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Zamudio y los cazurros limítrofes


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21/04/2012

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Se dice que muchas de las personas que perecieron en los campos de extermino nazis eran homosexuales. Aparentemente los nazis aprovecharon La noche de los cuchillos largos no sólo para acabar con el poderío que había adquirido Ernst Röhm dentro del partido sino también con el ala homosexual que éste representaba. A partir de ahí se  puso más énfasis en el famoso artículo 175 del código penal alemán que penalizaba las relaciones homosexuales y se creó una sección especial dentro de la ´Gestapo, la policía secreta, para luchar contra la homosexualidad. El caso es que para los nazis el homosexualismo representaba una degeneración racial y dificultaba  la perpetuación de la raza aria. Otro tanto se podría decir del régimen cubano, el cual, en su construcción del “hombre nuevo” ha combatido el homosexualismo desde los inicios mismos de la revolución a través de las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la producción (UMAP), donde fueron a parar miles de cubanos homosexuales. La persecución que han sufrido los homosexuales en la isla adquiere visos emblemáticos en la figura del poeta  Reinaldo Arenas, quien antes de suicidarse en New York dejó una sentida carta culpando al régimen cubano de muchos de sus padecimientos.  Irónicamente ahora la sobrina de Fidel e hija de Raúl, Mariela Castro, dirige el Centro Nacional de Educación Sexual, a través del que se pretende reivindicar desde el gobierno los derechos de los homosexuales y las lesbianas. Estas políticas de los estados totalitarios muestran no sólo el odio por los seres y las minorías que en algún momento representan la diferencia, sino que a su vez  resumen una alta dosis de temor, temor a que el diferente  nos contamine –como dice la canción  de Pedro Guerra, cantada por Víctor Manuel y Ana Belén– y que en el proceso perdamos nuestra identidad; en los casos señalados, una identidad muy frágil, producto únicamente de la fuerza.


Esto viene a cuento porque recientemente la tierra de Gabriela Mistral y Pablo Neruda se ha visto sacudida por el brutal asesinato del joven homosexual de 24 años Daniel Zamudio, quien  falleció luego de  la golpiza que le propinó un grupo de neonazis que, según se dice, le dejaron la esvástica marcada en su cuerpo. Varias han sido las reacciones que ha suscitado este hecho, hasta incluso la aprobación de una ley contra la discriminación por parte del Congreso chileno, pero ha causado particularmente desagrado lo dicho por el representante de la Red por la Vida y la Familia, el abogado Jorge Reyes, quien ha criticado los hábitos y la persona del joven Zamudio. Seguramente, y eso nadie lo pone en duda, que la vida de este joven no era una vida ejemplar –como no lo es la de la mayoría de las personas–, pero lo que se censura es que se le agreda por su condición sexual. Lo que se reprocha es que la diferencia de ideas, la preferencia sexual,  la pertenencia a otra religión o raza, puedan provocar, como ha sucedido,  la violencia y hasta la muerte del otro.

En la exquisita novela de Carlos Ruiz Zafón, titulado La sombra del viento, situada en los tiempos que siguieron a la Guerra Civil española y en plena dictadura del “Generalísimo por la gracia de Dios” –quien por cierto tampoco tuvo mucha contemplación con los homosexuales, y no precisamente por el asesinato del poeta granadino Federico García Lorca, sino por la persecución que se desató contra ellos al finalizar la guerra–, uno de los personajes, luego de enterarse de que la policía ha maltratado a Federico,  su vecino, un homosexual a quien han  dejado tirado en la puerta de su casa ensangrentado y con la ropa hecha girones, exclama: “Es que la gente es mala” . A lo cual responde otro: “Mala no. Imbécil, que no es lo mismo. El mal presupone una determinación moral, intención y cierto pensamiento. El imbécil o cafre no se para a pensar ni a razonar. Actúa por instinto, como bestia de establo, convencido de que hace el bien, de que siempre tiene la razón y orgulloso de seguir jodiendo, con perdón, a todo aquel que se le antoja diferente a él mismo, bien sea por color, por creencia, por idioma, por nacionalidad o, como en el caso de Federico, por sus hábitos de ocio. Lo que hace falta en el mundo es más gente mala de verdad y menos cazurros limítrofes“.

Por lo que se ve, tal vez tenga razón el escritor español: el mundo parece estar lleno de imbéciles y cazurros limítrofes.





Etiquetas:   Minorías Sexuales   ·   Discriminación

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