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Un espacio para amarse


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09/05/2012


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Se besan en silencio; el padre de Ella está en el cuarto contiguo. El televisor delata su presencia insomne.


Permanecen sentados en un sillón incomodísimo, el mismo de todas las noches, el que tantos “te quiero” y planes ha compartido; donde apenas caben los dos, en un rincón de la sala; pero se las arreglan para que el roce de las manos provoque temblores, y los besos ahoguen gemidos antes de su nacimiento.

Ella besa con los ojos entrecerrados, temerosa del carácter paterno: ¿qué pasaría si los sorprendiera en ese intercambio de caricias?

Él no la fuerza; se deja llevar por las señales del cuerpo de Ella, cediendo cuando hay que ceder, avanzando cuando las defensas caen.

Los besos, en un inicio tímidos, reservados, sueltan amarras y en su osadía llegan a lugares vedados. Las manos le acompañan en un coro perfectamente sincronizado. El cuerpo de Ella convulsiona contra el de Él. Por momentos parecen haberse aislados del entorno; o será porque ahora solo importa el placer que se puedan dar.

El sillón cruje bajo ellos, como alertando sobre la batalla que se desarrolla en sus dominios. Ellos lo ignoran; qué importa ahora que los descubran.

Ella quiere gritar, pero sabe que el padre sigue en el cuarto de al lado. Él quiere gritar pero sus labios sellan los de ella, previendo la explosión que habrá de seguir. Se abrazan fuertemente, como si el cerrojo de brazos cerrara los pechos y aprisionara en ellos el grito. Sus savias corren al encuentro común, aunque no lleguen a mezclar sus cauces.

Luego regresan los sigilos. El oído atento ante los sonidos mudos que llegan desde la habitación paterna. La mirada esquiva, la sonrisa nerviosa.

“¿Te arrepientes?”, dice Él. “No”, contesta ella, más con los ojos brillosos que con los labios tímidos.

Se abrazan otra vez; cómplices en su eterna búsqueda de un espacio donde amarse.



Etiquetas:   Relato Breve   ·   Santiago de Cuba

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