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Heráclito: un idiota en el estiércol.


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31/03/2011

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 No interpreten el título como un insulto al venerable filósofo. ¡Dios me libre de ello! La palabra  «idiota» proviene del griego διώτης (idiotes), término con el se designaba a aquellos ciudadanos que, desentendiéndose de los asuntos públicos, se preocupaban únicamente de sí mismos. Hecha esta aclaración, podemos afirmar que Heráclito era, literalmente, un idiota. Lo del estiércol enseguida se entenderá. 




    Heráclito nació en Éfeso en el año 535 a. C. Según el historiador Diógenes Laercio, pertenecía a una familia aristocrática, pero se negó a participar en el gobierno de su ciudad porque despreciaba a los efesinos (de ellos decía que todos adultos deberían morir, y los impúberes abandonar la ciudad). Su pensamiento fue, igualmente, aristocrático. Sin entrar en detalles, sostenía que en la naturaleza todo está en permanente movimiento: πάντα ρει (panta rei), todo fluye. Una de sus más conocidas sentencias es  que no te bañarás dos veces en el mismo río, pues nada permanece idéntico. Este devenir se explica, según el filósofo, por la lucha de los elementos opuestos: el frío y el calor, la humedad y lo seco, la vida y la muerte, etc. La naturaleza es el escenario de una batalla permanente. El vulgo se aferra a estas imágenes y organiza su vida en torno a ellas; sin embargo el sabio va más allá, busca la ley que se oculta tras las apariencias, la razón, el Logos que todo lo gobierna. Tarea imposible para el pueblo, pero no para él, que, según sus propias palabras, lo sabía todo.



    Era tal su misantropía que se retiró de Éfeso para vivir en los montes alimentándose de hierbas. Esta excentricidad le acarreó una hidropesía. Se trata de una enfermedad provocada por la acumulación de líquidos, que produce hinchazones en la cara, piernas, manos o vientre. Heráclito sufrió esta última modalidad. Sintiéndose necesitado de ayuda, bajó a la ciudad para pedir consejo a los médicos, pero como les hablaba en forma de enigmas no le entendían. Según el testimonio de Hermipo, citado por Diógenes, les preguntó directamente si podían sacar humedad oprimiendo la tripa, y como le contestaron que no, decidió elaborar su propia cura. Consistió ésta en enterrarse en estiércol esperando que su calor absorbiera las humedades. Esta peculiar terapia le provocó la muerte. Por idiota.





    La historia de Heráclito nos ofrece una ocasión para que reflexionemos sobre la naturaleza de la razón. Decía Aristóteles que el ser humano es un ζooν πoλίτικoν (zoon politicon, animal social), y ello se demuestra, entre otras cosas, por el hecho de que está dotado de lenguaje. Como la naturaleza no hace nada en vano, la capacidad lingüística sólo puede responder a una necesidad innata: la de vivir en sociedad. La palabra es, pues, signo de sociabilidad. Pero «palabra» en griego es λóγος (logos), que también puede traducirse como «razonamiento, argumentación». Este parentesco nos invita a pensar que la razón no es un instrumento lógico que pueda desplegarse de forma autónoma; o al menos no sólo es eso. La razón es algo que tiene mucho que ver con nuestra inserción en la sociedad.



    En efecto, la razón emerge, sale al encuentro de la realidad, movida por una presencia que la estimula, que le muestra un camino. Pensemos en el nacimiento del pensamiento crítico: el niño que, de forma compulsiva pregunta: ¿por qué? La primera vez que lo hace recibe una respuesta que, o bien no acaba de convencerle, o bien le abre un nuevo horizonte. Por eso, a la primera le sigue una segunda pregunta; a ésta una tercera... y así hasta el infinito. Esto nos revela que el motor de la razón es el diálogo; su naturaleza es dialógica. No es extraño que la filosofía naciera en las colonias griegas del mar Egeo. Eran puertos comerciales por donde circulaban gentes procedentes de los más diversos lugares, y cada cual portaría su cosmovisión, su cultura, su interpretación del mundo. La confrontación de ellas debió dar pie a la reflexión, al análisis racional, y, con ello, a la búsqueda de los primeros principios.



    Y es que el trabajo intelectual, como el resto de las dimensiones del hombre, es por esencia diálogo. A través de él nos vemos obligados a buscar el fundamento de nuestras ideas y las implicaciones que tienen. La presencia de otras tesis nos lleva a revisar las nuestras, a cotejarlas, a verificarlas. Y así nacen sistemas vivos, abiertos a la realidad, atentos a los acontecimientos. Lo contrario, el dogmatismo, es consecuencia de la soledad, del enclaustramiento en sí mismo. Hay intelectuales que se construyen un mundo sin ventanas al exterior. Utilizan un lenguaje que sólo ellos entienden (lo cual es una perversión, pues el lenguaje, lo acabamos de indicar, es comunicación). El peligro de esta especie de narcisismo intelectual es el de perder el vínculo con la realidad, convirtiendo nuestras ideas en los barrotes de la celda que nos separa de la humanidad.





    Ningún otro momento de la historia ha tenido tantas posibilidades de diálogo como el nuestro. Sería de idiotas enterrarnos en el estiércol y no aprovecharlas.  



Etiquetas:   Arte de Grecia Antigua

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