Nuestra incultura científica



Imaginemos un país en el que la mitad de la población no fuese capaz de citar el nombre de un solo escritor ni el de un cantante. No creo que se pueda encontrar esa falta de cultura en ninguna nación desarrollada. Igual de grave debería parecernos que la mitad de un país no sea capaz de citar el nombre de ningún científico, salvo que consideremos que la ciencia no forma parte de la cultura o que la cultura científica no tiene el mismo valor que la humanística.

 


 

En España el 45,9% de los ciudadanos mayores de 18 años que han participado en un estudio de la Fundación BBVA ha sido incapaz de nombrar a un científico, ni actual ni del pasado, ni español ni extranjero, a ninguno. La encuesta se ha realizado en 10 países europeos y en Estados Unidos y el resultado de España es llamativamente peor que el del resto. En Dinamarca la cifra sólo llega al 14,7%, mientras que Italia es la subcampeona del desconocimiento, con un 30,5%.

 

Sin embargo, estos datos sólo corresponden a un pequeño apartado del amplio estudio, que también mide, por ejemplo, el conocimiento científico a través de un test, en el que los españoles son con diferencia los que presentan un nivel inferior. Por si fuera poco, también son los que menos se informan sobre temas de ciencia y apenas asisten a museos, exposiciones o conferencias sobre asuntos científicos.

 

No voy a caer en simplificaciones que serían, precisamente, poco científicas, como intentar identificar estos datos con la mayor agudeza de la crisis económica en el Sur de Europa, porque son dos variables independientes que no podemos relacionar sin pruebas, pero tengo que reconocer que me entran tentaciones de pensar que alguna relación debe existir entre la falta de cultura sobre ciencia, la falta de vocaciones científicas, la menor inversión en I+D y el hecho de haber tenido una economía basada en la hostelería y los ladrillos, con millones de empleos que han saltado por los aires con la explosión de la burbuja inmobiliaria.

 

La cultura científica no sólo es cultura. El propio estudio de la Fundación BBVA recuerda que cuando la población se familiariza con la ciencia y la tecnología mejora su capacidad para tomar decisiones como pacientes, como consumidores y en sus actividades cotidianas. Además, como sociedad, se hace más abierta a la innovación y se adapta mejor a los cambios globales. Así que también podríamos pensar que otras lacras económicas españolas como la falta de emprendedores y la falta de innovación empresarial con respecto a otros países desarrollados también están relacionadas con esta carencia.

 

Por supuesto, es un problema que se puede solucionar a través de la educación, pero también a través de los medios de comunicación, que deberían informar más y mejor sobre ciencia, y de otras muchas instituciones, entre ellas, los museos. La responsabilidad de cambiar la situación es de todos ellos y de la iniciativa política que debe impulsarlos a cumplir con este cometido.

 

Casi todo el mundo tiene claro que en plena crisis no se debería recortar la inversión en ciencia, pero tampoco debería recortarse de los respiraderos que la comunican con la sociedad, que le dan vida, futuro y razón de ser. El fomento de la cultura científica y de la divulgación es el alimento de la ciencia de hoy y los cimientos de la ciencia de mañana: la única posibilidad de tener una sociedad más innovadora y más próspera. Una sociedad más culta.



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Imaginemos un país en el que la mitad de la población no fuese capaz de citar el nombre de un solo escritor ni el de un cantante. No creo que se pueda encontrar esa falta de cultura en ninguna nación desarrollada. Igual de grave debería parecernos que la mitad de un país no sea capaz de citar el nombre de ningún científico, salvo que consideremos que la ciencia no forma parte de la cultura o que la cultura científica no tiene el mismo valor que la humanística.

 


 

En España el 45,9% de los ciudadanos mayores de 18 años que han participado en un estudio de la Fundación BBVA ha sido incapaz de nombrar a un científico, ni actual ni del pasado, ni español ni extranjero, a ninguno. La encuesta se ha realizado en 10 países europeos y en Estados Unidos y el resultado de España es llamativamente peor que el del resto. En Dinamarca la cifra sólo llega al 14,7%, mientras que Italia es la subcampeona del desconocimiento, con un 30,5%.

 

Sin embargo, estos datos sólo corresponden a un pequeño apartado del amplio estudio, que también mide, por ejemplo, el conocimiento científico a través de un test, en el que los españoles son con diferencia los que presentan un nivel inferior. Por si fuera poco, también son los que menos se informan sobre temas de ciencia y apenas asisten a museos, exposiciones o conferencias sobre asuntos científicos.

 

No voy a caer en simplificaciones que serían, precisamente, poco científicas, como intentar identificar estos datos con la mayor agudeza de la crisis económica en el Sur de Europa, porque son dos variables independientes que no podemos relacionar sin pruebas, pero tengo que reconocer que me entran tentaciones de pensar que alguna relación debe existir entre la falta de cultura sobre ciencia, la falta de vocaciones científicas, la menor inversión en I+D y el hecho de haber tenido una economía basada en la hostelería y los ladrillos, con millones de empleos que han saltado por los aires con la explosión de la burbuja inmobiliaria.

 

La cultura científica no sólo es cultura. El propio estudio de la Fundación BBVA recuerda que cuando la población se familiariza con la ciencia y la tecnología mejora su capacidad para tomar decisiones como pacientes, como consumidores y en sus actividades cotidianas. Además, como sociedad, se hace más abierta a la innovación y se adapta mejor a los cambios globales. Así que también podríamos pensar que otras lacras económicas españolas como la falta de emprendedores y la falta de innovación empresarial con respecto a otros países desarrollados también están relacionadas con esta carencia.

 

Por supuesto, es un problema que se puede solucionar a través de la educación, pero también a través de los medios de comunicación, que deberían informar más y mejor sobre ciencia, y de otras muchas instituciones, entre ellas, los museos. La responsabilidad de cambiar la situación es de todos ellos y de la iniciativa política que debe impulsarlos a cumplir con este cometido.

 

Casi todo el mundo tiene claro que en plena crisis no se debería recortar la inversión en ciencia, pero tampoco debería recortarse de los respiraderos que la comunican con la sociedad, que le dan vida, futuro y razón de ser. El fomento de la cultura científica y de la divulgación es el alimento de la ciencia de hoy y los cimientos de la ciencia de mañana: la única posibilidad de tener una sociedad más innovadora y más próspera. Una sociedad más culta.




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