Crónica vespertina

Una de la tarde. El sol castiga a la ciudad con furia meridiana. Somos apenas dos entre los cientos de personas que abarrotan las calles del populoso barrio; solo que los otros desandan voluntariamente ante las ofertas de la tradicional Feria; nosotros no quisiéramos estar allí. Resignados, espantamos el bochorno bajo la fina franja de sombra que el astro roba a las casas cercanas y proyecta sobre la acera.

 

. El sol castiga a la ciudad con furia meridiana. Somos apenas dos entre los cientos de personas que abarrotan las calles del populoso barrio; solo que los otros desandan voluntariamente ante las ofertas de la tradicional Feria; nosotros no quisiéramos estar allí. Resignados, espantamos el bochorno bajo la fina franja de sombra que el astro roba a las casas cercanas y proyecta sobre la acera.
Sumido en el sopor y el aburrimiento, sin mucho más que hacer, me dedico a mirar a los transeúntes, principalmente a las mujeres que, a esas horas, son un bálsamo para la vista. Las hay jóvenes, exuberantes, delicadas, voluptuosas, las que parecen talladas por el mejor de los artesanos, las que provocan el voltear de las cabezas, las que pasan inadvertidas, las que pierden la batalla contra el almanaque, las que aún no saben que la perdieron y quedaron ancladas en una anacrónica juventud…

Después de varias horas, inmerso todavía en mi inventario personal, escucho quejarse a mi acompañante, como si hablara consigo mismo: “Siento explotar mis neuronas”.

Lo miro socarronamente, presto a reír de la ocurrencia, pero la gravedad de su expresión borra de mis labios la insipiente sonrisa. Permanece con la vista fija en un punto invisible. La seriedad de su rostro es contagiosa.

Desde mi posición me parece escuchar el estallar de sus neuronas. Entonces comienzo a temer por el destino de la mías.

UNETE



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