. Encontré un negocio en las faldas del cerro Polanco, "ventas de artesanías", en donde la dueña amablemente ofreció cuidar mi mochila, pues es un lugar peligroso. Acepté pero llevé conmigo sin dudar mi cámara.
Subí sus escaleras, peldaños de piedras, barro. Llegué a lo más alto posible y comencé a bajar buscando dicho rincón. Había vida, habían colores, hubo un sin fin de imágenes que me llevaron a sus inicios opulentos y vívidos de voces, perfumes y tabaco.
Hoy día sigo sintiendo que Polanco es una deuda ante lo que fue el más rico lugar de encuentros para conversaciones, hoy tornado en un frío y oscuro sin fin de callejones perdidos en dónde yo sigo encontrando belleza... y si miro por sus ventanas, sigo viendo un puerto que da la pelea por mantenerse vivo en una constante lucha por no ser olvidado. Así es como tanto quiero a Polanco... y tantos otros que no quiero olvidar.