El viejo televisor Caribe

De pronto me vi solo frente a él. Al principio apenas me percaté de su presencia. Era un objeto más en la sala; aislado en el propio olvido que lo rodea.

 

Sobre su superficie sostenía estoicamente un pequeño televisor marca “Parker”, desde cuyo brillante monitor llegaba, a todo color, la monótona letanía de un locutor.

Quizás la vaguedad del discurso transmitido provocó que mi atención se desviara de la pantalla encendida y, sin muchas opciones sobre las que posarse en el reducido espacio de la salita, se fijara en él.

Una oleada de cálida nostalgia me embargó de inmediato. Tal vez hasta me ruboricé, avergonzado por no haberlo notado antes; por ser parte de ese olvido involuntario (y necesario) en el que han quedado él y sus congéneres.

El viejo televisor Caribe[1] estaba frente a mi, apagado quién sabe desde cuando, con sus botones que invitaban al acto íntimo de tocarlos para regular el brillo, el contraste o el volumen; o ese con el cual se giraba a favor o en contra de las manecillas del reloj para seleccionar, entres sus doce números innecesarios, el canal (sólo dos, recuerdo) de nuestra preferencia.

En silencio, sobre sus cuatro largas patas de madera y metal, soporta la humillación de servir de sostén a su propio sustituto; su propia cruz: la evolución del blanco y negro al color.

Una y otra vez mi miré en su pantalla ciega; detallé cada una de sus arrugas; busqué en sus imperfecciones posibles causas para su desahucio. Pero nada. Ni una seña, ni un guiño, ni una señal de vida.

Sin embargo, cada vez más me parecía dormido, como si de un momento a otro, con un ligero chasquido y el ronroneo de su andamiaje en pleno calentamiento, la pantalla comenzara a tomar brillo y, desde sus monocromáticas entrañas, regresara a mi niñez.

[1] Junto a los televisores soviéticos marca Krim-218, los televisores Caribe abundaron en las casas cubanas hasta mucho después de la aparición de la televisión a color. Todavía son objeto de chistes nacidos de la remembranza, de la Odisea que significaba (y significa aún en algunos hogares) ver televisión en blanco y negro con televisores de tubos al vacío.







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