proyecte parte de su propio mundo inconsciente en la búsqueda de sentido de lo que Diego plasma en su trabajo.

 

Por otro lado, el proceso creador implica, al igual que ocurre en el sueño, un desdoblamiento de la personalidad en tanto que el artista, al igual que el soñante, es a la vez actor y testigo de lo que pinta, y de lo que sueña.

 

Diego reunía así elementos de su realidad y de su fantasía, de su memoria y de sus ideales, de sus deseos y sus prohibiciones encontrando la síntesis de todos ellos no en representar la belleza que es obvia y evidente para todo ser humano, sino la belleza escondida, la interna, la que requiere ser primero descifrada antes de poder expresarse. La que debe ser simbolizada, condensada y desplazada para poder ponerse en una imagen que exprese más allá de lo manifiesto, que esté cargada de significados asequibles para el que se atreva a observar más allá y “leer” lo que entre líneas la imagen nos dice… para el que se anime a interpretar, descifrar y traducir lo que la imagen onírica nos quiere transmitir del soñante… como las pinturas de Diego nos hablan de su interior, sus deseos, sus necesidades, sus conflictos, sus pasiones y, en síntesis, de lo más profundo de la esencia de su ser.

 

[1] Actual Escuela Nacional de Artes Plásticas



[2] Reminiscencias de vivencias y estímulos experimentados durante el día y que quedan registrados a nivel inconsciente para posteriormente, y por su carga afectiva, serán plasmados en el sueño.



[3] Estos tres elementos: condensación, simbolización y síntesis constituyen 3 funciones del proceso primario de pensamiento y que son las que dan forma a los impulsos y recuerdos que originan el sueño desde el punto de vista psicoanalítico.



[4] Interpretación de un texto.










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