Mujeres en el vacío



Estoy sentado en un rincón del Cabaret. Las mujeres caminan entre el público; a veces ajenas, absortas en su mundo interior; otras, desafiantes, sostienen las múltiples miradas del público. Quizás alguna regale una sonrisa cómplice; las hay que miran con una seriedad atroz que eriza la piel.

 


Parece que nunca terminará el desvarío de los pasos. Pero comienza la música. De pronto las mujeres adquieren voz en el canto; y aunque son apenas tres las que alzan la voz, el resto habla con los gestos, con la mirada, con la danza, con la imagen del dolor y la tristeza.

No son mudas, aunque alguna vez no las dejaron hablar; pero tanto sufrimiento solo puede ser narrado en versos cantados, o en esa suave voz que narra lo que alguna vez quedó escrito en una historia clínica, de aquel primer hospital donde las encadenaron.

¿Locas ellas?; sí, locas. Enloquecidas por una sociedad de hombres: para los hombres y por los hombres. Una sociedad que les enseño (¡les impuso!) a ser mujer. Pero, ¿qué es ser mujer?: “¡Se madre pero no lo aparentes!”; cantan desde el escenario. ¿Es un canto? No, es la radio, es el adoctrinamiento, es la dosis diaria del buen comportarse. “¡Se mujer, se una buena mujer para tu hombre!”.

Es la sociedad que las discrimina, que minimiza su existencia por el mero hecho de llamarse mujer.

¿Locas? sí, locas. Así quedó registrado para la historia. Aunque pudieron ser solo simples mujeres inconformes, incomprendidas, violadas, separadas de su fruto, expuestas a posiciones extremas, decidir entre el dolor o la vida, entre el seguir en este mundo o saltar al vacío.

El Cabaret ya no lo parece tanto y las letras que se cantan son gritos que alguna vez se callaron. Ellas caminan entre nosotros, se acercan tímidas, susurran: “¿por qué los medicamentos no curan las enfermedades morales?”; extienden las manos, nos brindan temerosas trozos de sus vidas, que son las vidas de otras tantas que vivieron (viven), después de ellas, en su propia cárcel, en su propia clínica, en su propio cabaret.

¿Cuántas historias comunes?; cuántas, antes que estas (o después) no habrán podido ser reflejadas. ¿Cuántas mujeres se resumen en estas que danzan, gimen, lloran, recuerdan, sufren?

Mientras pienso esto mis ojos tropiezan con los ojos de una de ellas. Nos miramos largamente, como tratando de descubrirnos los más ocultos pensamientos. La veo dudar un instante, apenas un segundo, tanto que tal vez no fue tal duda. Entonces camina despacio hacia mí, sin apartar los ojos de los míos. Me extiende la mano delicada, le extiendo la mía. Nuestros mundos de repente se reconocen en un roce. Me mira, sonríe ¿con tristeza? Y retira su mano dejando entre mis dedos un pequeño cartón doblado.

Todavía le dedico una larga mirada mientras se aleja, llevando su mensaje, su gestualidad hacia otro rincón del cabaret. Cuando se me pierde entre la media luz y la música y las otras mujeres que pasan bailando, leo la nota que me llega desde 1898 y se lamenta: “estoy triste como nunca”.

De repente las luces se apagan. Entre las sombras las mujeres se deslizan hacia los costados del escenario. El público irrumpe en aplausos. Las luces renacen y ya no son doce locas, sino las actrices que han encarnado otras vidas, que han sudado la piel ajena, que han dado voz a quienes no la tuvieron. Los aplausos premian el esfuerzo, la magnífica puesta en escena.

Cuando merma el golpear de palmas y el escenario regresa a su apatía hasta la próxima función; cuando muchos abandonan la sala, descienden la eterna escalera del recinto y quizás dediquen algún que otro comentario elogioso a las actrices; quedarán en el silencio profundo del recuerdo, los lamentos de aquellas mujeres que aún hoy alertan sobre su suerte.

 

Nota: A propósito de la presentación de la obra Vacío, del Teatro Abya Yala, de Costa Rica, en las jornadas de Mayo Teatral en el Café-Teatro Macubá de Santiago de Cuba