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Borrones sobre el papel


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24/04/2012


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Sobre la mesa de trabajo tengo un papel lleno de borrones. A simple vista parecería la obra de un niño intranquilo; aunque los trazos fuertes, las luces y las sombras, hablan de un pulso firme, aunque no del todo conciente.


Cada borrón es la única huella que ha quedado de una conversación telefónica. A veces esos trazos (ora abstractos, ora figurativos) comparten una o varias llamadas en común.

Algunos todavía guardan en sí resabios de aquellas conversaciones que lo gestaron. Los miro y de entre sus líneas regresa la voz del otro lado del aparato; la buena noticia, la llamada esperada, la impertinente llamada…

Es casi un gesto instintivo: con la mano izquierda levanto el auricular del teléfono aullante, mientras la derecha toma el bolígrafo y comienza su discurso de figuras sobre el papel.

Los trazos nacen primero inseguros, pero luego, como iluminados por una musa escurridiza (o tal vez llevados por los derroteros de la conversación que se filtra por los senderos cerebrales), hallan un sentido a su vida y surgen copas, espirales, corazones, rostros, ojos y un largo etcétera de imágenes ¿inconexas?, que se disputan el lugar entre mensajes, números y recordatorios.

Hay ocasiones en que el dibujo queda inconcluso, postergado, por el preámbulo de despedidas, hasta la próxima llamada. En otras, la verdadera proeza creativa comienza cuando el teléfono queda mudo y creemos descubrir en las líneas azarosas, el bosquejo de un cuadro revolucionario. Entonces no importa el silencio obstinado del teléfono, me aíslo en ese mundo de trazos… hasta recordar que yo no soy pintor…

Mientras tanto el papel emborronado permanece impasible sobre mi mesa. Sobre su superficie se adivinan aún espacios en blanco entre el mar de máculas. Por ahora, sin embargo, ignoro qué nuevos diseños nacerán de entre mis manos, la próxima vez que responda al monótono llamado del teléfono.



Etiquetas:   Reflexión   ·   Crónica

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