“Los brazos de una madre están hechos de ternura y los niños viven a salvo
en ellos, envueltos en un dulce abrazo”. Víctor Hugo.
Ser mujer y, además, ser madre,
no solo es una bendición, sino también un don maravilloso que
demanda el desarrollo de habilidades, actitudes, aptitudes y
esfuerzos. Las madres dividen su tiempo en infinidad de actividades desde lo
cotidiano y aparentemente intrascendente, hasta lo más intenso y profundo que
deja huella en la vida de otras personas y en las historias familiares.
Con frecuencia escuchamos que nadie nos
educó para ser mamás, o que no nos enseñaron a ser madres. Es verdad. No existe
una escuela para ello, ni una asignatura para preparar a la mujer en la
misión más importantes de su vida: la de ser madre y tener a su
cargo una enorme responsabilidad por Dios conferida, de cuidar de la vida
de otras seres humanos mientras crecen y se forman.
Se dice que el amor, tanto de una madre,
como hacia una madre, es grande, incondicional e incomparable. Respecto al
primero, Vicktor Frankl en su libro “El arte de amar”, señala que “por su
carácter altruista y generoso, el amor materno ha sido considerado la forma más
elevada de amor, y el más sagrado de todos los vínculos maternos. En
cuanto al amor hacia nuestra madre los mexicanos tenemos un dicho que reza:
“madre solo hay una”.
Las mamás ejercen múltiples oficios,
“profesiones”, empleos y trabajos. Muchas veces no remunerados económicamente
como lo sería un trabajo formal. A muchas mujeres que se dedican a ser amas de
casa se les dificulta responder a las preguntas ¿en qué trabajas? ¿ a qué te
dedicas?. Con mucha pena y timidez apenas contestan “al hogar” o “yo no
trabajo, sólo soy ama de casa”, no sabiendo ni tomando conciencia de que
son “mujeres-orquesta”, que son el eje de un hogar que significa el núcleo de
la sociedad donde viven.
Hay mamás administradoras: Tienen que
estirar el gasto, administrar la economía del hogar y hasta multiplicar los
panes. Administran en tiempo en las actividades propias y de sus hijos;
Reparten platillos preparados por ellas, abrazos y besos; administran su propia
vida y el tiempo para las labores del hogar. Por si fuera poco, muchas de ellas
salen a trabajar para lograr un desarrollo personal y un apoyo en la economía
del hogar.
Las mamás tejedoras son aquellas que,
puntada a puntada, tejen una bufanda, una chambrita o un sueter para cubrir a
los suyos del frío. Recuerdo que a mi mamá le costó mucho trabajo decirnos con
palabras que nos amaba, pero regalarnos algo tejido por ella, era una manera de
decirlo. Las madres tejen también ilusiones y sueños.
Alimentan la esperanza poniendo colores alegres a las situaciones
difíciles. Son, por si fuera poco, piezas claves en el tejido social.
Las hay madres cargadoras. Tienen, por
consiguiente, qué fortalecer los músculos del alma y el corazón. Cargan
bebés en sus vientres, bolsas de mandado, pañales y libros. Cargan
preocupaciones y penas. Llevan a cuestas responsabilidades propias y ajenas. Y,
sobre todo, expertas en cargar culpas. Dan lo mejor de sí y aún se sienten
insatisfechas y con la sensación de querer dar más.
Podemos hablar de mamás que en casa
ejercen el papel de enfermeras, consejeras, educadoras y cocineras. Fuera de
casa, madres que trabajan, profesionistas, empleadas, empresarias. Todas,
haciendo un verdadero malabarismo entre el amor y la responsabilidad, el
trabajo y los hijos, el esposo y la casa. Todo esto, como dice Jorge Bucay, sin
renunciar a su esencia, intuición y sabiduría. Sin perder su capacidad de
escucha, el aprecio por lo sencillo y lo bello y sobre todo, sin descuidar de
su persona y su propia belleza.