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Los deseos de Alejandro Magno


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09/05/2012

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Cuenta una historia, quizá leyenda, pero aleccionadora y buena igual, que Alejandro Magno, ya al borde de la muerte, convocó a sus generales y les comunicó sus tres últimos deseos: el primero, que su ataúd fuese llevado en hombros por sus propios médicos. Luego, que los tesoros que había acumulado – oro, plata y otros - fueran esparcidos por el camino y, tercero, que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, y a la vista de todos. Uno de sus generales, asombrado por tan insólitos deseos, le preguntó a Alejandro por sus razones. Alejandro le contestó: Quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd para así mostrar que ellos no tienen, ante la muerte, el poder de curar; que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos vean que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen y, lo más importante, que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que vinimos a la tierra con las manos vacías, y con las manos vacías partimos.


Verdad o no, lo cierto es que estas tres peticiones esconden una gran sabiduría. Me quedo con la última: partir con las manos vacías. He visto a gente pasear por museos donde se exponen costumbres funerarias de la antigüedad. Junto al difunto, un cúmulo de objetos para el viaje al más allá. Pero no solo eso: una serie de objetos de valor y con un significado emocional. La máxima expresión de ese apego a las cosas de esta tierra la encontramos en una serie de tumbas de faraones y emperadores de la antigüedad, cuyas tumbas constituían infinidad de habitaciones colmadas de jarros, estatuas de oro y plata. Ahora, nos sonreímos ante esa muestra de ingenuidad y codicia llevada al extremo.

Pero entristece comprobar que, muchos de los que se sonríen, no están tan lejos de quienes están enterrados ahí. Acumulan como si fuesen a vivir para siempre, como si esta vida se perdiera en un espacio y dimensión infinita; viven sin pensar en nadie más que en sí mismos. Sin comprobar cotidianamente que la vida sí transcurre y más rápido de lo que quisieran.

Solo tenemos esta vida para hacer el bien. La otra, será para dar cuentas de lo que hemos hecho por este paso efímero y fugaz.

La Iglesia católica se encuentra en deuda en recordar la radicalidad en la exigencia evangélica en relación a la administración de los bienes. La excesiva acumulación de bienes supone una enorme responsabilidad. No es broma el tema. Carga una “hipoteca social” de la cual nos debemos hacer cargo. No será muy ejemplar en otros ítems, pero sí vale la pena recordar estas anécdotas de Alejandro Magno.



Hugo Tagle Moreno


@hugotagle


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