Manos en la pared



Sobre una de las paredes de mi oficina perduran las huellas de unas manos desconocidas. Forman un concierto de máculas grisáceas sobre la superficie blanca de la pared. Seguro quedaron allí luego de alguna de las reparaciones realizadas en el local.

 


Claro, también pudieran ser el rastro sudoroso de una noche de pasión en la oficina; la caricia nostálgica de un antiguo morador; o el aliento táctil de algún espíritu insatisfecho.

No sé, a veces me gusta inventarle otras historias a esas manos. Me resulta tan vulgar que sean el fruto de un descuido.

 



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Manos en la pared


Sobre una de las paredes de mi oficina perduran las huellas de unas manos desconocidas. Forman un concierto de máculas grisáceas sobre la superficie blanca de la pared. Seguro quedaron allí luego de alguna de las reparaciones realizadas en el local.

 


Claro, también pudieran ser el rastro sudoroso de una noche de pasión en la oficina; la caricia nostálgica de un antiguo morador; o el aliento táctil de algún espíritu insatisfecho.

No sé, a veces me gusta inventarle otras historias a esas manos. Me resulta tan vulgar que sean el fruto de un descuido.

 




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