. Su socio y mercado más cercano es Australia, país del que depende
económicamente por ser el principal receptor de sus productos de exportación.
Nueva
Zelanda es una de las economías más abiertas del mundo. Ha evolucionado desde
el modelo proteccionista de antaño hacia un modelo abierto, de libre mercado,
que basa su poderío en la competitividad de su producción y en la capacidad de
establecer vínculos comerciales con las economías a nivel global.
Paradójicamente al aislamiento geográfico, la tendencia a incrementar el
relacionamiento con el exterior se nota no sólo en el incremento de las
exportaciones y los mercados de destino, sino en el ingenio que aplican para
atraer a los turistas. Como una de las fuentes distributivas de la riqueza, el
turismo generó ingresos por 15 mil millones de dólares el año pasado.
La
economía de este país insular tiene a la industria láctea y la de la carne como
sus principales estrellas. La industria láctea neozelandesa es una de las más
importantes del mundo, en tanto la producción de carne hace que este país sea
un gran exportador, con una alta reputación de calidad en los mercados
internacionales. Históricamente los neozelandeses han gozado de las bondades de
la naturaleza para impulsar su economía, pero más allá de la explotación
primaria buscan alternativas para elevar la competitividad. Por eso trabajan
con tecnologías de producción limpia y han migrado desde los sectores primarios
hasta el sector de servicios, que hoy representa el 73% de la generación de
empleos y que goza de un franco crecimiento.
Una
de las curiosidades que representan un atractivo para invertir en Nueva Zelanda
es su tranquilidad: es uno de los países más pacíficos del mundo y tiene una
muy baja propensión a la guerra y la criminalidad, de acuerdo a los datos del
Indice de Paz Global 2010. Igualmente, hay un fuerte trabajo en la promoción de
la imagen de país limpio y verde. No solamente se busca sustentabilidad y
cuidado del medio ambiente en la producción, sino que la misma tecnología para
la producción limpia se vuelve un atractivo
El
desarrollo de combustibles alternativos, menos contaminantes y más limpios, es
uno de los pilares de la innovación neozelandesa. Este país es pionero en el
desarrollo de la energía geotérmica y ya tiene una trayectoria importante en el
uso de energía hidroeléctrica y de fuentes energéticas no tradicionales para el
transporte. Actualmente el 75% de la energía que utiliza el país proviene de
fuentes renovables, en tanto para 2025 se espera que la cifra llegue al 90%. La
agricultura, la ganadería, la industria, el transporte y el medio ambiente en
general son beneficiarios del uso de las energías renovables.
Para
construir un país sustentable no bastan los recursos naturales, sino que se
necesita de los recursos humanos con una alta capacitación. Con trece años de
escuela obligatoria, con una tasa de alfabetización elevada que implica que
casi no hay analfabetos, la mano de obra es calificada e innovadora.
Más
allá de los problemas que tienen todos los países, Nueva Zelanda es un conjunto
de enseñanzas que los latinoamericanos podríamos aprovechar. Empecemos por la
ruptura del aislamiento: la soledad geográfica ya no puede ser una excusa para
no entrar a una economía globalizada en la que el poder comercial depende de la
capacidad de relacionarse y de la apertura de mercados. Mientras países como
Paraguay se quejan de la mediterraneidad y buscan achacarle a ella muchos de
sus males, ejemplos como Suiza demuestran que el único aislamiento es el del
conocimiento, es decir de aquellos que no saben cómo relacionarse con el mundo.
El
Paraguay debería mirar a Nueva Zelanda para buscar algún modelo que le permita
convertirse en un innovador en materia de energías renovables, así como en un
desarrollador de la tecnología que fomente una mejor explotación de los grandes
recursos naturales que tenemos. Somos un país movido a agua y con el mayor per
cápita de electricidad del mundo, pero nuestras industrias, nuestro transporte
y nuestro consumo siguen dependiendo de otras fuentes energéticas, como el
petróleo y el gas de los que carecemos.
Hay
países pequeños con gente visionaria. Y deberíamos aprender de ellos y ser uno
de ellos. Podemos hacerlo siempre que empecemos con una transformación
fundamental: la de nuestra conciencia de saber y hacer.