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Los cimientos de la democracia


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13/04/2012

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 Nuestro análisis acerca del poder en las diversas sociedades, en lo que al sentido común se refiere, ha ido encaminado al como y por quien se ejerce, a los actores de la clase dominante, la cúspide de la pirámide. Pero ¿Qué hay de la base? ¿Los cimientos sobre los que debe erigirse el edificio de la democracia?  En los países subdesarrollados el ciudadano promedio evade y hasta detesta los temas concernientes a su clase gobernante, suele equiparar los contenidos de la política a corrupción, deshonestidad, avaricia y ambición de una clase que arrebata los recursos, que explota, que domina, etcétera. Pero cuando “la política” se traduce en “la polis” o en otras palabras en “los asuntos de la ciudad” la indiferencia, la apatía, el desgano ante los asuntos se transforma en un elemento clave que juega en su contra. En el presente escrito se ahondara sobre el caso de regiones tan contrastantes y con tantas semejanzas a la vez como son Latinoamérica y África. Trataremos de respondernos si quiera tentativamente las siguientes preguntas: ¿Cuáles son las raíces de nuestra apatía ciudadana? ¿Qué elementos tienden a inhibir la participación? ¿Cómo se manifiesta la participación ciudadana en estas latitudes?






Al Cesar lo que es del Cesar

a)    La relación amo-súbdito. El síndrome del “súbdito” pareciera permear los cánones de conducta por lo menos en lo que al tercer mundo corresponde. Se trata de la actitud sumisa que adopta el ciudadano de estas latitudes ante su clase gobernante, en la que se sabe con voto pero en la que se asume sin voz. La raíz de dicha sumisión pareciera originarse en el pasado tanto de la esclavitud, como de la época de las monarquías, como de la religión, donde los amos, “la sang bleu” y la iglesia determinaban en gran medida el rumbo que debían seguir los hombres y las naciones. Este ciudadano espera que su gobierno provea los requerimientos básicos para la vida en sociedad: empleo, vivienda, salud, agua, luz, seguridad, esparcimiento, libertad de culto. La calidad de los anteriores puede ser deficiente o prácticamente nula pero el sujeto difícilmente manifestará su descontento pues aunque el discurso de las campañas políticas le vendan la idea de que “el pueblo gobierna”, no solo desconoce los medios para validar sus derechos si no que además se muestra apático ante ellos, pues no se siente merecedor de los mismos. La televisión, la religión, el futbol, la cerveza, la comida chatarra y el sexo le harán olvidar pronto su descontento. Pareciera que en estas latitudes se vive el sueño de la libertad, igualdad y democracia en las campañas pero se percibe a la clase gobernante como una especie de “nobleza”. No es de extrañar que en las campañas electorales y en el ejercicio del poder se asocie la imagen del candidato-gobernante a la de un “mesías”, donde las obras realizadas parecieran ser producto de la iniciativa privada o su espíritu altruista. La democracia se vive entonces como un mero discurso electoral, como una vaga transición, un depositar el voto en las urnas, en resumidas cuentas estancada en la llamada democracia delegativa descrita por Guillermo O Donnell (1994).





El “súbdito” asume que es su deber despojarse de una parte de los ingresos que genera a través de los llamados impuestos, aunque esto no le retribuya en grandes beneficios, dichos recursos y la riqueza generada por el país le pertenecen a los señores feudales, por lo que él se conforma con el panem et circens (fútbol, beisbol, tv novelas, teletones, reality shows) y ver como se invierte su dinero en campañas que intentan "reconstruir" la imagen de los partidos a gobernar.     





 El adolescente tardío

b)    Eurocentrismo. Este término ha permeado de manera consciente e inconsciente a las diversas culturas postcoloniales como las del llamado tercer mundo. Como si se tratase de un elemento inserto en el habitus de Bordieu (1991) nuestras sociedades parecieran relacionarse a partir de dicha estructura. Primero que nada, cabe señalar que la religión, las leyes, el arte y pensamiento entre muchas otras áreas, se han enriquecido bajo la influencia del antiguo continente, sin embargo “el yugo ideológico” al que parece haberse sometido voluntaria e involuntariamente parece determinar en gran medida su modus vivendi. Se trata no solo de adoptar los estilos de vida europeos, sino además contrastar estándares como la belleza, el arte, la política y el deporte bajo dichos criterios. La belleza está asociada al modelo europeo (incluida la pigmentación de la piel), el arte debe satisfacer los canones del espíritu “occidental” o asumirse en una postura folklórica aplaudida por los mecenas, criollos y burgueses amantes de lo “indígena”, la democracia debe consolidarse a través de la receta del viejo continente o debe de ampararse a la protección de su guía si pretende asumirse como “estable”, la lucha psicológico-deportiva reflejada en juegos como el futbol demuestra "la opresión" que impera hasta nuestros días. Salvo raras excepciones, los equipos “tercermundistas” al enfrentarse a las selecciones europeas, arriban a la cancha con el juego mental ya perdido a raíz de estas relaciones de “dominio ideológico”, esto se puede dimensionar a partir de la dispar estadística en los resultados. Estos criterios tan arraigados como se ha mencionado antes, operan incluso en el  inconsciente colectivo de nuestras sociedades, se comprende al mundo en términos de personas de primera, de segunda y de tercera categoría. Constantemente nos estamos comparando ante la cultura del viejo continente, somos puestos a prueba y nos probamos a nosotros mismos para ser lo suficientemente “civilizados”, siempre y cuando acatemos los cánones de la europeicidad ¿pero quien fija el imite de lo que se considera civilizado?. Nuestros líderes presumen el folklor de nuestras tierras, en la ropa, la lengua y el canto, pero reproducen "las formas de explotación establecidas" por el paradisiaco primer mundo negando la propia identidad. Las naciones de economías emergentes (para que no suene tan feo el subdesarrollo) se asumen como independientes pero si la libertad empieza por la mentalidad, esa lucha hasta nuestros días se encuentra abandonada. En todo caso no se trata de generar respuestas sino más que nada interesa detonar preguntas que pongan el presente tema en la mesa de análisis. Analógicamente hablando, se entiende que el hijo se parezca al padre pero llegado el momento el adolescente debe adquirir una identidad propia que le convierta en un adulto autónomo e independiente, al parecer nuestras naciones se han quedado estancadas en el proceso de la adolescencia.

   

c)    De la individualidad a la colectividad, un mundo de “buenos y malos”. El ser humano tiende hacia la naturaleza de lo ambiguo, al tratar de explicarse según Levi Strauss  (1958) el mundo en términos de diadas como el día y la noche, la luz y la oscuridad, el bien y el mal, nuestra percepción queda limitada a dos extremos. Pretendemos “acomodar” nuestras concepciones del bien y el mal en personas, actos, símbolos e ideas dotándolas de etiquetas que se van socializando, subjetivando y asimilando a lo largo del tiempo. De este modo dividimos nuestro mundo en preconcepciones de aquello que resulta “adecuado” e “inadecuado”. Las religiones parecieran ser el estándar a partir del cual reprimimos el instinto y señalamos los límites de la moralidad del individuo y el grupo social.





En lo que al ciudadano del tercer mundo respecta nos quejamos de la corrupción de la clase política pero no estamos dispuestos a acatar las reglas de tránsito, nos quejamos de la ineficiencia de las autoridades policíacas pero somos los primeros en “dar la mordida”, el burócrata nos parece detestable pero envidiamos su puesto de trabajo   ¿cómo se transforma la individualidad en colectividad? No alcanzamos a percibir que nuestra realidad no es tejida por las manos de un dios lejano si no por nuestras propias manos. Nos quedamos estancados en el logro de beneficios individuales a pesar de que hieren al colectivo. Desde el funcionario público que promueve negocios personales disfrazados de "obras sociales" hasta el ciudadano que goza y sufre los pros y contras de un laberinto burocrático con el fin de resolver sus necesidades a corto plazo. El tema se complica entre otros factores, por el rol que juegan los medios de comunicación en la actualidad. Estos no son muy objetivos o eficaces en términos de llevar ciencia, cultura, e información de calidad al ciudadano promedio. En latinoamérica, la TV enajena con el entretenimiento barato de novelas melodramáticas, programas que "romantizan" carencias económicas, chismes de celebridades huecas, concursos donde personas "comunes y corrientes" viven el sueño de convertirse en millonarias. Antonio Gramsci (1973) planteaba el análisis de la conveniencia de mantener "el sentimentalismo melodramático" en el animo de  las masas, de este modo resultan fácilmente manipulables por la clase dominante. En México ocurre algo similar, las cadenas nacionales se dedican a explotar las emociones de la población. Cuando se trata de la toma de decisiones o de algún evento donde se requiere razonar o cuestionar el ejercicio de la clase política, la pasión y el sentimentalismo predominan.





d)    La gauche caviar  



        En teoría la llamada ideología de izquierda pareciera la que se identifica más con la igualdad, los intereses y necesidades “del pueblo” o “la clase trabajadora”. De entrada el término surge a partir de que los Jacobinos se sentaban a la izquierda del rey enarbolando o defendiendo los intereses de las clases más desprotegidas. En la práctica, los gobiernos de izquierda han sucumbido ante el liderazgo de líderes carismáticos que en algunos casos han dado pie a dictaduras. Cuando la conservación del poder se vuelve el eje rector de las administraciones y la legalidad no soporta el peso de las violaciones,  se echa mano de las llamadas reformas constitucionales para institucionalizar las tiranías. Se burocramilitariza la sociedad, se controla la información sin dar lugar a la libre expresión y el derecho básico a la oposición, se centraliza el poder creando una dependencia excesiva en la figura del presidente. La nostalgia de figuras como Che Guevara, Jonas Savimbi, Mao Tse Tung, Simón Bolivar, Emiliano Zapata, son añoradas por las juventudes sedientas de justicia pero estas difícilmente se han traducido en la realidad de un régimen estable. Roger Bartra nos advierte sobre los riesgos de la pasión mezclada con política, de intelectuales orgánicos que en el ejercicio ingenuo de las ideas terminan por respaldar personajes mesiánicos comprometidos con importantes grupos de poder. En los gobiernos de izquierda las ideas parecen estar desconectadas de las acciones, predominan los Chavismos Venezolanos, donde el líder carismático se vende como imprescindible para el ejercicio del poder, donde se vende la figura del guerrero nacionalista aunque la suela de la bota siga aplastando el cuello del ciudadano, donde la fiebre de los recursos naturales (petróleo, diamantes, oro) son la única ideología que interesa a la elite gobernante. La gauche caviar es aquella que promueve las ideas de Marx, igualdad, tierra y libertad, pero lo hace desde la vitrina de su mansión de lujo,  con el peso de las joyas colgadas al cuello, sus autos deportivos y “mujeres de primera clase” (Diego Maradona fue un gran jugador pero es el ejemplo más claro para este término). Por último ¿Pueden los hombres enfermar de poder? ¿no hay una ciencia que se llame poderología? La academia "tercermundista" debe hacer énfasis en este tipo de fenómenos pues su historia esta repleta de estos ejemplos. Pareciera tratarse del “Síndrome de Nerón” que se adueña del raciocinio de algunos líderes, donde este se cree destinado a la grandeza, a los designios divinos, a su condición de superioridad que no escatima vidas, muertes, con tal de conservar el poder aunque el resultado final derive en su pueblo envuelto por las llamas. 





Conclusiones

        La participación ciudadana ha sido severamente inhibida a lo largo de la historia, si pensamos en la sangre derramada en Sudáfrica para derrocar las políticas del apartheid o la matanza de Tlatelolco en el México 68, estaremos de acuerdo que la organización ciudadana a tenido un alto costo en esas latitudes. Pero así como la participación ciudadana no equivale a ejercer el derecho al voto tampoco es válido asumirnos como “participativos” por marchar en alguna manifestación o realizar una protesta, esto va mucho más allá. Exige del ciudadano la obligación de informarse, el participar activamente en la toma de decisiones, en las propuestas de política pública. En la organización de la comunidad en grupos de vecinos promoviendo el conocimiento que el estado no ofrece. Pensar si nuestros beneficios individuales van en contra o a favor del colectivo para entonces actuar en consecuencia y reorientarlos. Demandar calidad en la programación de las principales televisoras nacionales.En la denuncia oportuna al mal gobierno, en que los profesores en el aula enseñen a pensar no a acumular información, que los sindicatos protejan a los trabajadores no a los intereses del empresario en turno, que los recursos explotados no enriquezcan a un grupo privilegiado sino que genere igualdad de condiciones para los trabajadores. No es válido el argumento conformista del "así lo quiso dios", "el que nace pa tamal" o "ese es nuestro destino". Recuperemos el tiempo y los espacios perdidos, en los espacios ciudadanos y políticos, en los medios de comunicación. Ocupémonos por conocer los caminos para exigir la rendición de cuentas, inyectemos de cultura a la ignorancia, reestructuremos "el pulpo burocrático". Demos una lucha frontal al analfabetismo político, eduquemos a niños, adolescentes y juventudes en las bases de la participación ciudadana, pues ellos son la esperanza de una real democracia. http://surcic.blogspot.mx/



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