. ¡Dios me libre de ello! La palabra «idiota» proviene
del griego ἰδιώτης (idiotes),
término con el se designaba a aquellos ciudadanos que, desentendiéndose de los
asuntos públicos, se preocupaban únicamente de sí mismos. Hecha esta
aclaración, podemos afirmar que Heráclito era, literalmente, un idiota. Lo del
estiércol enseguida se entenderá.
Heráclito nació en Éfeso en el año 535 a. C. Según
el historiador Diógenes Laercio, pertenecía a una familia aristocrática, pero
se negó a participar en el gobierno de su ciudad porque despreciaba a los
efesinos (de ellos decía que todos adultos deberían morir, y los impúberes
abandonar la ciudad). Su pensamiento fue, igualmente, aristocrático. Sin entrar
en detalles, sostenía que en la naturaleza todo está en permanente movimiento: πάντα
ρει (panta rei), todo fluye. Una de sus más conocidas sentencias
es que no te bañarás dos veces en el mismo río, pues nada
permanece idéntico. Este devenir se explica, según el filósofo, por la lucha de
los elementos opuestos: el frío y el calor, la humedad y lo seco, la vida y la
muerte, etc. La naturaleza es el escenario de una batalla permanente. El vulgo
se aferra a estas imágenes y organiza su vida en torno a ellas; sin embargo el
sabio va más allá, busca la ley que se oculta tras las apariencias, la razón,
el Logos que todo lo gobierna. Tarea imposible para el pueblo,
pero no para él, que, según sus propias palabras, lo sabía todo.
Era tal su misantropía que se retiró de Éfeso para
vivir en los montes alimentándose de hierbas. Esta excentricidad le acarreó una
hidropesía. Se trata de una enfermedad provocada por la acumulación de
líquidos, que produce hinchazones en la cara, piernas, manos o vientre.
Heráclito sufrió esta última modalidad. Sintiéndose necesitado de ayuda, bajó a
la ciudad para pedir consejo a los médicos, pero como les hablaba en forma de
enigmas no le entendían. Según el testimonio de Hermipo, citado por Diógenes,
les preguntó directamente si podían sacar humedad oprimiendo la tripa, y como
le contestaron que no, decidió elaborar su propia cura. Consistió ésta en
enterrarse en estiércol esperando que su calor absorbiera las humedades. Esta
peculiar terapia le provocó la muerte. Por idiota.
La historia de Heráclito
nos ofrece una ocasión para que reflexionemos sobre la naturaleza de la razón.
Decía Aristóteles que el ser humano es un ζooν πoλίτικoν (zoon
politicon, animal social), y ello se demuestra, entre otras cosas, por el
hecho de que está dotado de lenguaje. Como la naturaleza no hace nada en vano,
la capacidad lingüística sólo puede responder a una necesidad innata: la de
vivir en sociedad. La palabra es, pues, signo de sociabilidad. Pero «palabra»
en griego es λóγος (logos), que también puede
traducirse como «razonamiento, argumentación». Este parentesco nos invita a
pensar que la razón no es un instrumento lógico que pueda desplegarse de forma
autónoma; o al menos no sólo es eso. La razón es algo que tiene mucho que ver
con nuestra inserción en la sociedad.
En efecto, la razón emerge, sale al encuentro de la
realidad, movida por una presencia que la estimula, que le muestra un camino.
Pensemos en el nacimiento del pensamiento crítico: el niño que, de forma
compulsiva pregunta: ¿por qué? La primera vez que lo hace recibe una
respuesta que, o bien no acaba de convencerle, o bien le abre un nuevo
horizonte. Por eso, a la primera le sigue una segunda pregunta; a ésta una
tercera... y así hasta el infinito. Esto nos revela que el motor de la razón es
el diálogo; su naturaleza es dialógica. No es extraño que la
filosofía naciera en las colonias griegas del mar Egeo. Eran puertos
comerciales por donde circulaban gentes procedentes de los más diversos
lugares, y cada cual portaría su cosmovisión, su cultura, su interpretación del
mundo. La confrontación de ellas debió dar pie a la reflexión, al análisis
racional, y, con ello, a la búsqueda de los primeros principios.
Y es que el trabajo intelectual, como el resto de las
dimensiones del hombre, es por esencia diálogo. A través de él nos
vemos obligados a buscar el fundamento de nuestras ideas y las implicaciones
que tienen. La presencia de otras tesis nos lleva a revisar las nuestras, a
cotejarlas, a verificarlas. Y así nacen sistemas vivos, abiertos a la realidad,
atentos a los acontecimientos. Lo contrario, el dogmatismo, es consecuencia de
la soledad, del enclaustramiento en sí mismo. Hay intelectuales que se
construyen un mundo sin ventanas al exterior. Utilizan un lenguaje que sólo ellos
entienden (lo cual es una perversión, pues el lenguaje, lo acabamos de indicar,
es comunicación). El peligro de esta especie de narcisismo intelectual es el de
perder el vínculo con la realidad, convirtiendo nuestras ideas en los barrotes
de la celda que nos separa de la humanidad.
Ningún otro momento de la
historia ha tenido tantas posibilidades de diálogo como el nuestro. Sería de
idiotas enterrarnos en el estiércol y no aprovecharlas.