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Siempre
con su libreta y lápiz bajo el brazo, apunta todo lo que le gusta y le
parece interesante, y por supuesto realiza crónicas completas cual
periodista deportivo de todos los partidos de su Betis querido. Goles,
faltas, ocasiones de gol, jugadas y por supuesto los fallos arbitrales.
Gasta su tiempo yendo a la escuela y al gimnasio. Pero lo que más le
apasiona y le evade es la pintura, son horas y horas mezclando colores. Parece como si los altos muros y rejas del centro, de pronto
se pudiesen convertir en un prado verde lleno de animales.
Viéndolo
así, con su aspecto bonachón, amable, despierto y parlanchín, uno
piensa ¿Dónde está la enfermedad? Pero la vida del Sevillano no ha sido
precisamente un camino de rosas, las injusticias de la vida le hicieron
perder los estribos y hoy, a sus 52 años, se ve ingresado en un Centro
Psiquiátrico Penitenciario. Todos tenemos un referente en
la vida, alguien que supone nuestros pies y nuestras manos. Para el
Sevillano la pérdida de su esposa hace ocho años, el amor de toda su vida,
marcó un antes y un después. Su amor comenzó cuando el Sevillano tenía
sólo doce años, todavía recuerda entre risas y nostalgia el día en que con
tan temprana edad se armó de valor para pedirle a su suegra la mano de
su amada. Fue la primera vez que le temblaron las piernas. Sin embargo,
después de años de felicidad su mujer cayó enferma de leucemia,
enfermedad que la llevó a estar tres años luchando en la cama de un
hospital. El Sevillano estuvo a la cabecera de su cama cada noche. "Incluso dentro de la enfermedad fuimos felices" asegura.
Fue
la muerte de su mujer lo que le llevo a perder totalmente los estribos.
Se refugió en la afición más simple y ruin de
todas: beber. Se convirtió en un alcohólico que mezclaba el alcohol con
la medicación para los nervios. El Sevillano era una bomba de relojería
hasta perder la noción de la realidad, vivía en otro mundo, pero lo peor
de todo era que sentía que le gustaba más que este.
Pero
lo peor de todo ello fue que su adicción le llevó a perder a sus dos hijos. La primera que se alejó fue a su
hija, "siempre me quedará el dolor de no haber podido ir a su boda" nos cuenta. Respecto
a su hijo, siempre pensó que lo veía como un “padre cheque”, el padre
que viene, paga y se va. Él pensaba que dándole todo hacía lo correcto,
pero no se daba cuenta de que le faltaba lo más importante, su padre. De
todo ello se dio cuenta cuando perdió la
libertad. Tras dos años en el Centro Psiquiátrico Penitenciario de Sevilla II como
preventivo a la espera de juicio y sin poder visitar a su familia,
siente que su meta para luchar día a día es volver a recuperarles, su sueño es volver a abrazar
a sus hijos, lo más importante de su vida.
Por
ello, día a día pelea por superar su alcoholismo y para ello ha tomado
una decisión límite. Aunque desde que llegó al centro no ha vuelto a
probar el alcohol siente que hay siempre una posibilidad de recaer. Ante eso acordó con su psiquiatra tomar “Antabuse”, una
medicación muy fuerte y peligrosa. Si prueba el alcohol puede sufrir un infarto. Para él, es una forma de obligarse a no poder caer en una sola debilidad.
Hoy
por hoy, está contento, mantiene la esperanza y las ganas de vivir.
Para él la experiencia dentro del centro es muy positiva pues es
fundamental en su recuperación y puesta a punto para volverse a
reinsertar en la sociedad.
Además,
cuenta con algo que nunca le abandona, cada noche suele buscar las
estrellas, sabe que en una de ellas se encuentra su mujer, en la que
sigue sin poder dejar de pensar, a la que recuerda como si el pasado
fuese ayer. Elle le espera y le da fuerzas para salir adelante.