Derrotas

Ayer en la tarde observé resignado la derrota del equipo de pelota de mi provincia ante su similar de Mayabeque. No fue una derrota cualquiera; significó el cuarto fracaso en la Serie Nacional frente al equipo más perdedor de todo el campeonato y, a la vez, la imposibilidad de asistir a la post-temporada (por segundo año consecutivo).

 

.wordpress.com/2012/04/23/santiago-de-cuba-casi-no-vale/"> la derrota del equipo de pelota de mi provincia ante su similar de Mayabeque. No fue una derrota cualquiera; significó el cuarto fracaso en la Serie Nacional frente al equipo más perdedor de todo el campeonato y, a la vez, la imposibilidad de asistir a la post-temporada (por segundo año consecutivo).
El revés ante el conjunto occidental fue el colofón a una semana marcada por otras derrotas con sus propias trascendencias.

Unos días antes el Real Madrid y el Barcelona sufrían unas sonadas derrotas ante el Bayern Munich y el Chelsea inglés, respectivamente. El fin de semana siguiente el Barça recibía una segunda dosis a manos del Madrid (y de paso ve escapar el trofeo liguero).

Claro que hablo de derrotas cuando también pudiera hablar de victorias; solo si fuera alemán, inglés o mayabequense; o al menos simpatizara con esos conjuntos. Sin embargo, cada enfrentamiento tendrá, necesariamente, ganadores y perdedores, y se dice que la historia siempre la cuentan los primeros. Esta vez, de una forma u otra, me tocó estar entre los últimos, y desde esa posición hablo.

Una derrota puede asumirse (al menos) desde dos posiciones antagónicas: siendo optimistas o pesimistas.

El optimista ve en el fracaso un nuevo inicio, la oportunidad de retomar un camino o, a veces, probar otro; en ambos casos, con la experiencia adquirida en el revés. Tiene la capacidad de desentrañar moralejas, de leer entre líneas y aprender de los errores. Para el optimista las derrotas suelen “una raya más para el tigre”; pero, tigres al fin, siguen en su rol de depredador.

El pesimista en cambio ve en la derrota otro eslabón más de esa cadena de miserias que le ha tocado vivir, la expresión más reciente de su “mala suerte”. Justifica cada paso, propio y ajeno, que lo llevó al descalabro, y ve con malos ojos cualquier opinión que no concuerde con su verdad. Anda el pesimista entonces rumiando sus penas, sobreviviendo (o malviviendo) al menos hasta la próxima… derrota.

En otras ocasiones, incluso, asistimos a las derrotas desde una cómoda distancia; nos congraciamos o no con el vencido, dedicándole palabras de consuelo (¿lástima?) o alegrándonos por lo bajo (o a viva voz) del (de los) infortunado (s).

En el mejor de los casos, podemos conmovernos con la derrota ajena; compartir por un instante el pesar del derrotado, la seriedad del rostro, la ofuscación ante el recuerdo del fiasco. La diferencia es que muy pronto solemos olvidamos el suceso (mientras todavía se duele el cuerpo ajeno), se impone nuestro propio diario, con nuestras propias batallas (en las que a la vez seremos ganadores o derrotados). A fin de cuentas, esa conmoción no suele ser más que una esquirla del derrumbe impropio que nos ha alcanzado.

Quizás en este último terreno me muevo tras la lluvia de derrotas de los últimos días; de todas formas, como diría mi madre, esos “juegos” no me dan nada (sólo entretenimiento para ser exactos) y, ya a la vista, se hallan otros enfrentamientos.

Quién sabe, tal vez cuando culmine la semana me toque hablar desde el lado de los ganadores.

UNETE



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