El factor humano ante la adversidad



La tragedia que afecta a Japón tras los golpes sucesivos del terremoto, el tsunami y la crisis nuclear debida a los daños sufridos en sus reactores, es una muestra clara de cómo los fenómenos de la naturaleza pueden destruir o reconvertir, de un momento a otro, un país, una ciudad o una determinada forma de vida. Fue cuestión de horas para que de la tranquilidad se pase a la zozobra, el temor y sobre todo a la incertidumbre: se perdieron muchas vidas, hay muchos daños materiales y persiste la amenaza de desastre nuclear, por lo que al dolor y al temor hay que sumarle la duda de cómo saldrá el país en cuanto a su economía, su desarrollo y la calidad de vida de su gente.

 


 

El año pasado ya tuvimos varias muestras de la furia destructora de la naturaleza, como los terremotos que afectaron a Haití –el país más pobre de América- y Chile –una de las economías más emergentes y sólidas de Latinoamérica. En el caso de Haití, el país quedó totalmente devastado, y a los daños materiales y las muertes siguió una crisis humanitaria marcada por epidemias, hambre y precariedades de todo tipo. Mientras que Chile soportó un terremoto aún mayor, que le causó enormes pérdidas materiales y humanas.

 

En estos dos casos hay resultados dispares: mientras que Haití se hundió completamente y todavía soporta tremendas carencias en cuanto a rubros fundamentales como la alimentación, Chile tuvo el año pasado un crecimiento económico de 5,2% y se sigue manteniendo como una de las economías más sólidas y con visión de futuro del continente.

 

De fondo, hay una serie de elementos que marcan una diferencia clara de la preparación que se debe tener para soportar una crisis y emerger de ella: Chile es un país planificado, con una economía competitiva y fundamentalmente basa su proyecto de país en la preparación de su gente. Esto ha derivado en tener una sociedad ordenada, precavida y consciente de que se requiere conocimiento para no estar siempre a merced de los golpes de la naturaleza. Por eso el efecto de los terremotos pudo ser aminorado, en contraste con Haití, en donde el 50% de su población es analfabeta, tiene niveles de pobreza que llegan al 80% y su economía es extremadamente primaria y precaria, por lo que el terremoto terminó de derrumbar un país ya demasiado lastimado.

 

El factor humano es fundamental: la capacidad de la gente, su educación, su visión de país y su grado de conciencia para prevenir y planificar son la base para la construcción y la reconstrucción de cualquier sociedad. Por eso creo en Japón y en su recuperación, pues tiene gente preparada, altamente comprometida con el conocimiento y el trabajo, y cuenta con niveles de competitividad suficientes para hacer emerger al país a pesar de las tragedias, como ya quedó demostrado tras las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Lo importante es la gente, lo demás vendrá por añadidura.

 

Publicado en el suplemento especializado en economía y negocios "Estrategia", del Diario La Nación, de Paraguay,



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El factor humano ante la adversidad


La tragedia que afecta a Japón tras los golpes sucesivos del terremoto, el tsunami y la crisis nuclear debida a los daños sufridos en sus reactores, es una muestra clara de cómo los fenómenos de la naturaleza pueden destruir o reconvertir, de un momento a otro, un país, una ciudad o una determinada forma de vida. Fue cuestión de horas para que de la tranquilidad se pase a la zozobra, el temor y sobre todo a la incertidumbre: se perdieron muchas vidas, hay muchos daños materiales y persiste la amenaza de desastre nuclear, por lo que al dolor y al temor hay que sumarle la duda de cómo saldrá el país en cuanto a su economía, su desarrollo y la calidad de vida de su gente.

 


 

El año pasado ya tuvimos varias muestras de la furia destructora de la naturaleza, como los terremotos que afectaron a Haití –el país más pobre de América- y Chile –una de las economías más emergentes y sólidas de Latinoamérica. En el caso de Haití, el país quedó totalmente devastado, y a los daños materiales y las muertes siguió una crisis humanitaria marcada por epidemias, hambre y precariedades de todo tipo. Mientras que Chile soportó un terremoto aún mayor, que le causó enormes pérdidas materiales y humanas.

 

En estos dos casos hay resultados dispares: mientras que Haití se hundió completamente y todavía soporta tremendas carencias en cuanto a rubros fundamentales como la alimentación, Chile tuvo el año pasado un crecimiento económico de 5,2% y se sigue manteniendo como una de las economías más sólidas y con visión de futuro del continente.

 

De fondo, hay una serie de elementos que marcan una diferencia clara de la preparación que se debe tener para soportar una crisis y emerger de ella: Chile es un país planificado, con una economía competitiva y fundamentalmente basa su proyecto de país en la preparación de su gente. Esto ha derivado en tener una sociedad ordenada, precavida y consciente de que se requiere conocimiento para no estar siempre a merced de los golpes de la naturaleza. Por eso el efecto de los terremotos pudo ser aminorado, en contraste con Haití, en donde el 50% de su población es analfabeta, tiene niveles de pobreza que llegan al 80% y su economía es extremadamente primaria y precaria, por lo que el terremoto terminó de derrumbar un país ya demasiado lastimado.

 

El factor humano es fundamental: la capacidad de la gente, su educación, su visión de país y su grado de conciencia para prevenir y planificar son la base para la construcción y la reconstrucción de cualquier sociedad. Por eso creo en Japón y en su recuperación, pues tiene gente preparada, altamente comprometida con el conocimiento y el trabajo, y cuenta con niveles de competitividad suficientes para hacer emerger al país a pesar de las tragedias, como ya quedó demostrado tras las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Lo importante es la gente, lo demás vendrá por añadidura.

 

Publicado en el suplemento especializado en economía y negocios "Estrategia", del Diario La Nación, de Paraguay,




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