Grullas de papel



Cuenta la leyenda japonesa que a quien logre hacer mil grullas de papel se le concederá un deseo. Así pensaba también la pequeña Sadako Sasaki; aunque murió antes de completar el millar, por lo que no pudo recibir el don de sanar de la leucemia que le provocó la exposición a la radiación de las bombas nucleares norteamericanas. Apenas completó 664 grullas.

 

No aclara sin embargo la leyenda, si las mil figurillas de papel se han de hacer en un tiempo determinado, o si la que se hagan a lo largo de una vida suman para las estadísticas.

Me asalta la duda cuando pienso si ya habré alcanzado la mítica cifra.

Mi primera grulla la hice durante el recorrido de un ómnibus metropolitano de La Habana, durante mis tiempos de estudiante universitario. Nació de entre mis manos, guiadas por las indicaciones de una entrañable amiga. De eso ya hace casi diez años.

Claro que nosotros no le llamamos grulla, sino “palomitas de papel”; quizás por la mayor cercanía de esta ave a nuestra cultura.

Desde entonces he hecho grullas-palomas de todos los colores, de todas las texturas, de todos los tamaños. Incluso he dibujado palomas-grullas de papel.

He hecho grullas-palomas mensajeras; de buena suerte; de “vuelve pronto”, de “quiero verte”; de “feliz viaje” y palomas-grullas que ayudan a decir “te quiero”.

También he enseñado a otros el arte de hacer este origami. Así, además de compartir la posibilidad de ver cumplirse un deseo, poseo ahora queridas grullas que me han regalado y que guardan en sí la historia de su gestación.

No sé con certeza si de mis manos habrá nacido ya la grulla número mil; o si será una de esas veintitrés que me quedan por hacer, antes de que mañana temprano acompañen el beso de buenos días y de las entrañas de una paloma-grulla “gigante” broten versos, globos y felicitaciones por un nuevo cumpleaños.

Sea como sea, tal vez ya mi deseo se cumplió.