Una vez dibujé un reloj de arena[1]. Dentro de él, la apenas perceptible silueta de un hombre con los brazos alzados sobre su cabeza, intentaba detener la inevitable lluvia de segundos que lo iba ahogando.
Una vez dibujé un reloj de arena[1]. Dentro de él, la apenas perceptible silueta de un hombre con los brazos alzados sobre su cabeza, intentaba detener la inevitable lluvia de segundos que lo iba ahogando.

.reeditor.com/micuenta/miscolumnas/redactar#_ftn1" name=_ftnref1>[1]. Dentro de él, la apenas perceptible silueta de un hombre con los brazos alzados sobre su cabeza, intentaba detener la inevitable lluvia de segundos que lo iba ahogando.
Por esa suerte (¿debilidad?, ¿defecto?) del dibujo, el hombre no llegará a ser totalmente cubierto por la arenilla; permanecerá eternamente en la incómoda posición; quizás (de los males el menor) dando gracias por todavía respirar.