“El buen maestro hace que el mal estudiante se convierta en bueno y el buen estudiante en superior” Maruja Torres.
En la mitología griega Pigmaleón se
enamoró de una de sus creaciones: la escultura de Galatea. La hizo tan
bella, la formó con su cincel y sus manos, que una vez terminada, quedó
embelesado por su belleza. Al tocarla, ésta cobró vida y correspondió al
amor del rey de Chipre. En esta historia, contada por Ovidio en sus
Metamorfosis, tiene origen el efecto pigmaleón, aplicado principalmente a
la educación, al ámbito familiar y al laboral.
El efecto puede ser tanto positivo como
negativo y consiste en que las expectativas y previsiones hacia nuestros
alumnos, hijos o empleados, se vuelvan ciertas a causa de nuestras
creencias. Rosenthal y Jacobson (1968) estudiaron el efecto al
considerar que estas expectativas sobre la forma, que de alguna manera se
conducirán los alumnos, determinan precisamente las conductas que esperaban de
ellos.
Es mito griego sirvió de inspiración al
psicólogo Rosenthal para investigar al respecto y escribir su libro “Pygmalion
in de classroom”. Descubrió que según la manera en que pensamos acerca de los
alumnos, la motivación que reciben y la confianza que se tiene en ellos,
influye en su desarrollo intelectual. Cuando el muchacho recibe
estímulos positivos sobre sus potencialidades y talentos, es más factible que
los desarrolle y los sepa encausar, a diferencia de los chicos a quienes todo
el mundo les dice que no van a ser nada en la vida.
Los maestros y maestras son importantes
referentes en la vida de los alumnos, quizá el referente más importante después
de los padres. Sus palabras, desde que somos pequeños y estamos en los primeros
años escolares, se nos quedan grabadas para siempre. Son grandes pigmaleones
que bien pueden esculpir una hermosa estatua en la vida de los jóvenes, o bien,
dañar la estimación propia, dependiendo del trato, la confianza y la fe que se
tiene en ellos
Esta historia me lleva a reflexionar tanto
en mi papel como madre y como maestra y a cuidar mis palabras y pensamientos
respecto a estas jóvenes vidas. Me encanta descubrir los talentos, la
creatividad y la espontaneidad de los muchachos y me hago el propósito de
honrar y reconocer sus logros. Por supuesto sin dejar de dirigir, encausar y
corregir, por eso somos formadores, como lo es un escultor que le da forma al
marfil o al barro. En el efecto pigmaleón, el error es una oportunidad de
crecimiento y forma parte del aprendizaje.
Al conocer la historia me hizo recordar a los pigmaleones de mi vida,
principalmente en el salón de clases: La maestra de tercer año que me dijo que
nunca sería buena en matemáticas; la que me felicitó por mi letra bonita;
el maestro en la universidad que auguró que iba a ser locutora por mi voz; la
maestra de arte que me pidió que le regalara una acuarela que había
pintado porque le había gustado mucho; o mi madre a quien escuché decir que yo
era muy buena para aprender idiomas. Todas esas creencia manifiestas en mi
vida, marcaron en gran medida lo que hoy soy y de lo que estoy hecha.
¿Qué clase de pigmaleones somos para los niños y jóvenes que están a nuestro
alrededor?