La camarera del "Mamá Inés"

El Café Mamá Inés ocupa un pequeño local en una esquina frente a la populosa Plaza de Marte, en Santiago de Cuba. En su interior el ambiente puede llegar a ser muy agradable, propicio para la confidencia, la cita, el esparcimiento. La melodiosa voz del extraordinario Bola de Nieve, quien contribuyera a la popularidad del tango-congo que da nombre al Café, constituye un valor agregado; junto con los libros y revistas que permanecen (casi inutilizados) en unos estantes empotrados en la pared.

 

.blogspot.com/2012/02/cafe-al-estilo-de-mama-ines.html">Café Mamá Inés ocupa un pequeño local en una esquina frente a la populosa Plaza de Marte, en Santiago de Cuba. En su interior el ambiente puede llegar a ser muy agradable, propicio para la confidencia, la cita, el esparcimiento. La melodiosa voz del extraordinario Bola de Nieve, quien contribuyera a la popularidad del tango-congo que da nombre al Café, constituye un valor agregado; junto con los libros y revistas que permanecen (casi inutilizados) en unos estantes empotrados en la pared.
A pesar de las visibles variaciones sufridas durante sus primeros meses de prestación de servicios, el “Mamá Inés” se mantiene como una opción bien apreciada por los santiagueros y cuantos visitantes llegan a la ciudad. Incluso tiene sus fieles; esos que esperan la reapertura del local, sentados durante toda una hora (la del ‘cambio de turno’) en uno de los bancos del cercano parque, para degustar una tasa de buen café en cualquiera de sus variedades.

Allí llegamos ayer, en la tarde-noche santiaguera, luego de varias semanas sin visitar el local de amplias vidrieras. Pudimos sentarnos a una de las mesas que dominan, desde su rincón, toda el área del salón principal. En apenas un minuto se nos acercó una de las camareras del Café y con una sonrisa en los labios y unas “Buenas noches”, nos cedió el Menú (hermosamente diseñado).

Quizás porque ya sabíamos de antemano lo que pediríamos, o porque en el sector de los servicios (sobre todo estatales) en Cuba es raro hallarse con la sinceridad de un buen trato, pusimos mayor atención a aquella mujer que se encargaría de satisfacer nuestros pedidos durante los minutos que permaneciéramos en aquel lugar.

Era muy joven, de una pulcritud admirable dentro de su uniforme reglamentario. Sus labios sostenían una sonrisa que se le daba fácil, sin exigencias ninguna, y que venían a completar la sensación de confianza y amabilidad que despedía toda su fisonomía.

Desandaba laboriosa, de mesa en mesa, por todo el salón. En cada parada una sonrisa, una corta conversación, la explicación oportuna. Parecía como si quisiera convencernos de todo, como la madre que, paciente, enseña al niño las maravillas del mundo. Incluso, parecía sinceramente afligida cuando tenía que negar un pedido porque “no estaba saliendo”.

Al servirnos un delicioso Café a la crema lo aderezó con un “Que le aproveche” que nos tomó desprevenidos y; aún sin salir del asombro, la escuchamos justificar por la demora del Café con leche: “Le falta un poquito”, dijo ladeando simpáticamente la cabeza y haciendo un gesto típico para indicar cantidad, con los dedos índice y pulgar de su mano derecha. El “poquito que faltaba” fue, en efecto, muy breve.

Luego de disfrutar de las bebidas, y tras un tiempo prudencial, la joven camarera se nos acercó tímidamente con la cuenta y, tras mostrárnosla, nos dijo que le avisáramos cuando estuviéramos listos para pagar. Lo hizo con un tono, con una dulzura, que bien podría significar: “quédense un rato más”, “tómense el tiempo que quieran”, “me encanta tenerlos acá”…¡Daban ganas de abrazarla! Tanta gentileza, tanta ternura por un “simple café”.

Pagamos y dejamos la (nunca tan bien merecida) propina.

Pero, ¡oh ingratos que somos!, al salir del “Mamá Inés” solo atinamos a comentar: “Parece que es nueva ¿no? Esperemos ver cuánto le dura esa amabilidad”.

UNETE



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