Antes de empezar a criticar, para bien o para mal, la película de “Los libros de Próspero” debo admitir y reconocer y advertir y subrayar y enfatizar que estoy prejuiciado con el buen Don Peter (espero que esta visión personal no baje su autoestima, por si las dudas por favor nadie se la haga llegar). Para mi gusto esta película es más regular que buena comparándola con otras de su misma autoría: “El bebe Macon”, “El contrato del dibujante” y acaso “La panza de un arquitecto”. Lo que si me parece rescatable son muchas de las imágenes que el director intercala de escena a escena como tratando de hacer una especie de poesía visual, pero eso ya lo vienen haciendo desde hace años en MTV. No necesitaría de tantos changos para montar sus escenas, pero si el objetivo es impresionar al espectador entonces no cabe duda de que es muy buen escenográfo además de coreógrafo. El problema es que parece olvidar (o tal vez subestimar) que las palabras de Shakespeare tienden a inducirnos a una especie de estado de hipnosis y que por más bueno que sea el lienzo del pintor, terminamos por cansarnos de ver a los monos vestidos de malvavisco, los espíritus del aire “miguelangelescos” y las caricaturas de sus libros recordándonos y reafirmándonos su genialidad. Llega el punto en donde te preguntas ¿Contra quien es la venganza? ¿Contra Antonio o contra el buen William? Al igual que aquel supuesto homenaje que dedica a Federico Fellini en “Ocho mujeres y media”, nunca llegamos a ver más que su firma y su sello personal, pareciera querer levantar de la tumba a sus ídolos “nomás pa sacudirles los huesos”.




