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Orson Welles y su sed del mal


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31/03/2011


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El quijote de Kenosha Wisconsin, George Orson Welles, nació un seis de mayo de 1915. Como buen enfant terrible, desde temprana edad logró revolucionar la técnica cinematográfica, innovó las técnicas actorales en el séptimo arte introduciendo lenguajes propios del teatro, la profundidad de campo, los ángulos imposibles, los planos secuencia, se mofó de las más altas esferas del poder de la autoproclamada tierra de la libertad. Ha sido considerado junto a Charles Chaplin y Woody Allen como un monstruo de tres cabezas, por su gran talento para escribir, dirigir y actuar (si tuviéramos que señalar alguna debilidad sería la primera).


Pero lo más importante desde el punto de vista de nuestra mexicaneidad, no es el hecho de haber absorbido la cultura ibérica por el tiempo que paso en España, ni el hecho de haberse matrimoniado con la actriz Dolores del Río, ni el hecho de que hablará el castellano, si no que desde la plataforma “hollywoodense” logró brindar a la imagen del mexicano uno de sus primeros rol models dentro del cine. Me refiero a la película: “Touch of evil” (1958) o “Sed del mal” como se le conoció en español basada en la novela “Badge of evil” (1956) de los autores Whit Masterson (pseudónimo de dos autores). En ella el mexicano Mike Vargas (Charlton Heston) no es ni villano, ni ladrón, ni asesino, ni un charro recargado sobre un sahuaro, montado en un caballo o agasajado con los muslos de una prostituta en alguna cantina con ambientación a lo Sergio Leoni. Nuestro personaje es un policía honesto, inteligente e incorruptible (recordemos el tema de la ficción) que trabaja en la frontera con los Estados Unidos de América “la tierra de la libertad” (¿hay un país menos libre que los EUA?).

El director mismo se ubica con todo el ímpetu su norteamericaneidad como Hank Quinlan el personaje antagónico (recordemos el tema del realismo) del filme. Quinlan se corrompe y trabaja en complicidad con un grupo de mafiosos de la frontera. La película describe una realidad que a la clase política norteamericana no le gusta contemplar: policías corruptos in the home of the brave. El policía promedio de ese país pareciera dividir al mundo en buenos y malos. Estar al margen de la ley es un dilema de bien y mal, desde el asaltante que reclama su american dream empuñando una nueve milímetros, hasta las minorías raciales marginadas instituyéndose como una amenaza latente, como un chivo expiatorio. Hace recordar las imágenes de los heroicos soldados gringos prometiendo progreso y libertad a las victimas civiles en el campo de guerra en Afganistán.

La doble moral ha caracterizado las políticas del tío Sam, millones de dólares se invierten en programas de mediación para solucionar conflictos o campañas anti-bullying que son emprendidas en las aulas de las escuelas para enseñar a los niños los valores de la convivencia pacifica, cuando el modelo de éxito de la nación es la violencia, la cultura de la muerte. Estrategias antidrogas como DARE son promovidas para reducir el consumo de drogas pero se producen series como “Weeds” o “Breaking bad” que enaltecen la figura de consumidores y drug dealers. Cabe mencionar que en ellas los protagonistas gozan de un buen nivel de vida, respeto además de admiración. Hay tintes cómicos y de acción en las mencionadas producciones lo que nos hace tomar un poco a la ligera lo que observamos. No hay mucho apego al realismo en todos casos jóvenes soñando con ser “alguien” en la vida en el jugoso mercado de la economía informal. No olvidar mencionar los Padrinos de Coppola, los Goodfellas de Scorssese o los Sopranos de David Chase si se quiere hablar de una cultura habituada y tolerante a “la ilegalidad”. Se autoproclaman como una nación tocada por dios pero en las calles se respira el get rich or die trying de fifty cent.

No existen pruebas tangibles para condenar a la clase política pero surgen varias preguntas incontestables ¿De que otra manera se explica el paso de estupefacientes al otro lado de la frontera sin la complicidad de funcionarios norteamericanos? ¿No representa un negocio redondo el tráfico de drogas y armas en los EUA mientras los capos se mantengan viviendo en Latinoamérica? ¿No se envía un doble mensaje cuando se habla de paz pero figuras como Robert Gates relacionadas con el tráfico de armas encabezan la secretaria de defensa? ¿No representan las drogas un aliado encomiable de las clases dominantes en el ejercicio de la pasividad ciudadana que les caracteriza? ¿No es el tema de la cultura de las drogas el que se debería combatir en sociedades junkies como la de los EUA?

Un crimen por resolver y una serie de intrigas rodean la trama de la película. A fin de cuentas Vargas logra sortear las trampas de Quinlan y ese último sucumbe como lo había predicho “Tana la gitana” que interpreta Marlene Dietrich, en pocas palabras y para beneplácito de la audiencia se logra el and justice for all que caracteriza a muchos de los filmes de Hollywood. Ya era tiempo de encontrar “un rol positivo” para los mexicanos en el cine después de interpretar a sus drug dealers, pandilleros, policías corruptos, violadores, mafiosos, etcétera. Entramos aquí en el dilema de wildeano: ¿el arte imita a la vida o la vida imita al arte? ¿No existen rol models mexicanos en la sociedad norteamericana porque no se producen en los medios o no se producen en los medios porque prácticamente no existen en la vida real? Las conductas, los estereotipos, los roles de genero se alimentan y se reproducen a través del engranaje mediático que dicta las reglas a seguir en el escenario social, el american dream está reservado para los privilegiados. Las minorías raciales cobran su derecho de piso en el cine y la sociedad norteamericana dicta las reglas del juego sucio, con la estadística a cuestas y los designios de la mass media en contra, construye sus modelos y los forza a incrustarse dentro de la pantalla. De cualquier modo y sin olvidar la valía del artista, a casi un siglo de su nacimiento gracias por el Touch of evil Orson Welles, good night sweet prince. http://surcic.blogspot.com/



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