. Introducción : En el marco del bicentenario de la Independencia
de México, y de varios países de América Latina, surgió una buena oportunidad
para retomar aspectos históricos y culturales y reevaluarlos a la luz de diversas
teorías, posturas y disciplinas.
El psicoanálisis, tanto clásico como
contemporáneo, ofrece una amplia gama de posibilidades para esta labor.
El presente trabajo consiste en la
interpretación de la obra muralística “La Historia de México” de Diego Rivera,
como si de escenas oníricas del pintor se trataran. Para ello se estudia, en
primera instancia –como se realizaría en la labor analítica- la historia
personal (biografía) del autor/soñante para posteriormente ir encontrando el
significado latente detrás del material manifiesto, apoyando la interpretación
en la teoría y metodología freudiana dando como resultado un trabajo de tipo
psicohistorico-analítico.
I.I Biografía de Diego
Rivera (1886-1957):
Diego Rivera nació el 8 de diciembre de 1886 en Guanajuato,
México, en una época en la que el país se encontraba inmerso en luchas
políticas y ataques a su soberanía.
Influido sutilmente por su padre, un hombre
intelectual de ideas liberales, y por el propio contexto de su ciudad de
nacimiento (cuna de una larga lista de personajes dedicados a cultivar el
espíritu), Diego Rivera desarrolló los principios de una línea de conducta
social y arraigo artístico que plasmaría en su obra a lo largo de su vida.
Sus biógrafos describen a Diego como un niño muy precoz,
de manera que la influencia ambiental de Guanajuato logró sentar sus bases en
el inconsciente de Diego a pesar de haber vivido ahí únicamente los 4 primeros
años de su niñez, Por otro lado, sus recurrentes visitas a su ciudad natal
profundizaron la huella de su ambiente en el espíritu del artista.
Junto con esta precocidad Diego manifestó desde muy
temprana edad una excepcional retentiva óptica y emocional que habría de
plasmar claramente en su producción muralista.
A los diez años de edad, Diego ingresó a la Academia
de San Carlos[1], teniendo importantes maestros dentro de los
que figura José María Velasco. Sin embargo, la Academia de San Carlos
practicaba una pedagogía basada en la extrema disciplina como forma
indispensable para la creación, situación que chocaba fuertemente con las ideas
liberales de Diego, quien se opuso a tal rigidez y finalmente abandonó la
Academia, iniciando la etapa a la que Enrique F. Gual (1980) denomina su
“gloriosa liberación”.
No tardó en obtener una beca para venir a estudiar a
España donde aprendió del crudo y dramático realismo junto con la influencia de
Picasso, Novell y Ramón Casas que alentaban al joven Rivera quien volvió a
México justo en los inicios de la Revolución Mexicana, hecho que influyó
también en él.
Un año después, en 1911, vuelve a Europa, entrando
por París donde estuvo en contacto con el cubismo, la obra de Cèzanne, Renoir,
entre otros. Permanece en Europa hasta 1921 y durante su estancia convivió con
Siqueiros, quien había luchado en la Revolución Mexicana y estaba de paso por
París. Dicha convivencia despertó en Diego la inquietud y el deseo de iniciar,
junto con Siqueiros, un movimiento renovador del arte mexicano en medio de ese
nuevo ambiente de libertad que se respiraba en el México post-revolucionario.
Ese mismo año regresa entonces a México; vuelve como
un artista completamente formado en Europa, contradiciendo las muestras
antieuropeas que posteriormente dará en su arte, especialmente en los murales
referentes a la historia de México, pero que está implícita en toda su obra, a
la cual le impulso el arraigo a lo mexicano; el país y la raza, y el sentido de
pertenencia y orgullo que en Diego despiertan, influyen fuertemente en su
inspiración y trabajo.
I.II La Importancia de los Murales en el contexto político-histórico y
cultural de a principios del S. XX:
La evolución
artística que se produce en México a principios del S. XX tiene una relación
directa con su contexto histórico en medio de la primera revolución campesina y
popular del S. XX. Un movimiento que comienza en 1910 y que acaba con la
dictadura de Porfirio Díaz, pero aún tratándose de un nuevo estado obrero y
anticolonial, permitirá sin embargo la propiedad privada y el capitalismo.
Es en este nuevo
estado mexicano, donde el arte ocupa un papel preferente porque se impulsa
desde las instancias oficiales un arte popular que había de servir para exaltar
los nuevos ideales revolucionarios, pero también para divulgar la nueva
ideología entre las masas, mayoritariamente analfabetas.
De ahí la
expansión del muralismo mexicano en esos años, porque es precisamente a través
de las grandes decoraciones murales en los principales edificios oficiales,
como el arte asume este papel propagandístico en el nuevo México.
Sobre todo la
obra que sellará su reconocimiento internacional, el Palacio Nacional de la
Ciudad de México. En todas estas obras los murales de Diego Rivera resultan de
una enorme espectacularidad, por sus dimensiones, por sus efectos perspectivos,
por la originalidad de sus composiciones, el carácter icónico de sus imágenes y
el colorido alegre y vistoso de sus obras.
Murales de la Historia de México: Un Sueño de
Diego Rivera
El trabajo muralístico de Diego Rivera,
particularmente las obras que componen la colección de La Historia de México, frescos pintados en las paredes del Palacio
Nacional en la Ciudad de México, guarda importantes similitudes con los
procesos intrínsecos en la onirogénesis a la luz de la teoría freudiana y la
psicología del ello.
German Wenziner describe un suceso importante en la
vida de Diego durante su infancia, mismo que será repetido y elaborado una y
otra vez en sus murales:
Cuando Diego tenía año y medio, su hermano gemelo
muere. Diego se debilita y sus padres llaman a su nodriza Antonia para
confiarle al niño quien vivió con ella varios años en la sierra gorda queretana.
Diego Rivera describe a Antonia como “una india silenciosa de veintiséis años de
edad, curandera de oficio, que vivía sola en un sitio alejado de todo poblado;
caminaba con la cabeza levantada, como lo hacen las mujeres acostumbradas a
cargar objetos… rostro ejemplar de belleza clásica indígena, con la nariz
arqueada, unida a la frente, inclinada por un sólo trazo orgulloso, pómulos
salientes, destacados por dos manchas de luz, la boca en flor, grande, roja y
entreabierta sobre los dientes de blancura nívea.”
La nana Antonia aparecerá así una y otra vez en sus
murales, representada por la indígena, vestida de forma colorida, haciendo de
comer, alimentando, cargando niños, etc. Es un motivo recurrente en “los
sueños” de Rivera, vueltos murales.
En sus murales Diego valora y resalta las propiedades
nutritivas del mundo indígena, así como niega todo aporte benéfico del mundo
hispánico –a pesar de haberse formado como pintor en Europa-. Diego asociaba,
quizá consciente o quizá inconscientemente, el mundo indígena prehispánico con
la bondad, el alimento, el calor, la vida, la luz y el color… en pocas palabras
con todo aquello que una buena madre, una madre nutricia, nos representa en la
infancia.
Entonces, podemos inferir la condensación que Diego
hace al representar, en todas las mujeres indígenas de sus murales, a la nana
Antonia, que fue más madre para él que su propia madre biológica. De Antonia
introyectó el amor y la identificación con el mundo indígena.
Esta influencia es mucho más fuerte incluso que la de
la ideología paterna. En términos de la psicología del mexicano es fácil
comprender este fenómeno, ya que el nacionalismo de Diego fue “mamado” de la
nodriza Antonia, y el patriotismo aprendido de la ideología contestataria del
padre y, dado que el nacionalismo es aquello que internalizamos de la madre y
el lugar donde nacimos, nuestro primer contacto con el mundo, por ello se
inscribe en lo más profundo de nuestro carácter, nuestra mente y nuestro ser.
Ambos elementos inculcados desde la infancia
temprana, e inscritos profundamente en el inconsciente de Diego.
La función de “cumplimiento de deseo” que se le
atribuye al sueño, se encuentra en la alusión que Diego hace de la posibilidad
de resolver los conflictos del mexicano a través de la conjunción y la
condensación del pasado y el futuro, en este mundo atemporal de sus murales, y
de su inconsciente. Resolver la pobreza, la desesperanza, la inquietud, la
guerra… a partir de lo que en ese momento eran para él las opciones viables: el
socialismo y el retorno a las raíces indígenas, haciendo a un lado, en la
medida de lo posible, toda influencia extranjera.
Así queda claro con el manejo de colores que hace al
representar a españoles, franceses y más en los murales, las figuras encorvadas
y los rostros severos y fríos con que los plasma, en contraposición directa con
el colorido, la luz, la fortaleza y la bondad que reflejan sus mexicanos.
Además, la prodigiosa libertad que lo “ilimitado” del
espacio sobre el que se pintan los murales le otorga al pintor la posibilidad
de realizar grandes desarrollos temáticos de carácter narrativo, cuyo
“personaje” principal implícito y latente se muestra al ojo observador como la
idea nacionalista de enaltecer al México post-revolucionario, orgulloso en su
resurgimiento, del mismo modo que el contenido latente de los sueños que se
oculta, pero a la vez se muestra al oído analítico a partir del relato de los
mismos.
Este contenido latente se manifiesta, en primera
instancia, a partir de la condensación (de elementos y, de manera más interna,
de la síntesis que Diego hace de su nacionalismo, su patriotismo y su
paisanidad, condensadas en lo que podemos denominar la mexicaneidad del pintor,
que se refleja en su trabajo) y aparece en la sutil indigenización que Rivera
hace de muchos de los personajes europeos que pinta.
Toda obra artística implica simbolización y Rivera
hace un extensivo uso de la misma en sus murales cuajados de elementos
folklóricos y populares compuestos en planos apretados, dando como resultado
una composición donde aparece todo cuanto fuera significativo para él.
En palabras de uno de sus biógrafos “Diego era alternativamente lo que pintaba,
se entregaba a la idea y al concepto como un actor puede sumirse en las
honduras de su papel” expresando, sin disimular, a través de su obra sus
más profundos sentimientos.
Por otro lado, lo que podríamos llamar “restos
diurnos” [2]estaban
formados por los elementos de la vida cotidiana del México por el que viajaba
para extraer material para sus pinturas. Su deseo: imponer por su pincel el
arraigo a lo mexicano y la transmisión de su ideología proselitista.
Así son los sueños, una elección de infinidad de
imágenes y símbolos que pretenden transmitir, al soñante, mensajes de lo que
para el inconsciente es importante en ese momento.
Sus murales parecen entonces imágenes oníricas en las
que se condensan, desplazan y simbolizan[3]
elementos de toda índole, en un espacio atemporal como el inconsciente en donde
no existen las contradicciones aunque para la consciencia y la razón así lo
fueran.
A la luz de la interpretación onírica es posible
descifrar la exégesis[4]
artística de sus murales, puesto que parte de la grandeza de Rivera reside en
el haber sabido transformar lo aparentemente insustancial en elementos cuyo
significado individual va mucho más allá de lo observado a primera vista, y
cuyo valor como parte de la unidad que conforman trasciende la mera traducción
de la historia que encierran y permite que la imaginación, la intuición y las
asociaciones de quien lo observa proyecte parte de su propio mundo inconsciente
en la búsqueda de sentido de lo que Diego plasma en su trabajo.
Por otro lado, el proceso creador implica, al igual
que ocurre en el sueño, un desdoblamiento de la personalidad en tanto que el
artista, al igual que el soñante, es a la vez actor y testigo de lo que pinta,
y de lo que sueña.
Diego reunía así elementos de su realidad y de su
fantasía, de su memoria y de sus ideales, de sus deseos y sus prohibiciones
encontrando la síntesis de todos ellos no en representar la belleza que es
obvia y evidente para todo ser humano, sino la belleza escondida, la interna,
la que requiere ser primero descifrada antes de poder expresarse. La que debe
ser simbolizada, condensada y desplazada para poder ponerse en una imagen que
exprese más allá de lo manifiesto, que esté cargada de significados asequibles
para el que se atreva a observar más allá y “leer” lo que entre líneas la
imagen nos dice… para el que se anime a interpretar, descifrar y traducir lo
que la imagen onírica nos quiere transmitir del soñante… como las pinturas de
Diego nos hablan de su interior, sus deseos, sus necesidades, sus conflictos,
sus pasiones y, en síntesis, de lo más profundo de la esencia de su ser.
[1] Actual Escuela Nacional de Artes Plásticas
[2] Reminiscencias de vivencias y estímulos experimentados durante el
día y que quedan registrados a nivel inconsciente para posteriormente, y por su
carga afectiva, serán plasmados en el sueño.
[3] Estos tres elementos: condensación, simbolización y síntesis
constituyen 3 funciones del proceso primario de pensamiento y que son las que
dan forma a los impulsos y recuerdos que originan el sueño desde el punto de
vista psicoanalítico.
[4] Interpretación de un texto.